Miguel angel lopezComo un colombiano homosexual he experimentado la homofobia en todos los campos de mi vida. En mi familia, con mis amigos, en mi colegio, en mi universidad, en mi barrio y en mi trabajo. Desde miradas hasta palabras y acciones.

 

Por: Miguel Ángel López

Quiero creer que la decisión Sergio Urrego fue una declaración, más allá de una acción de atentar contra su vida por tristeza. No lo conocí, para mi pesar; y nunca lo conoceré. Pero por lo que he visto y quiero ver, siento que su salto buscaba golpear la sociedad más que el pavimento. Como un buen anarquista, ateo y homosexual, como correctamente lo denominó Amanda Azucena Castillo, rectora de su colegio, Sergio quería decirnos algo y su muerte es un símbolo de rechazo frente a lo que se vio obligado a vivir por la misma cultura colombiana.

Digo la cultura colombiana y no sus maestros, directivas o suegros; porque aunque estos deben ser correctamente investigados por la clara violación al derecho a estudiar y a la Ley 1482 o Ley Antidiscriminación; la culpa en realidad no debe recaer en todos ellos.

Como un colombiano homosexual he experimentado la homofobia en todos los campos de mi vida. En mi familia, con mis amigos, en mi colegio, en mi universidad, en mi barrio y en mi trabajo. Desde miradas hasta palabras y acciones.

Si Sergio se mamó a sus 16 años no es solo por la demanda que le interpusieron sus suegros, ni por el rechazo que enfrentó en su colegio; es también por los padres que presentan a sus yernos como “el amigo de“, es por el mesero que le pide a una pareja homosexual que dejen una discoteca porque están “incomodando a los otros clientes”, es por las palabras maricón, roscón, galleta, mariposa, marimacha, etc.

Ahora la indignación es grande, porque esta vez tomó una vida, y aunque muchos crean que la muerte es la peor desgracia, claramente no han caminado en los zapatos de un homosexual en un país homofóbico, retrógrado y violento. ¿Pero qué tanto les importa el maltrato, verbal y físico al que nos exponemos en el diario vivir?

Muy bonito ver cómo las mismas mujeres que han dicho: “yo no tengo nada contra los gays, pero no sería capaz de tener una amiga lesbiana”, ahora comparten artículos de revista con una supuesta ira en sus palabras. Muy bonito cómo los que piensan que frente  a los niños no se debe demostrar homosexualidad alguna, ahora se indignan porque en un colegio se viva la homofobia. Pero sobre todo, muy bonito que los mismo homosexuales que ni siquiera se toman fotos con su pareja por “guardar la imagen”, apoyando esta misma heternormatividad, ahora se sientan muy identificados (en silencio, claramente).

Con lo último que dije no me refiere a las personas que siguen en el clóset, porque sé que hay muchas razones para que esa situación continúe y es complicado juzgar una situación de estas. Me refiero es a los hombres y mujeres que habiendo aceptado su homosexualidad, se siguen cohibiendo por normas homofóbicas. ¿Si los mismos homosexuales no se permiten ni siquiera tomarse de la mano en público, cómo esperan que alguien homofóbico lo haga?

Mientras tanto, en Estados Unidos, Daniel Pierce, un joven de 19 años, sube un video de cómo sus padres lo echan de la casa y lo agreden física y verbalmente en el momento en que decide contarles que es gay… Así pues, como declararon en las sagradas escrituras (irónicamente referenciadas en esta columna), el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

Justo estaba leyendo un escrito en Anfibia sobre la muerte de Gustavo Cerati por Daniel Flichtentre y dice: “Para quienes hemos sido formados con una educación enfática, la idea de ‘fin’ equivale a la de fracaso. La muerte es siempre una derrota. Tenemos sentimientos de culpa y de fallo personal ante el moribundo”. Y este es el problema. Sergio no fracasó, no perdió ninguna lucha y no debemos sentir lástima por él. Por el contrario, debemos darle el reconocimiento que se merece y pensar un poco más allá del amarillismo y las entrevistas a la rectora de ese colegio.

¿Qué quiso decir Sergio? ¿A quién le quiso hablar? ¿Va a ser una muerte en vano?