Sin duda, el populismo legislativo es una excelente medida para levantar el ánimo en los crédulos y, por qué no, conservadores ciudadan@s, que ven en las promesas de una ley la solución a todos los problemas. Dicha estrategia es históricamente repetida y fracasada en Colombia.

 

Por: Adriana González Correa

La última medida del gobierno Duque sobre la prevención del consumo de drogas en Colombia, con un decreto que ordena la incautación de la dosis mínima, es una disposición que busca el muerto aguas arriba, porque en últimas centra su acoso en la víctima del problema, que no deja de ser la parte más delgada del hilo y, finalmente, descuida la persecución a quienes se lucran del negocio ilegal de las drogas.

En lo personal creo que es mucho más efectiva la legalización de su comercio, pues ello implica un control estatal del asunto, el pago de impuestos, disminución del precio, la aplicación de una política pública en salud que debe ser financiada con las ganancias que generaría la venta legal y controlada de las drogas, etc, etc; con el antecedente certero de lo que implicó para los Estados Unidos legalizar la venta de alcohol en la década del 30.

Otro caso de patético populismo es la cruzada que recién comenzó la vicepresidenta Martha Lucía Ramírez, con el fin de imponer cadena perpetua a los violadores de niños y niñas.

Sin duda, el tono moralista de la propuesta deja en entredicho la iniciativa del Estado para buscar la solución de fondo frente a un problema grave como el que vive el país. No con esto justifico el proceder de un violador, por el contrario, siento un repudio que me deja sin aliento cada vez que veo el reporte de un acto de violencia contra un niña, niño o mujer.

Pero el camino fácil de llevar las penas a su máxima expresión demuestra la incapacidad de un Estado de buscar las soluciones a los graves problemas que aquejan a una población, sin que medie por lo menos el principio socrático y platónico de la dialéctica y el darwiniano de la evolución. Es negar de plano cualquier posibilidad de transformar a los seres humanos.

Dicha premisa acude más a los postulados del determinismo, concluyendo que los humanos no logramos cambiar, que la naturaleza misma podrá definir un “instinto delincuencial” en las personas, olvidando el enorme influjo de la cultura y las experiencias personales que nos llevan a pensar y actuar de una u otra manera.

Sin duda, el populismo legislativo es una excelente medida para levantar el ánimo en los crédulos y por qué no, conservadores ciudadan@s, que ven en las promesas de una ley, la solución a todos los problemas. Dicha estrategia es históricamente repetida y fracasada en Colombia.

El “Establishment” colombiano  ha hecho de las leyes represivas –incluida la cárcel– su único medio de control social, porque sin duda se abandonó a la esperanza de la transformación. Esa que muchos ciudadanos sentimos –es– la posible solución, y en la cual la educación y la intervención preventiva e inmediata del Estado podría disminuir sustancialmente tales problemas.

Pero la ‘dosis máxima’ de moralidad, que contenta al gran público, es la atracción del “ejecutivo” para alcanzar índices de popularidad que no lograría jamás por la ausencia de “ejecuciones” y creaciones de políticas públicas. Su papel es el de hacer, pero ante su incapacidad y falta de voluntad política envolata con el contentillo del populismo legislativo.

Algunos dormirán tranquilos pensando que el endurecimiento de las penas podrá salvarnos de la destrucción. Estados Unidos es un buen ejemplo del fracaso de tal apuesta.

@adrigonco