KEVIN MARÍNLo bueno de la música religiosa, no es precisamente su religiosidad, sino que es música clásica. ¿O me va a negar usted que nunca ha ido ni irá a un recital de Mozart porque creía en dios y la mayoría de sus composiciones están relacionadas con un ritual religioso?

Por: Kevin Marín

¿Qué es literatura?; para el diccionario de la Real Academia Española “es una actividad de raíz artística que aprovecha como vía de expresión al lenguaje. También se utiliza el término para definir a un grupo de producciones literarias surgidas en el seno de un mismo paísperiodo de tiempo o de un mismo género (como la literatura persa, por ejemplo) y al conjunto de materiales que giran sobre un determinado arte o una ciencia (literatura deportivaliteratura jurídica, etc.).”

Dentro de esta definición podemos apreciar el carácter de la palabra en negrilla; género: “son los distintos grupos o categorías en que podemos clasificar las obras literarias atendiendo a su contenido”. Nos encontramos aquí, con un tipo de literatura, quizá una de las  más criticadas y llenas de indiferencia –para algunos– y el más famoso (eso sí que sí) o sorprendente de todos –para otros–: la literatura mística.

Literatura mística que hoy en día casi nadie lee, exceptuando la Biblia, entendiéndola como literatura –debido a que muchas personas se niegan a aceptar–, y sin contar los millones y millones de cristianos en todo el mundo que se jactan de sí mismos o de  sus creencias  y nunca jamás de los jamases se han detenido a leerla. Entonces, podríamos afirmar que son muy pocas las personas que hoy en día leen literatura mística. No estoy hablando de los libros de esoterismo o de doctrinas orientales o mágicas, fantásticas, extraordinarias, misteriosas, etc; como ustedes  la quieran llamar.

Propiamente hablando estos libros no pueden considerarse como literatura, no todo cuanto se escribe con varios personajes que se reúnen en corro a jugar a los hechiceros, a lanzar plegarias al Mago Merlín y sanar penitentes con chakras podrían pertenecer a éste género o por lo menos al objeto del estudio serio. La mayoría de estos libros tienen, digámoslo así, un carácter de alienación. Alienación en el sentido que se toma con fines religiosos o pertenecen a los que sus autores y lectores llaman arte o ciencia. ¡Qué arte, qué ciencia! Ésta es otra de las razones por lo que no puede ser literatura: de la misma manera no todo lo que suena es música.

Pero intrínsecamente, la mística en la literatura es arte, es una creación hecha por un ser humano, sin importar el fin a que esté sujeto y se somete a varios procesos de creación intelectual. O de otra manera quién va a afirmar que Miguel Ángel no es un gran artista porque pintó La creación del hombre, o  Santa Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz por sus obras líricas de la unión del alma del  hombre y dios. Tomando a dios desde el punto de vista literario, podríamos hacer la comparación, por ejemplo, con una ninfa o La Parca; el religioso le pide a dios que se lo lleve y el poeta a La Parca, ¿qué diferencia existe allí? Peor aún sería su inimaginable indiferencia hacia ellos: el hombre escribe lo que siente y piensa, su compromiso publicitario está en la transmisión de esas ideas y de esos sentimientos. La literatura mística está fundamenta más que todo en la transmisión de ideales religiosos.

Pero hay más y no quieren ver. ¿Cómo una persona se contrapone a una idea o argumento?: porque conoce el valor de la idea y del argumento. ¿Cómo podemos criticar algo sino conocemos lo que el otro defiende? No podemos hablar del asesinato de seis millones de judíos si somos indiferentes a la historia, no podemos conocer las grandes guerras de religión si no estudiamos sus hechos.

La literatura mística se me aparece muy diferente a todos los hechos históricos o verídicos que dan fe de hechos y causas, obviamente porque es literatura, y no es verdad, es un conjunto de lenguaje e ideas. Unos toman esas ideas, otros la rechazan y se refugian en otras literaturas. ¿Pero cómo salimos de una y entrando a la otra?, pues sencillo; no gustándonos. ¿Y cómo algo no nos puede gustar?, porque no estamos de acuerdo. ¿Y por qué no estamos de acuerdo?, porque conocemos lo que la idea nos brinda y nuestra identidad no está conectada con ella.

A Hermann Hesse se le ha criticado mucho por su temática esotérica y mística, pero ¿no es acaso literatura? ¿No tiene ese derecho? Si no nos gusta lo dejamos y punto. No estamos en la época de la inquisición en la que se juzgaba  y quemaba al hereje por lo que escribía (sentido inverso de la historia). Que los esotéricos escriban lo que se les dé la gana, pero por favor que no molesten a los demás. Y para parecer más listos que ellos, propongo algo: clasifiquemos sus escritos en literatura fantástica y si se quejan allá ellos: ¡no fueron acaso quienes se decidieron a publicar!

Si esos escritos los miramos desde el punto de vista fantástico, no es más que lectura-deleite-repugnacia (dependiendo como siempre del juez-lector), no nos preocupamos por ideas porque sabemos que todo es una farsa y escapa a toda comprensión humana –en el momento– o está refugiada en errores comprobados, pero da igual, es místico.

Apreciemos esa literatura (repito: Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz; no Deepak Chopra), no caigamos en el abismo de los fanáticos religiosos que no leen a Hawkins o Hitchens, conozcamos al otro y apreciemos el valor de la obra artística, porque es literatura. Otra cosa sucede en la música clásica-religiosa, porque es más introvertida; lo bueno de la música religiosa, no es precisamente su religiosidad, sino que es música clásica. ¿O me va a negar usted que nunca ha ido ni irá a un recital de Mozart porque creía en dios y la mayoría de sus composiciones están relacionadas con un ritual religioso?