…podríamos comprometer a las marchas para que no claudiquen en el propósito de derrumbar las falsas representaciones de la democracia y la constitución de un nuevo mandato capaz de incluir a todas esas personas presentes y ausentes, sobrevivientes y víctimas, con las cuales seguimos estando en deuda.

 

El pueblo no existe. Lo que existe son figuras diversas

Jacques Ranciere

 

Por / Alberto Antonio Berón Ospina

Los filósofos han utilizado diferentes palabras para enunciar los encuentros multitudinarios de personas que se toman las calles por asalto, movidas por la búsqueda de una justicia social.  Carlos Marx, Walter Benjamin o Antonio Gramsci fueron capaces de interpretar y participar de las emociones y los temores propios de estos levantamientos descritos por Ranciere como una tensión, entre la temible aleación de una capacidad –la potencia bruta del gran número– y una incapacidad, la ignorancia, que se atribuye a ese gran número.

La globalización de los medios de comunicación favorece que las multitudes descubran algo simple: que la desigualdad se haga más evidente, pues nos dividimos entre quienes poseen demasiados privilegios reproducidos a escala de lo macro a lo micro, hasta el inmenso ejército que solamente tiene su cuerpo para ofrecerlo en el mercado.

Las multitudes en las calles pueden generar emociones tales como la esperanza en los movimientos sociales, sindicales, partidos de oposición y estudiantes, entre otros. Ejemplo de ello  se vivió en acontecimientos como el “Mayo del 68” en Europa, el Paro Cívico nacional de 1977 en Colombia, incluso la caída del Muro de Berlín. La ilusión por algo jamás experimentado, el ahora o nunca, como si cayeran estruendosamente las grandes mentiras que han sostenido el poder instituido.

Contrario a esto emerge el sentimiento de miedo que marchita esas esperanzas transformándolas en desasosiego. Fue el caso en Bogotá durante la conferencia panamericana de 1948 donde se especuló sobre la presencia apocalíptica de extranjeros pro-soviéticos que supuestamente promovían una gran conspiración.

¿Pero quienes son las multitudes que motivan miedo o esperanza? La multitud es el pueblo. Jacques Ranciere considera al pueblo como sustancia no existente. Simplemente hay formas de representación,  entre ellas el pueblo- manada y el falso pueblo.  El primero, según Jacques Ranciere, protegido por buenos pastores (políticos), quienes no tienen ninguna competencia en particular para gobernar, amparados por  una dudosa democracia. En ese mismo sentido Alan Badiou describe  al falso pueblo, compuesto por quienes se entregan sin cuestionamiento alguno a  quienes no se consideran pueblo, pero pretenden representarlo.

El panorama actual muestra que las consideraciones anteriores aun persisten con un nuevo elemento: el espectáculo protagonizado por el poder de los pastores que entra en crisis gracias a que los pueblos perciben las fisuras de la democracia, representadas en la ausencia de una justicia social que genera más y más desigualdades y violencias. Una  inmensa mayoría parece redescubrir en diversas regiones del mundo ese simulacro

En todo este panorama no es clara la presencia de quienes son invisibles al sistema. Todas esas personas que siempre han ocupado la calle como invasores, arrimados,  en condición de barricada, en los semáforos, en las esquinas, en los huecos, pero que nunca han formado ni formarán parte de la  democracia simulada.   Ellos son  quienes  se pelean permanentemente por los restos, y que los pastores mantienen en condición de homo-sacer, entre la vida y la muerte, activados solo por el deseo inmediato (las sustancias psicoactivas)  de manera que puedan servir como carne de cañón, cuerpos-laboratorio o ejércitos privados.

Finalmente podríamos comprometer a las marchas para que no claudiquen en el propósito de derrumbar las falsas representaciones de la democracia y la constitución de un nuevo mandato capaz de incluir a todas esas personas presentes y ausentes, sobrevivientes y víctimas, con las cuales seguimos estando en deuda, debido a que solo a través del reconocimiento de la injusticia se podrá avanzar a una democracia auténtica.