Presentamos el ensayo del historiador y profesor universitario Darío Acevedo Carmona, “La historia no es cuento”, aparecido en Revista Cronopio.  Acevedo también se desempeña como panelista en Hora 20 y es columnista de El EspectadorEl Mundo, de Medellín.

Carmona

“Ciento ochenta años después de su independencia del Imperio Español, la colombiana es una sociedad anterior a la Revolución Francesa, anterior a la Ilustración y anterior a la Reforma Protestante. Bajo el ropaje de una república liberal es una sociedad señorial colonizada, avergonzada de sí misma y vacilante en asumir el desafío de conocerse, de reconocerse, y de intentar instituciones que nazcan de su propia composición social” (William Ospina)

Todavía hay quienes piensan que la Historia, como disciplina académica, es un cuento en el que cualquiera puede meter baza, opinar y sostener ideas con criterio de autoridad, sin demostración, sin apoyo documental y sin recursos bibliográficos. Peor, hay quienes piensan que la Historia es una narración lineal, homogénea y unívoca. Algunos novelistas y poetas piensan que pueden escribir la Historia novelada.

Suena bonito y atractivo, sobre todo si tenemos en cuenta que la historia que se enseña en las instituciones educativas y la manera como se enseña es acartonada, aburrida, memorística. De suerte que si un buen literato nos pone en contacto con el pasado usando la narración novelística será bienvenido y si nos presenta la Historia en formatos ilustrados, mucho más aceptable.

Como existe una idea común y silvestre sobre la Historia, bastante difundida, según la cual la Historia se refiere a hechos sucedidos que son narrados para guardar la memoria, entonces el debate sobre la Historia se circunscribe a plantear quién escribe o cuál es la historia verdadera. Por ese camino se critica y se desecha la historia patria o cívica, que es vista como una historia oficial, porque es una historia de héroes, de élites, asocial y que desconoce el conflicto.

Se asume que Historia es una materia o cosa, algo objetivo que tiene existencia propia, que se rescata y se reconstruye. Se la confunde con la memoria y con la leyenda y no se la concibe como una disciplina académica que se estudia, que exige una formación que tiene unos protocolos y que pretende estudiar el pasado interpretándolo. Es decir, la Historia en tanto discurso académico no está al alcance de todos los mortales, esa Historia es hecha y es escrita por profesionales que reciben una preparación, una formación especial para manejar fuentes, procesar información, usar bibliografía, seguir un método para plantear un problema y luego desarrollarlo, estudiar el estado del arte, debatir hipótesis, contrastar, comparar, deducir, sintetizar, abrir un panorama.

La Historia no es pues el ejercicio libresco de quienes piensan que ante una historia oficial corta, sesgada, incompleta, facilista, patriotera y heroica, hay que oponer la afirmación categórica, inapelable e indiscutible de que las cosas no fueron de esa forma sino de “esta otra”. En algún momento algunos historiadores llamaron este ejercicio la historia desde abajo, una historia de carácter cuasi vengativo que pretendía reivindicar a los olvidados, a los sectores subordinados o dominados, a los marginados y a los vencidos.

Hacer justicia y darle voz a quienes no la habían tenido. Vaya y venga, algunos colegas por lo menos se dieron el trabajo de documentar lo que decían. En cambio, y esto sí es insoportable, luego vinieron los advenedizos, los intrusos, aquellos que según Daniel Pécaut hacen “vulgata histórica”(véase su texto, Violencia y política en Colombia, 2003): los que posan de historiadores sin serlo, los que creen que el historiador no requiere formación, que este es un oficio de fines de semana, dominguero y que el hecho de ser intelectuales, artistas o literatos les confiere autoridad para decir lo que se les ocurra y reducir nuestra historia a una leyenda negra.

Y es en ese territorio en el que aparecen los novelistas y los poetas, no ya a opinar sobre temas de historia, para lo cual no hay barreras, sino para dar cátedra, para plantear la “verdadera historia”, para marcar hitos, para decir lo que nadie ha dicho, para sintetizar en 67 palabras 200 años. Adiós Colmenares, Tirado, Preciado, Jaramillo U., Busnhell, Posada, Martínez, adiós a todos los que se han quemado inútilmente las pestañas para obtener un título después de haber requisado los archivos y llorar de impotencia en muchas noches oscuras sin que se les prendiera el candil ni llegaran las musas como las que visitan a los poetas.

¡Oh! qué estupidez haber estudiado Historia, si la tenía un poeta en esas 67 palabras, escritas como un escupitajo, para quedar bien en el mundo insípido de los pesimistas de los que se hacen célebres reduciéndolo todo a fórmulas ideológicas. Y por ese camino se burlan los protocolos, las exigencias, el rigor, las fuentes, los libros, los autores, los debates, el estado del arte y entonces, como son prestigiosos, piensan que su prestigio les da autoridad para rebatir esto o aquello, para sacar conclusiones, para exponer nuevas verdades, para simplificar lo que es complejo, para reducir al mínimo común denominador lo que debe ser expuesto a la ene potencia, para cerrar donde hay que abrir.

