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Foto Andrés Felipe Yaya

García Montero y William Ospina, encuentro de dos mundos

CulturaDestacados
·19/09/2017·13 Minuto de lectura

En un ameno encuentro durante uno de los eventos del FIP Luna de Locos estuvieron charlando los poetas Luis García Montero y William Ospina. Sobre las influencias, algunas de sus obras, rasgos característicos de ellas y muchas cuestiones más, los estuvo moderando el escritor Juan Felipe Robledo. He aquí un aparte de la misma.

 

Al comienzo yo creía que la poética de Borges estaba en los poemas de Borges. Con el tiempo he comprendido que la poética de Borges es mucho más amplia que lo que él se atrevía a escribir. Foto Santiago Ramírez

Pregunta a Ospina. ¿Cuál fue la influencia de Borges en su obra?

Cuando yo empecé a leer a Borges la mayor parte de los autores que yo conocía en lengua castellana palidecían un poco. Para mí fue una revelación muy grande encontrarme con la obra de Borges, con su poesía y con su prosa, y con ese extraño juego entre géneros literarios donde uno siente que los ensayos pueden ser cuentos, los cuentos pueden ser poemas. Me atraían dos cosas a la vez, una de ellas el tono clásico de su literatura. Él era un hombre que estuvo toda la vida a la vera de la vanguardia literaria, trataba de conservar el sentido lógico de la lengua, no se exponía a demasiadas desmesuras y temía mucho a las incoherencias, trató de mantener un lenguaje muy terso, muy comprensible. Eso fue muy seductor para mí.

Al comienzo yo creía que la poética de Borges estaba en los poemas de Borges. Con el tiempo he comprendido que la poética de Borges es mucho más amplia que lo que él se atrevía a escribir. Afortunadamente escribió mucho sobre los poetas que le gustaban y ahí se ve una diversidad de estilos, de tonos, de música, extraordinaria, porque si uno se ciñe únicamente a la poética que muestran sus versos Borges sería un poeta muy limitado.

Leerlo es también poder apreciar a los innumerables poetas que él glosa y comenta, desde los del siglo de oro español hasta la tradición clásica inglesa, francesa y alemana. Casi diría yo que no hay tradición poética a la que no se haya asomado con admiración. Es posible que inicialmente yo estuviera abrumado por el estilo en que Borges escribía, pero a medida que me dejé guiar por él sentí que había mucha más libertad y mucho más campo de acción, porque él admiraba por el igual los haikús de Bashō o la poesía de los pieles rojas.

Fue un lector muy complejo, que se atrevía a apartarse de muchas obras consagradas y era capaz de decir que el Fausto de Goethe no lo complacía del todo. Es maravilloso tener un guía como Borges porque es como tener un hilo de oro en la biblioteca universal.

Pregunta a García. ¿Qué representó para usted la lectura y la cercanía con Jaime Gil de Biedma?

Jaime Gil de Biedma fue uno de los maestros que tuve la oportunidad de conocer en la poesía española dentro de una tradición encabezada por Antonio Machado. Y tiene mucho que ver con lo que dijo William sobre Borges, porque fue un poeta que empezó entendiendo la metáfora como audacia y en poco tiempo cambió la audacia por la memoria, y empezó a sentirse heredero del tiempo y del relato humano.

Eso de alguna manera lo planteó también Antonio Machado en su reflexión sobre el tiempo y la palabra en el tiempo. Jaime Gil de Biedma es el heredero de Machado en cuanto al poeta que no se siente hijo de los dioses, sino que se siente un ciudadano que va a su trabajo, y que no concibe la poesía como la construcción de un lenguaje raro, un dialecto especial, sino como el tratamiento riguroso de la lengua de todos.

En ese sentido, Jaime Gil de Biedma se formó también en la tradición anglosajona. En un doble sentido, en primer lugar consideraba la poesía como un acto cívico, un acto que tiene que ver con la sociedad, pero por otra parte se distanció de los poetas que en la lucha contra el franquismo y la oposición a la dictadura hicieron una poesía cercana al panfleto político. Él nos enseñó a comprometernos reconociendo que a la hora de escribir había que tener un compromiso con el poema, no bastaba hacer panfletos pues la poesía era un ejercicio del conocimiento que intentaba superar los fantasmas del esencialismo.

