Todo lo cual corrobora, una vez más, una verdad palmaria: las mujeres están en el último escalón de la sociedad. Ellas a pesar de ser consideradas seres inferiores o cosas, soportan en mayor número el peso pesado de la explotación.

 

Por: Gloria Inés Escobar Toro

Hay un asunto en la tierra

más importante que Dios

y es que nadie escupa sangre

Pa’ que otro viva mejor

Atahualpa Yupanqui

 

Aunque muchos sigan creyendo que la riqueza la genera el capital, entendiendo por este al dinero, están equivocados. La riqueza, como ya se ha dicho y demostrado, la genera el ser humano con su trabajo, tanto el manual como el intelectual. Sin trabajo humano no habría ni riqueza, ni comodidad, ni bienestar, ni nada de lo que hoy goza parte de la humanidad. La ironía es que la mayoría de quienes producen esa riqueza viven no solo en la miseria sino bajo la explotación más feroz que se pueda imaginar.

Explotación que se traduce en muchos casos en franca esclavitud, es decir, en la imposibilidad de salirse de una situación a la que se ha caído bajo amenaza, coacción, engaño o violencia. Hablo del tráfico de personas, de la servidumbre sexual, del trabajo en condiciones de precariedad absoluta y de lo que la Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha definido como trabajo forzoso: aquel que se extrae de cualquier persona bajo la amenaza de un castigo y para el cual la persona no se ha ofrecido de forma voluntaria.

Pues bien, según datos de la misma organización, el trabajo forzoso afecta en forma desproporcionada a las mujeres y niñas, que representan el 99 por ciento de las víctimas en la industria sexual comercial y el 58 por ciento en otros sectores. Todo lo cual corrobora, una vez más, una verdad palmaria: las mujeres están en el último escalón de la sociedad.

Ellas, a pesar de ser consideradas seres inferiores o cosas, soportan en mayor número el peso pesado de la explotación. Vaya paradoja: las casi idiotas, las incapaces, las obtusas, las buenas para nada, generan la riqueza de buena parte del “primer sexo”.

Pero no solo eso, las mujeres, especialmente las pobres, son también las que cargan con el trabajo doméstico, ese trabajo invisible y menospreciado que no tiene tregua y además no se valora ni social ni económicamente.

Ese trabajo que se realiza dentro del hogar y que incluye el cuidado de enfermos, infantes y ancianos. Ese trabajo silencioso, constante, agotador e indispensable para reproducir la vida. Ese trabajo base sin el cual no podrían realizarse los demás, porque es a través suyo como se logran reponer las fuerzas para continuar viviendo.

En efecto, miles de mujeres en el mundo trabajan jornadas de 20 horas diarias siete días a la semana por toda una vida; miles de ellas sometidas además a la violencia patriarcal; miles de ellas también obligadas por la tradición y la religión a “servir” sexualmente a su esposo cuando este lo requiera; miles de ellas igualmente anuladas como personas y tratadas como cosas.

Podría afirmar sin temor a equivocarme que las mujeres pobres son quienes más trabajo realizan durante su vida, pero son igualmente a quienes NO se les reconoce por hacerlo, porque de todos los trabajos en el mundo ese es el más invisible, el más oscuro; de hecho, en muchas ocasiones no se le considera como trabajo aunque en él vayan dejando agotada la vida millones de mujeres.

Es hora de que en la celebración del primero de mayo, Día Internacional del Trabajo, se empiece a hacer visible ese trabajo, vital para la humanidad, realizado por millones de seres humanos anónimos para la historia.