El poeta historiador William Ospina lo tiene todo claro y acabado. El mismo que ha recibido el premio Rómulo Gallegos de manos de un demagogo y extremista presidente que atenta contra las libertades, contra la libre empresa y que está en curso intensivo para Dictador, que cierra la frontera con Colombia para castigarnos.

Está fuera de discusión que cualquier persona puede opinar sobre los problemas del país, pero hacer pasar sus opiniones como Historia de Colombia es un atrevimiento. La investigación de campo, el trabajo con las fuentes, la organización de las ideas y de la información es opacada por el ensayo libresco. Y entonces se impone el sentido común, la complejidad de nuestro pasado en unas cuantas líneas. La generalización, la conclusión prematura y el espíritu de cierre que arrincona la investigación y anula la necesidad del análisis académico.

El opinador poético-político se enmascara en trajes de gala de Historiador. Reduce y simplifica el pasado, descalifica a los colombianos (caracterizar un pueblo es una de las tareas más complejas y difíciles en las ciencias humanas), nos hace avergonzar, como si el estudio de la historia tuviese un fin reivindicativo, justiciero y aleccionador. Somos violentos, todos, siempre, no tenemos nada de que enorgullecernos, ningún gobernante ha pensado en grande, vivimos en un pasado anterior a nosotros mismos, como si para tener historia todo lo ocurrido, los procesos, los fenómenos, los proyectos y las realizaciones tuviesen que ser edificantes, sin fisuras, sin conflictos, sin contradicciones.

Un discurso que vende, que hace hostias, sobre todo en el mundo intelectual que es incrédulo y diletante y escéptico e irreverente. El mismo que se burla de los discursos políticos calificándolos de “veintejulieros”, los que creen, dicen, afirman y no demuestran que todos los gobernantes han sido ineptos y que este país siempre ha sido gobernado por una casta oligárquica y que no tenemos identidad ni auto estima y ni siquiera un relato común.

Es la “otra historia”, la leyenda negra, con la que se pone patas arriba la historia patria, la que cree que basta invertir el orden de las cosas, la que piensa que la Historia (como disciplina) es un cuento que se narra como se hace con un texto literario y no un campo de problematización, de complejización, de interpretación de los fenómenos y los procesos, los sucesos y los hechos del pasado.

Definitivamente es muy fácil decir que Colombia es un país violento, sin democracia, oligárquico, sin identidad, como lo sugiere el desencantado poeta Ospina en algunos de sus ensayos convertidos en textos de formación histórica. Es más fácil ser reduccionista porque el reduccionismo es un camino fácil, donde no existe la obligación de citar a, de debatir con, de reflexionar sobre, de ilustrar, de documentar tal o cual hipótesis. Es así porque simplemente yo, poeta y literato famoso, lo digo. Es el desprecio y el desconocimiento de una bibliografía y una historiografía y de sus autores que han hecho esfuerzos monumentales y silenciosos para escribir una tesis.

La leyenda negra es el ejercicio que conduce a la autodestrucción colectiva, al suicidio de la autoestima, es el negativismo extremo que banaliza la democracia porque es una “formalidad”, que minimiza el valor de las instituciones, que estimula la mirada negativa a ultranza: no somos, no merecemos.

No hay nada defendible en nuestra historia, somos esclavos, somos miserables, carecemos de conciencia. Es una élite intelectual crítica y clarividente la que tiene el saber, la claridad, la verdad, el sentido de dignidad, la moral y la capacidad de ver lo que hay que ver y de comprender lo que hay que comprender. Los demás estamos obnubilados, alienados, somos ignorantes, carecemos de rumbo y dignidad, necesitamos ser liberados y concientizados.

Cada vez cobran más pertinencia las reflexiones críticas de Eduardo Posada Carbó en su libro La nación soñada contra la generalización, la simplificación, y, sobre todo, contra la tendencia reduccionista. No se trata de cerrarle la puerta a quienes tienen dudas o planteamientos sobre diversos problemas de la Historia, se trata de exigirles rigor, de pedirles respeto por el tono y el estilo académico. Posada Carbó dice con razón que es necesario matizar, evitar los juicios de valor absoluto, evitar el negativismo.

No todo ha sido una farsa o un engaño o un complot de los poderosos. En la historia colombiana hay búsquedas, proyectos, realizaciones, frustraciones, como en la historia de todos los países. La visión auto flagelante conduce a la negación de la autoestima, a pensar que entonces no vale la pena defender nuestras instituciones, a pensar que la democracia colombiana es una farsa y una formalidad que no valdría la pena salir a defender en caso de peligro.

El negativismo a ultranza es tan engañoso y traicionero como la visión de un pasado idílico. Historiar es interpretar e interpretar no significa abusar o ser arbitrarios respecto de los protocolos de la disciplina. Significa someterse a unas exigencias, a un acumulado investigativo a unas tradiciones interpretativas, a unas formas, a un respeto elemental.

Ser historiador es tan exigente como ser médico, ingeniero, filósofo o antropólogo. Lo que se dice debe ser sustentado y demostrado y tener fundamento documental. Por eso la Historia no es un cuento. Mucho menos un cuento para lacerar nuestra condición humana o hacer un ejercicio de autoflagelación colectiva.