Yo creo que la gran lección de Machado y Biedma frente a las vanguardias fue que para hacer un gran cambio más que juegos formales lo que hay que hacer es transformar la educación sentimental, porque los sentimientos son tan importantes como una batalla política. En ese sentido, para mí la poesía sigue siendo esa pregunta de qué digo cada vez que digo “soy yo”, o cada vez que digo “soy hombre o soy mujer”, porque mi manera de ser y mi intimidad es tan histórica como cualquier huelga general en la que participo.

He sido un lector devoto y apasionado de Hölderlin, desde cuando lo descubrí siempre ha sido mi compañía permanente. Es de Hölderlin de quien obtuve la nitidez y la diferenciación entre esas dos propiedades de la cultura que son los dones y los méritos. . Foto Santiago Ramírez

Pregunta a Ospina. Quisiera que nos hablaras un poco sobre la visión que aparece esbozada en tu libro Los dones y los méritos.

En 1995 yo publiqué un libro que se llama Es tarde para el hombre, de reflexiones bastante alarmadas sobre la sociedad contemporánea y las tendencias del mundo moderno. Había nacido de un ensayo que escribí titulado “Los románticos y el futuro”, escribiéndolo descubrí mi fascinación por las aventuras poéticas e intelectuales del romanticismo.

He sido un lector devoto y apasionado de Hölderlin, desde cuando lo descubrí siempre ha sido mi compañía permanente. Es de Hölderlin de quien obtuve la nitidez y la diferenciación entre esas dos propiedades de la cultura que son los dones y los méritos. Él dice en un fragmento algo así: “lleno de méritos está el hombre, mas no por ello, sino por la poesía, hace de esta tierra su morada”.

En otras partes él dice que hay cosas que hemos hecho nosotros, todo eso que Hegel llamaba el espíritu objetivo: los edificios, las sillas, ideas que se convierten en cosas y se instalan en el mundo, todos los frutos de la cultura. A eso lo podemos llamar nuestros méritos, todo lo que sabemos hacer. Nuestras virtudes, las llamaba Nietzsche, y claro, luego Nietzsche le dice al ser humano algo que es estremecedor: “perecerás por tus virtudes”.

Pero están también los dones, todo ello que hemos recibido aunque no es fruto de la humanidad: el agua, los bosques, el mar, las montañas, el Universo, no son frutos del talento ni de los méritos humanos. Siento que empiezan a ser para el ser humano más importante los méritos que los dones.

En esa extraña desviación histórica ya Hegel es vocero de ello, porque la naturaleza le parecía aburrida mientras era el espíritu, el ser humano, el que había traído la historia. Pero a mí me parece eso una necedad, si a alguien le parece monótona la naturaleza más bien es porque carece de imaginación, uno se podría pasar la tarde entera mirando las olas estrellarse contra una costa y no se cansa nunca, como si las estuviera viendo por primera vez. A uno le dicen “está saliendo la luna llena” y uno no responde “ya la vi el año pasado”. No, es como si la estuviera viendo por primera vez. Esa magia de la naturaleza es algo extraordinario; sin embargo, si hay un conflicto creciente entre ese Universo inagotable, que no es fruto nuestro, y esa plétora de méritos que hemos construido.

Si el mundo está en peligro es por nuestra excesiva valoración de los méritos y nuestro desdén hacia los dones. La verdad es que podemos vivir sin aviones pero no podemos vivir sin oxígeno, sin agua, preferimos el agua embotellada pero envenenamos los ríos. Estamos arrasando los dones del mundo porque esos aparaticos que nosotros hacemos es lo único que nos interesa.

 

Para ser dueño de la honestidad pues hay que pensar las cosas más de tres veces, no para decir aquello que los otros quieren oír o aquello que han puesto en el ambiente los poderosísimos medios de control de las conciencias, sino aquello que es fruto de tu propio juicio. Foto Andrés Felipe Yaya

Pregunta a Luis García. Quisieras que nos hablaras un poco más sobre el matiz y la resonancia social en tu obra.

Uno de los ejercicios que me parecen más cercanos a la poesía es la necesidad de hacernos dueños de nuestra propia conciencia y nuestras propias ideas. Vivimos en un mundo con poderosísimos medios de control de las ideas, hay mucha gente que se cree muy original y en realidad está repitiendo como una cacatúa lo que flota en el ambiente.

