UNA VIDA DEGRADADA ME DA MÁS MIEDO QUE LA MUERTE: LUIS GARCÍA MONTERO

Pocas ciudades en el mundo conservan sobre sí mismas la poesía como Granada, España. La civilización árabe andaluza construyó los muros de la Alhambra y del Palacio árabe con poemas que aún siguen en pie; en las calles los versos de García Lorca todavía caminan con tanta fuerza y dulzura como si su voz los leyera; y la academia ha sido cómplice y maestra para que obras como la de Luis García Montero transite a paso firme hacia la inmortalidad.

 

Escribe / Jorman S. Lugo – Fotografía / Marcela Galeano

Luis García Montero es profeta en su propia tierra. Sus versos se han convertido en la educación sentimental de toda una generación española que no ha dudado en otorgarle el reconocimiento a través de premios. Su obra, que ha gozado de la bendición de la crítica especializada y del público, está compuesta de libros de poemas, ensayos y algunas novelas que le permiten reflexionar en torno a distintos temas, como su ciudad, las dimensiones humanas, el amor y la muerte.

Su camino lo empezó de la mano de su padre cuando lo escuchaba leer en voz alta en la biblioteca de su casa. Allí no solo estrechó la relación con él, con quien lo separan las ideas políticas, sino que inició su camino de libertad después de leer La canción del pirata, descubriendo también que podía, a través de las palabras, expresar su rebeldía y pensar en él.

Pero para hacerse poeta primero se hizo lector. Devoró toda la tradición poética española desde la Edad media hasta la generación del 27. Encontrando en los poetas liberales la cercanía que lo cautivó en su infancia. A tal punto, que mientras preparaba su tesis doctoral sobre el teatro medieval, decidió virar hacia Rafael Alberti, el mito que regresaba del exilio.

Mientras hacía la tesis, encontró en el poeta republicano un amigo que le enseñaría sobre poesía, la historia y la vida. Le enseñó a tomarse en serio a los jóvenes. Así como Alberti hizo con él.

A pesar de elegir el camino de la incertidumbre, paso a paso le llegaron las certezas en forma de lectores.

Esas enseñanzas lo acompañaron cuando, ya en su vida como docente de la universidad de Granada, un profesor acusaba a Lorca de ser fascista. Él respondió a semejante acusación, logrando que un juez, con las mismas ideas del otro profesor, lo condenara a pagar una multa. Pero la poesía le dio el talante para asumir una actitud digna. Primero decidió alejarse de la institución por un tiempo, para no conceder la victoria de parecerse a su contrario, y segundo, evitó inyectar más odio donde había odio.

A pesar de elegir el camino de la incertidumbre, paso a paso le llegaron las certezas en forma de lectores. Descubrir que sus poemas hacían compañía, y que su obra empezaba a formar parte de una generación de jóvenes, lo alegró demasiado, pero no le nubló el sentido. Escribir es una tarea que nunca está acabada, y en el mundo poético no hay caminos cortos y fáciles. Para evitar sentirse preso de lo admiración no olvidó a su yo adolescente, el apasionado y crítico lector que admiraba a los grandes poetas, pero que corregía sus versos con fiereza.

La trascendencia y popularidad de su obra no han restado importancia a las dimensiones personales. Por eso, cuando se le pregunta sobre la soledad, su intimidad y la muerte, habla sobre las dimensiones de su vida y la manera de llevarlas a cabo.

 

¿Cómo se maneja la soledad siendo una persona tan popular?

A mí me gusta pensar en la soledad desde la perspectiva de la poesía, como un ámbito de independencia. Para mí la poesía es un ejercicio de consciencia: es el momento de la verdad, de la verdad con minúscula. Yo no creo en Dios, no creo en los dioses, no creo en los dogmas, pero sí creo que hay cosas importantes en la vida. No creo en la verdad como dogma, pero sí creo en aquello que responde a tu propia consciencia, y la poesía para mi es el género que representa ese ejercicio de consciencia, que no emite ninguna consigna. A la hora de escribir, si uno quiere escribir con honestidad y verdad, no puede respetar ninguna consigna ni de tipo religioso, ni de tipo político, ni de tipo literario, ni de tipo patriótico, uno debe ser siempre leal a su propia consciencia, no mentir. Y en ese sentido, la soledad es como el ámbito de independencia de la consciencia, lo que ocurre es que mi soledad entra en diálogo con otras consciencias y aquello que yo defiendo desde la soledad, pues me gusta convertirlo en conversación, en ilusión compartida, en diálogo.

