¿Pa que se acabe la vaina?

Ampuloso hasta la caricatura, no pierde la oportunidad de escribir frases para la dudosa posteridad de los monumentos o de los textos de consulta. No siempre, por supuesto, acierta. Cito una que haría enrojecer a Perogrullo: “Y la verdad es que las naciones de América Latina sólo se han hecho visibles para el mundo cuando fueron capaces de mostrar su verdadero rostro…”.

 

Por: Ángel Castaño Guzmán

Quien haya leído tres libros de William Ospina –no importa si son de géneros distintos– ratifica el juicio de Gabriel Arturo Castro: “los géneros literarios son para el autor medios o disculpas que sirven de vehículo a la expresión de ciertas preocupaciones intelectuales”. Las novelas, los poemas y los ensayos del tolimense en el fondo buscan apuntalar unas cuantas ideas, no muy originales, la verdad sea dicha. Pa que se acabe la vaina (2013) retoma opiniones ya expuestas en trabajos anteriores. El certero juicio de Geney Beltrán a La serpiente sin ojos se puede aplicar a las 240 páginas del volumen publicado por Planeta: la retórica deviene en fardo. Lo llamativo de Ospina es el artificio de su prosa. Las señoras, lectoras frecuentes suyas desde Cromos, lo llaman escribir bonito. Atención, no bien. Súmesele a lo dicho un enciclopedismo de cóctel. Al hablar del hecho más pedestre encuentra la manera de enlazarlo con referencias del mundo de los libros. Dicha práctica en ocasiones resulta risible cuando no ofensiva. Menciono un ejemplo: al narrar las vidas de los bandoleros de los cincuenta, no duda en exaltar la muerte de Efraín González, un criminal de la peor ralea. Así, gracias a la altisonancia de Ospina, un asesino acorralado por las fuerzas del orden adquiere dimensión de leyenda. Y sus víctimas, en consecuencia, se convierten en parte del decorado.

Ampuloso hasta la caricatura, no pierde la oportunidad de escribir frases para la dudosa posteridad de los monumentos o de los textos de consulta. No siempre, por supuesto, acierta. Cito una que haría enrojecer a Perogrullo: “Y la verdad es que las naciones de América Latina sólo se han hecho visibles para el mundo cuando fueron capaces de mostrar su verdadero rostro…”. Sin comentarios. Otro elemento problemático del discurso argumentativo de Pa que se acabe la vaina es el continuo uso de juicios no sustentados. Le da, no respalda la tesis en estadísticas o estudios, a Colombia el puesto uno en el top del racismo. O, en un fácil ejercicio de imaginación, supedita la suerte del país a la candidatura de Gaitán en 1946. Si en lugar de apoyar las aspiraciones de Gabriel Turbay, el partido Liberal se hubiese volcado a favor del caudillo, la historia, según Ospina, sería otra. Es obvio. Ídem se puede decir de la muerte de Sucre o la de Kennedy. Pura especulación de café. Diestro malabarista, capaz de lograr el punto de equilibrio deseado por todo político: tenerle una vela prendida a dios y otra al diablo. En un mismo párrafo exalta a Agustín Agualongo y a Simón Bolívar, a quien en un rapto de patriotismo cursi llama padre, soslayando el drama de la resistencia pastusa a los avances del Libertador, motivo de la polémica novela de Evelio Rosero. Lo anterior le permite a Ospina no entrometerse en los altares de la heráldica nacional. Equipara, y no se ruboriza al hacerlo, a Fernando González con Voltaire y con Sartre. ¿Dónde está el aporte del dueño de Otraparte a la filosofía occidental? Además, olvida la cuestionable cercanía del antioqueño con el dictador venezolano Juan Vicente Gómez. En fin, no pienso fatigarlos con un detallado recuento de los deslices del poeta de Padua.

Dice con sorna Antonio Caballero que el sueño de los poetas colombianos es llegar a la Casa de Nariño. Algunos, complemento, en el rol de lamesuelas del presidente de turno. Otros dan un paso adelante. Ahí está Guillermo Valencia. O, si se me permite la broma, William Ospina. Pa que se acabe la vaina no es un ensayo. Es una alocución presidencial. Tiene los ingredientes: unas cuantas verdades sabidas por todos; repite aquello que la gente desea oír, y, lo mejor, le echa la culpa de la bancarrota nacional a los demás, a los políticos, no a usted ni a mí.

Publicado originalmente en Arquitrave nº 54, Enero-Abril de 2014