En ese sentido me parece que la poesía es un ejercicio que nos ayuda a comprender que decir lo primero que se nos ocurre es no ser dueño de las propias opiniones. Nos ayuda a comprender también un momento de honestidad, porque si uno piensa las cosas dos veces casi siempre acaba escogiendo opiniones para caer simpático a los que lo oyen, pienso en un vendedor, un publicista o un político.

Para ser dueño de la honestidad pues hay que pensar las cosas más de tres veces, no para decir aquello que los otros quieren oír o aquello que han puesto en el ambiente los poderosísimos medios de control de las conciencias, sino aquello que es fruto de tu propio juicio. En ese sentido, la poesía es todo lo contrario del sujeto de la modernidad, muy orgulloso de sí mismo, sin fisuras, creyéndose dueño del mundo de acuerdo a la mentalidad productiva.

La poesía es un ejercicio de memoria, de lentitud, para asumir las propias contradicciones de la modernidad, y es un ejercicio también de melancolía. Esa idea productiva que ha dominado el siglo XX ha llegado a crear un concepto bárbaro, que es la destrucción productiva, y eso ha terminado contaminándolo todo. Mi precaución frente a las vanguardias es que llevan implícito ese concepto de destrucción productiva.

La fe en el progreso ha llevado a la bomba atómica, a la matemática enfocada en la destrucción de las cámaras de gas, y frente a eso cierta melancolía y cierta puesta en duda del sujeto de la modernidad, capaz de destruir el mundo en el que vive, se resume en lo que hace un poeta cuando escoge un adjetivo, cuando se hace dueño de sus opiniones, cuando por herencia ha aprendido a dudar de si mismo.

 

Pregunta a Ospina. Cuéntanos un poco de tu relación con el monólogo dramático y de las posibilidades que ofrece en la poesía.

La fascinación que siento por el monólogo dramático es una confesión de timidez. Al fin y al cabo hay una poesía afincada en el yo, que sabe hablar muy bien de sí misma y de sus relaciones cercanas. Era tal vez Chesterton quien decía que hay poetas tan buenos que saben que la poesía está en los grandes salones de los aristócratas, pero que hay otros mejores que saben que también está en los arrabales marginales de las grandes ciudades, y otros que son capaces de encontrar poesía hasta en su propia familia. Joseph Conrad escribió que no hay lugar de esplendor ni oscuro rincón sobre la tierra que no merezca mirada de admiración o de piedad. Yo, que no me siento muy hábil para hablar de mí mismo, me escondo en personajes.

Robert Browning hizo de ese esconderse un arte muy refinado: siempre ponía a hablar a alguien, claro que también hablaba él, pero escribía poemas desde la conciencia de unos seres, a veces históricos, a veces fantásticos, a veces imaginarios, y desarrollaba grandes temas gracias a esa capacidad de mímesis y de metamorfosis. Creo que eso es un recurso extraordinario de la literatura y no solamente en la poesía. Se abre camino la idea de que es bueno saber quién está narrando la historia y eso le permite a todo autor no ser todopoderoso, ni omnisciente, así se cuenta lo que se necesita contar y se pueden ignorar cosas.

Browning, además, se permitió el lujo de hacer una poesía muy misteriosa, después de comprender los hechos uno termina por comprender a la persona que los está contando y tiene que armar el retrato a pinceladas. Hay un poema suyo muy célebre donde se da un monólogo en un palacio y cuando uno termina de leer queda con la sensación de que ahí hubo algo más de lo que el personaje dijo, más en los gestos y los matices, uno termina descubriendo que el hombre que narra la historia fue el verdugo de su mujer, pero nada de eso está dicho en el poema, hay que deducirlo.

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Pregunta a García. Quisiera que te detuvieras en tu visión de la inevitabilidad del paso del tiempo.

El inevitable paso del tiempo es una de las grandes insistencias de la tradición poética. En Grecia hay unas ruinas de un templo clásico en las que se conserva, cada vez más desvaída, la firma del poeta Lord Byron, que firmó en una columna cuando pasó por allí para luchar en la guerra de liberación. Yo juego a comparar las ruinas como un vertedero del paso de la historia, como si fuera la bolsa de basura de una sociedad acostumbrada a convivir con los desechos y a convivir con una idea del usar y tirar. Una idea mercantilizada del tiempo.