 

la soledad es como el ámbito de independencia de la consciencia

 

Quizá pertenezco a eso que algunos poetas –como Luis Cernuda, como Mario Benedetti– han llamado la soledad solidaria. Esa independencia para responder a la consciencia y voluntad de diálogo para establecer una ilusión común, un diálogo con otra gente. No me gustan las soledades que más que ser independientes muestran desamparo o abandono. Y vivimos en sociedades donde cada cual va a lo suyo, donde no se establecen vínculos, donde a lo mejor el vecino del 4to no conoce al del 8vo, y la vecina del 9no se muere de hambre sin que se entere el del 1ro. Ese tipo desamparo, de deshumanización, no me gusta. Me gusta la soledad entendida como ámbito de independencia propia.

Yo comprendí a través de la poesía que no solo son históricos los hechos públicos.

¿Cómo definiría al Luis García de la intimidad?

Mira, los seres humanos nos relacionamos, vivimos en comunidad y tenemos distintos ámbitos. Hay uno público, una plaza, donde ponemos en común nuestras ideas: el ámbito de lo político, de los trabajos; después hay uno privado que es el del amor, de la familia, que puede ser el salón de estar de una casa, y luego hay un territorio más que es el de la intimidad, que es el del propio yo, del yo más profundo, que a veces tiene que ver con el secreto. Cuando uno se levanta por las mañanas, pues intenta arreglarse un poquito antes de salir a desayunar con la familia, para no salir en muy malas condiciones, y sobre todo uno se arregla mucho, se lava, y se peina y sale, cuando tiene que ir a trabajar o ir a la calle. La intimidad es el lado de la alcoba, muchas veces es el diálogo con uno mismo, esas cosas en las que uno piensa. Lo interesante es que la historia está presente en todo. Yo comprendí a través de la poesía que no solo son históricos los hechos públicos, los hechos que ocurren en una plaza, en una constitución, en un parlamento, también son históricos los sentimientos que organizan lo privado y la propia intimidad. Los seres humanos tenemos nuestra propia educación sentimental que pertenece a nuestro tiempo y, por tanto, la idea que tiene sobre la sexualidad mi hija, una chica de 20 años, es muy diferente a la idea que tenía mi abuela sobre lo mismo, y la idea sobre el trabajo, las relaciones que tiene con los hombres y las mujeres. En ese sentido hay que tomar consciencia de que los sentimientos son también históricos tanto como un debate político, una huelga, unas elecciones. Por eso la poesía es un modo de indagar en la historia desde la propia identidad, yo creo que la poesía es una pregunta perpetua del ser humano conforme se va transformando la sociedad para decir, qué digo cuando digo soy yo, qué digo cuando digo soy hombre, qué digo cuando digo soy mujer, qué digo cuando digo te quiero… y desde luego, lo que decimos ahora, en el silgo xxi es muy distinto a lo que se decía en el xix o en la edad media.

 

Cómo hacer que esa pregunta perpetua que es la poesía no se vuelva un producto más de la mercantilización que vivimos ahora.

Mira, desde dos territorios. El primero, desde la mercantilización pura y dura del negocio. Ahí la poesía no corre mucho peligro porque la poesía no es ámbito de mercantilización: se hace más negocio con otras cosas. Aunque, también hay la tentación de escribir una poesía facilona para vender mucho, perdiendo la honestidad de la poesía. Ese ámbito me preocupa poco. Si me preocupa el ámbito que tiene que ver con la propia consciencia de la intimidad y del poeta, porque vivimos en sociedades mercantilizadas, y no solo se convierte en mercancía la tierra o el producto de las fábricas, se mercantilizan los cuerpos, hasta la idea del tiempo. Vivimos en una sociedad de usar y tirar, parece que todo lo que ocurre en una sociedad de consumo vale en un momento y luego se tira y se convierte en un desecho. Somos sociedades que pierden la memoria, el sentimiento narrativo del ser humano y están en el juego de lo inmediato: esto quiero, lo consumo y lo abandono.  Y esto sí puede afectar a la poesía, si nuestra idea del tiempo, del cuerpo, de los sentimientos, nuestra idea de la intimidad, se convierte en mercantilización, ahí se pierde la dignidad. Y claro, la poesía es todo lo contrario, siempre debe estar precavida para mantener la dignidad de los valores humanos frente a cualquier tipo de mercantilización.

