De esta manera estrenamos las actividades políticas, viviendo un enfrentamiento donde literalmente se peleaba por un lugar donde despojar sus excreciones.
Por lo visto el valor cíclico de la historia es cada día más evidente, y Colombia no podía estar exenta de este torbellino en cuyo centro estamos los colombianos de ruana que tenemos que taparnos la cara con ella cada vez que nuestros “padres de la patria” hacen alarde se su incapacidad para razonar como serios patrocinadores de la política. El pasado 20 de Julio se celebró la instauración del Congreso y Senado de la república, acción que buscaba conmemorar los doscientos cuatro años del estallido de la revolución que dejó como resultado nuestra preciada independencia. Pero no se alarmen, esa explosión no ocurrió sobre un puente de San José del Guaviare a manos de algún grupo al margen de la ley.
El certamen se llevó a cabo con aparente normalidad; ignorando el hecho de la falta de secretario para la lectura protocolaria de actividad, todo marchó sobre ruedas – a pesar, claro, de los pucheros del senador Uribe y todos los pertenecientes a su bancada- . Pero esta típica celebración, finalmente se vio empañada por lo que ocurrió al día siguiente, cuando los congresistas recibían sus nuevas oficinas en las cuales pasarán 15 minutos del día, pues los otros 30 minutos que complementan su jornada laboral, los gastarán en las salas del congreso. El problema surgió cuando uno de los honorables políticos entró al baño de su nueva morada y no encontró la batería sanitaria, el lavado y algunas baldonas, así que él se vio volcado a gritar reclamando por la falta de los elementos básicos de asepsia. Las pesquisas que realizó para dar con el ladrón de tan preciosa posesión, lo llevaron hasta la antigua propietaria de la oficina, la dama que ocupó el lugar durante el periodo pasado.
Aquí es cuando el Katrina de la historia hace su teatral aparición con un acto en el cual nos recrea el 20 de Julio de 1810: un criollo del siglo XXI pide que se le regrese el inodoro robado, hace aspavientos y la chapetona actual pelea por su florero, se da inicio a una batalla donde el pobre encargado de la organización del congreso queda en la mitad del enfrentamiento tratando de mediar para que la mujer regrese los implementos sanitarios al lugar donde pertenecen. Pero seguramente la excongresita no tenía dinero para cancelar la suma, los casi 1.200 millones de pesos que ganó durante sus tan trabajados cuatro años de labores legislativas, no fueron suficientes para cubrir este gasto.
De esta manera estrenamos las actividades políticas, viviendo un enfrentamiento donde literalmente se peleaba por un lugar donde despojar sus excreciones, dándonos un breve adelanto de las problemáticas por las que lucharán durante las restantes jornadas de compromiso patrio.
El congreso tiene la labor de crear leyes que aseguren que la paz negociada en La Habana tenga una plataforma legal sobre la cual erguirse, apoyar sus temblorosas piernas e izar la bandera blanca con el símbolo del colorido Partido de la Unidad Nacional – antes partido de la U, de Uribe-. Esta acción quedará en veremos hasta que los próceres nacionales terminen de discutir por sus conveniencias políticas, por sus sanitarios hurtados, por sus derechos vulnerados y, sobre todo, por ese amaño escandaloso de creerse plenipotenciarios de Dios en las acciones legislativas de un pueblo que clama por una paz bruta, a la brava.
No nos queda más que esperar un poco más, es sólo cuestión de tiempo para que ellos mismos se ahorquen o vayan a parar todos a la cárcel. Siendo más factible lo primero, pues los insultos no se hacen esperar, las rencillas son el fundamento de sus debates; es triste ver desde la distancia del Canal del Congreso, como ellos son los encargados de regular y legislar nuestra ausencia temporal de guerra armada, a sabiendas de que su imparcialidad es nula. Esto sólo exalta una cosa: que la fauna política colombiana se divierte malgastando tiempo en trivialidades, las cuales únicamente buscan distraer la atención de lo que ocurre tras la cortina de humo de los fusiles recién usados.