A mí me interesa la literatura precisamente porque frente a esa idea mantiene una dimensión narrativa e histórica del relato humano. Uno está acostumbrado a convivir entre viejos cascarrabias que creen que los jóvenes son tontos, o entre jóvenes hedónicos que creen que lo han inventado todo y no saben nada de la experiencia de sus mayores. Esta es una idea del usar y tirar. Por eso me gusta la idea narrativa del relato humano y de la experiencia humana.

Situada la cosa aquí, la literatura como memoria, donde se cuentan cosas que constituyen la experiencia de una comunidad, me interesa la perspectiva desde la cual se recuerda la historia, porque muchas veces se hace desde los poderes, de los vencedores, y a mí me interesa contarla desde el dolor, de la cotidianidad, de las cosas hermosas, pero de las cosas también que tienen poco que ver con lo oficial y hablan más bien de la vida de la gente.

En ese sentido me interesa mezclar la imagen del ángel de Walter Benjamín que avanza, pero mira hacia atrás, considerando como suyo cualquier dolor humano, mezclarla con la realidad cotidiana de la gente con que vivo, gente que intenta sobrevivir estableciendo una relación con la vida que tiene más que ver con la explotación o el amor que con los discursos oficiales. 

 

Pregunta a Ospina. ¿Qué opina usted del panorama actual de la poesía?

Debo confesar que soy muy ignorante con respecto a la poesía contemporánea, pero no por una decisión sino porque me parece que nada es más difícil de ver que el presente, sobre todo en ese campo. Nosotros podemos ver ahora con claridad la poesía latinoamericana de la primera mitad del siglo veinte, porque ya tenemos la perspectiva.

Por otro lado, no creo en eso que se suele llamar la tradición del arte poética, esos poemas en donde los poetas dicen cómo escriben. En realidad nadie sabe cómo se hace, cada poema hay que volver a inventarlo y en esa medida uno sabe cómo hizo el anterior pero no sabe cómo será el siguiente. De manera que el presente es todavía incierto, y tampoco hay mucha necesidad de saber qué está pasando hoy con la poesía, uno puede asistir a los festivales y eso no quiere decir nada porque las grandes antologías las hace el tiempo. No hay que tener angustia de no tener un panorama claro del presente porque hay una tradición tan rica, hay tanto qué leer, y tanto tan valioso y tan probado y consagrado, que no existe escasez. 

 

Interviene de manera rápida García Montero para resolver la misma pregunta…

La poesía permite algo que tiene que ver mucho con las lealtades. Uno lee para tener los ojos abiertos y ver que sale, pero lo que tiene sobre todo son lealtades, poetas a los que se vuelve, poemas con los que uno dialoga a lo largo de toda la vida y que los lee varias veces al año.

A mí me parece que ahora se está haciendo muy buena poesía en Colombia y también en España. Hablo como lector, por lo que se refiere a otros países de América Latina me parece que se está viviendo un buen momento. Lo que si tengo mucha curiosidad es por donde va a ir la evolución de la poesía con toda la transformación tecnológica que están viviendo las redes sociales en este momento. Es una situación tecnológica que tiene muchas ventajas, pero también amenazas y peligros. Funciona sobre todo en la gente más joven lo de las redes sociales y hay verdaderos best sellers con las redes.

Hay una cosa que me interesa, antes hablaba William de la muerte del escritor omnisciente que ocupa el lugar de Dios y que quiere saber de todo y decirlo todo olvidando la propia experiencia humana del que narra. En las redes sociales se está estableciendo un discurso colectivo que es interesante indagar: aparece la experiencia personal, pero en diálogo con la colectividad. Ahí veo el peligro, en la gente joven que usa las redes sociales, de sentirse muy segura de lo que hace y de abandonar la incertidumbre, por la mecánica esta de colgar en poema en Facebook y que a los cinco minutos tenga diez mil me gusta. Eso es una invitación a un narcisismo que te hace perder la conciencia crítica y la incertidumbre. Yo me he pasado muchos años en España diciendo que es un error identificar dificultad con calidad, pero ahora le digo lo contrario a los jóvenes, que no por decir un pensamiento bonito por Twitter y a los diez minutos tengas diez mil retuits… la incógnita de la poesía es otra cosa.

diálogoLuis García MonteroWilliam Ospina

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