 

Somos sociedades que pierden la memoria, el sentimiento narrativo del ser humano

 

Creería que en la poesía está algún tipo de salida para despertar la consciencia humana…

Creo que sí. Soy poeta y defiendo con orgullo mi trabajo. Fíjate, creo que es un idiota quien se mete con la ciencia, y un idiota quien se mete con la técnica. Cuando hice mi tesis doctoral la hice en una máquina de escribir, y si me equivocaba en una palabra debía cambiar el folio entero. Fíjate lo estupendo que ha sido tener un ordenador donde cambiar todo lo que quiera, sin cambiar el folio. Pero me atrevo a decir, que es un idiota quien desprecia las humanidades, y la poesía en particular. Porque si no formamos nuestras consciencias, terminaremos usando la ciencia y la técnica para hacer bombas atómicas, en vez de usarlas para el servicio de la dignidad humana. En ese sentido, me parece que las humanidades son muy importantes y la literatura es muy importante, la poesía alimenta la imaginación moral, y es muy difícil ponerse en el lugar del otro si no tienes educada la imaginación moral. La lectura te sirve para ponerte en el lugar del otro. Leí La canción del pirata de Espronceda, y acabé poniéndome en la piel del pirata para ser un rebelde frente a lo que no me gustaba. Una cosa que enseña la poesía es hacerte dueño de tus opiniones y tus sentimientos.

 No se quiere formar consciencia porque quien forma una consciencia conforma a un individuo crítico que es capaz de denunciar al poder, de mantener una opinión.

¿Pero cómo luchar contra eso en una sociedad donde se quita la cátedra de filosofía?

Fíjate que en España y Europa hay un sometimiento de la educación al mercado. Se trata de preparar a la gente con cuatro datos para que sean mano de obra barata en el mercado. No se quiere formar consciencia porque quien forma una consciencia conforma a un individuo crítico que es capaz de denunciar al poder, de mantener una opinión. Por eso se rebajan las humanidades en el bachillerato, se quitan las cátedras de filosofía, y por eso se castiga a la literatura. Pero a los que nos gusta la literatura, los que nos hemos formado en la consciencia crítica, podemos resistir. Y lo podemos hacer defendiendo nuestras ideas. Nuestra idea de éxito no suele ser la acumulación rápida de dinero, o de fama. Nuestra idea suele ser el poder realizar una vocación, el poder realizarnos personalmente en la vida. En ese sentido, aunque las cosas estén difíciles, nosotros resistimos sintiéndonos realizados a la hora de defender los valores en que creemos.

 

a los que nos gusta la literatura, los que nos hemos formado en la consciencia crítica

 

¿Le asusta un poco la idea de la muerte?

Bueno, no es una idea agradable. La idea de la muerte. Creo que una vida cumplida es una vida que permite pensar con serenidad en la muerte. A mí me gustaría vivir muchos años siempre que esté en condiciones de vivir con dignidad y decencia. Si la vida se degradase, pues, una vida degradada me da más miedo que la muerte. Una vida degradada que puede ser de perder la condición de la dignidad humana, no me gustaría tener la experiencia de un campo de concentración o de una tortura, o de conseguir que los verdugos me convirtiesen en un delator o un traidor. Esa tortura que te hacen a través del dolor para delatar a tu mejor amigo. Esa experiencia no me gustaría. Tampoco vivir en una condición sin ser dueño de mis ideas, viviendo en condiciones indignas corporalmente. En ese sentido soy partidario de una muerte digna.