Según el libro, en  su lento y metódico ascenso, Santodomingo  se encargó  de tejer, sin prisa pero sin pausa , el control de los medios de comunicación más importantes del país. La cadena Caracol, el periódico El Espectador y la revista Cromos fueron solo tres entre las muchas empresas informativas utilizadas para atacar a los adversarios, magnificar los logros y acallar las anomalías del todo poderoso propietario y sus amigos.
Por: Gustavo Colorado Grisales
Cada año, por las fechas de celebración del Día de los Periodistas, las empresas públicas  y privadas envían a directores y trabajadores de medios de comunicación una antología de mensajes sensibleros donde exaltan, entre otras virtudes, “La invaluable labor de nuestros profesionales en la defensa de la libertad de expresión  como soporte de  los valores  democráticos”.
En sana ley, no hay nada de falso o impreciso en la frase. De  hecho, hasta los sistemas totalitarios lo reconocen en el papel. Pero  basta con echar un vistazo a la realidad para confirmar la vacuidad de esa declaración retórica. A medida  que las grandes corporaciones afinan su entramado de intereses, medios y periodistas son  cada vez menos canales de información y conocimiento al tiempo que se ven  reducidos a la simple condición de amanuenses del poder. Una de las consecuencias visibles es la lenta agonía del periodismo de denuncia, dedicado durante décadas a revelar las lacras de la sociedad, garantizando de paso los mínimos de decencia  necesarios para  hacer posible la convivencia y la confianza entre  los ciudadanos.
Como para confirmar ese estado de cosas el periodista colombiano Gerardo Reyes le concedió una amplia entrevista a su joven colega  Juan Miguel Álvarez, a raíz de la reedición del libro Don Julio Mario, biografía  no autorizada. El texto completo del diálogo aparece publicado en la revista El Malpensante. En  ella el veterano periodista revela algunas claves  de esa vertiente del oficio en trance de extinción.
Cuando uno lee las más de cuatrocientas páginas del libro de Reyes entiende por qué Julio Mario Santo Domingo  no solo se rehusó a concederle una entrevista  personal: una vez  publicado el texto intentó por  todos los medios torpedear su distribución, sin excluir la conocida treta de comprar el total de la edición. Desde el primer párrafo, el autor demuestra que además  de gran investigador es un buen escritor: la imagen del joven magnate enfrentando a escupitajos a una peligrosa serpiente hasta provocar su muerte reaparecerá todo el tiempo como metáfora de las implacables y nada limpias pugnas por el control  de empresas y  mercados.
Allí reside uno de los grandes logros del libro. En contravía de la imagen de Don Julio Mario como un cruce  entre bohemio, filántropo y genio de las finanzas, el autor  desvela un universo de claroscuros caracterizado por los fraudes, las componendas y las zancadillas como práctica corriente  a la hora de hacerse con el control de los negocios más codiciados. Así se produjo, según el bien documentado libro de Reyes, el principio del fin de la Sociedad Anónima como mecanismo de democratización económica en Colombia. El asalto a Bavaria, la fallida venta del Banco Comercial Antioqueño o la utilización de poderes falsos en las asambleas de accionistas ayudan a comprender, entre otras cosas, los métodos que varias décadas después condujeron  a  las corruptelas y descalabros financieros conocidos por todos. Lejos del capitán de empresa ejemplar forjado a la medida de sus oficinas de publicidad y relaciones públicas, esta biografía  no autorizada nos muestra  al magnate  como el ejemplo de lo que no se debió haber permitido nunca.
Según el libro, en  su lento y metódico ascenso, Santodomingo se encargó de tejer, sin prisa pero sin pausa, el control de los medios de comunicación más importantes del país. La cadena Caracol,  el periódico El Espectador y la revista Cromos fueron solo tres entre las muchas empresas informativas utilizadas para atacar a los adversarios, magnificar los logros y acallar las anomalías  del todo poderoso propietario y sus amigos. Episodios como el de la salida del periodista Édgar Artunduaga del programa radial La Luciérnaga por solicitud expresa del entonces presidente Andrés Pastrana demuestran  con creces que los vehementes saludos institucionales a la libertad de  prensa son en el mundo de hoy apenas una manera protocolaria de eludir lo inocultable: la absoluta sujeción de medios y periodistas a los nuevos amos del mundo, que ya no necesitan ejercer en persona el poder político porque lo detentan en la práctica.