Corrida la primera década del siglo XXI, no podemos estar más lejos de esa edad dorada. Mientras el ritmo de reproducción y acumulación se multiplica, la miseria se hace más visible entre la ostentación y el despilfarro.
Por: Gustavo Colorado Grisales
Todo avance tecnológico trae su instante de euforia: el momento en que la humanidad cree haber encontrado, por fin, el remedio para todos sus males. El dolor, el miedo, la fatiga y los afanes cesarán para dar paso a un estado de plenitud que a lo largo de los siglos ha recibido distintos nombres: Paraíso Terrenal, Arcadia o Shangri- La.
La última esperanza fue alentada por el advenimiento de dos hechos vertiginosos: la revolución industrial y la digital. Desde la primera se nos dijo que los humanos se ahorrarían una cantidad nunca imaginada de energía delegando lo más duro y alienante de su trabajo a las máquinas, para empezar a disfrutar así de una dosis de tiempo libre que les permitiría desarrollar lo mejor de sí, en un ejercicio incesante de inventiva y creatividad, que los convertiría en dueños de su destino.
Los profetas de la revolución digital fueron más allá: al alterar de manera sustancial las nociones de tiempo y espacio, los recientes prodigios proyectarían a los habitantes del planeta a un escenario de lúdica y comunión, donde el universo perdería sus contornos y los límites serían establecidos por los deseos de cada quien.
Corrida la primera década del siglo XXI, no podemos estar más lejos de esa edad dorada. Mientras el ritmo de reproducción y acumulación se multiplica, la miseria se hace más visible entre la ostentación y el despilfarro. Al tiempo que los aparatos se hacen más sofisticados, más parecen controlar la vida de la gente. Para probarlo bastarían unos cuantos ejemplos. Veamos a unos ejecutivos modernos participando en un consejo de administración: mientras el expositor de turno trata de hacerse comprender mostrando unas gráficas en power point ambientadas con muñequitos, su audiencia mira con ansiedad la pantalla de la BlackBerry a la espera de un mensaje desde el más allá, que en este caso puede estar ubicado en el salón contiguo.
Pasemos a un almuerzo de viejos amiguetes que hace años no se ven: nada más lejano a un ambiente de camaradería, porque una vez instalados en sus sillas todos a una empiezan a responder o a hacer llamadas de toda índole, según dicen “para aprovechar mejor el tiempo”. La siguiente escena puede mostrarnos a los integrantes del mismo grupo, mal almorzados y conduciendo sus vehículos con una sola mano, mientras con la otra sostienen el teléfono celular.
Al final, si lo consiguen, llegarán a su destino inconscientes de que provocaron o estuvieron a punto de provocar un accidente. Para entonces, los desadaptados como yo estaremos pensando si no sería mejor emprender el camino de regreso hasta encontrar la encrucijada donde perdimos el rumbo. A lo mejor por la otra ruta nos esperaba esa porción de tiempo recobrado que una vez nos fue prometida entre los destellos de los inventos que para entonces eran tan nuevos y hoy se tornan obsoletos en el momento mismo de aparecer.

