MI ENCUENTRO CON ESCRITORES (2)

Y yo con mis ojos le respondí también: “hombre, William, pero cuál es el problema si como tú mismo dijiste en un poema “No sé si es Dios el que así me consuela/ con un alegre sueño sin cadenas”. Dios me desencadenó el sueño y no pude disfrutar de tus palabras.

 

Escribe / Mateo Quintero – Ilustra / Stella Maris

 

William Ospina y el sueño

 

Entré a estudiar la licenciatura en literatura por dos razones. La primera, porque los últimos dos grados de bachillerato me los pasé leyendo gracias a la influencia de un profesor que me presentó unos libros maravillosos, los cuales me llevaron a leer por mi propia cuenta y a descubrir a Bukowski, razón de mi vida, puesto que sus novelas y relatos me apasionaron tanto que me propuse seguir leyendo para siempre. Y la segunda, porque en esa misma época del fin de mi temporada escolar, me di cuenta de que habitaba en mí una pereza infinita, un letargo que jamás cesaba, y supe que lo único que quería hacer en la vida era lo menos posible, la ley del menor esfuerzo, que si no fuera por un temor intrínseco a perder la libertad o la vida, me hubiese conducido a ganar dinero de la manera más sencilla, y en mi barrio sí que abundaban oportunidades de esa índole. Así que estaba decidiendo qué carajos hacer con mi futuro, si es que tenía, y de casualidad le pregunté un día al profesor que me brindó la literatura, que si era muy difícil preparar clase y él me dijo que no, que eso se preparaba solo. Se iluminó mi camino de inmediato. ¡Este es mi destino! ¡Qué sencillo sería todo! (Años después me percaté de mi ingenuidad, de que era una broma del profe que me tomé en serio, pero ya qué, uno es las decisiones que toma).

Así que al entrar a la carrera no era el estudiante que más había leído en los años precedentes. Había leído bastante poco en comparación con algunos compañeros. Era el segundo semestre y no conocía muchos autores, por lo que no me emocioné cuando dijeron que William Ospina estaría dando una conferencia en la UTP, puesto que no lo conocía. Por ese tiempo también había empezado a trabajar, y comprenderán que pasar de no hacer nada en el colegio a estudiar en la universidad y a trabajar al mismo tiempo, fue un cambio demasiado abrupto que tardé varios meses en asimilar. Y si a eso le sumamos mi propensión al alcohol como única cosa en el mundo que me alegraba, ni les cuento. Así que mantenía con sueño, con un sueño que no se iba, con un cansancio que aún llevo en la espalda.

Fui a la conferencia de William Ospina porque la clase se canceló por dicho evento, y porque recientemente había leído Una carroña, de Baudelaire, que es, quizá, mi poema favorito desde entonces, y la conferencia versaba sobre el poeta francés. Además, noté la emoción de toda la universidad por la conferencia y supe que era un autor importante. Me senté en una de las primeras filas de sillas, solo, y esperé a que llegara. Al entrar por la puerta del Auditorio Jorge Roa Martínez empezó el estremecimiento con un sonoro aplauso. Yo seguí la algarabía tenuemente. Es difícil fingir emoción salvo cuando estás en una entrevista de trabajo.

William saludó, agradeció la invitación y comenzó la lectura con su voz grave. Cada palabra era tan pertinente, cada frase imprimía tanta pasión por la literatura y fue tan revelador todo lo que dijo para mí, que no supe cómo fue que me pude quedar dormido. Conforme pasaba el tiempo, no podía dejar de cabecear. “Lleno está el sueño de magia”, dijo Baudelaire. ¡La magia del sueño me fue acurrucando, arrunchando, meciendo en la somnolencia del descanso! Las palabras de William me transportaron no al sueño de la literatura, de la imaginación ni de la fortaleza e innovación de Baudelaire, sino al sueño real, a la pérdida natural de la conciencia, a la muerte que sufro a cada instante, al paréntesis del horror de la vigilia.

Borges se pregunta en un poema lo siguiente: “Si el sueño fuera (como dicen) una /tregua, un puro reposo de la mente, /¿por qué, si te despiertan bruscamente, /sientes que te han robado una fortuna?”. Luego de unos cuarenta minutos, el estruendoso aplauso de agradecimiento por la conferencia me robó la fortuna del sueño y sentí una inmensa ira por el irrespeto hacia mí. ¿Cómo pueden interrumpir algo tan sagrado como el sueño? ¡Déjenme descansar que ya he trotado mucho en la vida!

No obstante la rabia, sabía que William era un gran escritor y no podía dejar pasar la posibilidad de saludarlo y guardar algún recuerdo con él. Como estaba tan cerca, me fue muy fácil interceptarlo. Al bajar las escaleras lo saludé eufóricamente y le dije que me esperara un poco, que si nos podíamos tomar una foto. Él ni me correspondió el saludo ni hizo ningún gesto de aprobación o desaprobación. Le pasé el celular a una persona cualquiera que iba pasando y me quiso hacer el favor. William se hizo a mi lado con disgusto. Me miró y en sus ojos noté el reproche: ¿pero cuál es tu euforia si no escuchaste nada de lo que dije, si te dormiste toda la conferencia, si interrumpías mi concentración con tus ronquidos y tu saliva? Y yo con mis ojos le respondí también: “hombre, William, pero cuál es el problema si como tú mismo dijiste en un poema “No sé si es Dios el que así me consuela/ con un alegre sueño sin cadenas”. Dios me desencadenó el sueño y no pude disfrutar de tus palabras.