El discurso del odio y la falta de identidad política de la sociedad colombiana no permite que seamos cuerdos al momento de votar, se generan confusiones y al final no se toman las decisiones correctas para marcar el tarjetón.

 

Por: Juan Daniel Serna Morales

Las votaciones en Colombia tienen un grado de importancia tan alto que debería considerarse utilizar multas económicas o disciplinarias para aquellos que no voten, pues más que un acto pedagógico o voluntario, se le está dando importancia al papel del sujeto, identificado como colombiano, de que participe en la toma de una decisión.

La abstención del voto por parte de los colombianos siempre está presente cada vez que hay elecciones a congreso, presidencia o, en su defecto, cualquier tipo de mecanismo de participación ciudadana para la toma de una decisión. Como lo fue el caso del plebiscito aquel del 2 de octubre de 2016.

Durante las elecciones al senado y cámara del pasado 11 de Marzo del 2018 se convocó la participación del pueblo para definir a los representantes del departamento y sus municipios en el congreso. En el proceso se evidenció la falta de participación política de muchos jóvenes y su apropiación por un espacio donde se aplica la pseudo democracia.

Algo irónico, sabiendo el discurso que se había manejado en la academia hasta el momento de la votación -¡Hay que cambiar el país!-. Gritos y alaridos que se escuchan en la habladuría o escenarios de intervención pública de quienes alegan la situación precaria de Colombia, pero que paradójicamente la mayoría de las veces solo se queda en el discurso y no en la acción participativa del cambio.

Por lo general, quienes se encargan de definir a los que dirigirán el país durante un determinado periodo administrativo son las personas a las cuales les compran su voto o se creen el populismo de derecha de los que prometen cambiar la situación.

Ojo, no hay que olvidar que los votos se compran con la necesidad de las personas, es decir, con mercados y una que otra limosna que ofrecen durante las campañas políticas aquellos que, con su poder económico, tienen la potestad de manejar a los demás como se les plazca.

Pereira no fue un caso ajeno a la necesidad de las personas y la compra de su voto. Muchos partidos políticos camuflados de civil ofrecieron transporte a quienes necesitaban llegar a su lugar de votación siempre y cuando votaran por quienes ofrecieran el servicio.

Se escuchan también en la voces de la calle, rumores que creería son más que ciertos; como es el caso de La Virginia y Cartago, en donde se ofrecían desde $50.000 hasta $80.000 por llenar la casilla de un aspirante a congresista.

Se podría seguir hablando de estos temas de corrupción durante las votaciones del pasado 11 de marzo, creo que podría llenar una página entera enumerando los casos de corrupción ocurridos durante las votaciones.

Sin embargo, vale la pena mencionar un ejemplo más para no dejar de lado la exclusividad del municipio de Pereira. Tal es el caso del departamento de Nariño, donde a través de una publicación de Facebook se conoció el caso de dos mujeres que tomaban fajos de billetes de sus bolsos y ofrecían dinero para que votaran por un candidato del partido Liberal, pues sus camisetas aparentaban apoyar a los rojos.

En Colombia la situación política intencional se puede decir que es crítica. No me refiero solo a la abstención del voto solamente, sino también a la violencia que se le ha hecho a cierto grupo de candidatos aspirantes a un cargo público, siendo el más conocido el atentado a Gustavo Petro en su visita a Cúcuta.

A pesar de esto, no solo está la violencia, también está la polarización que divide al país, o apoyan a la derecha o apoyan a la izquierda, no existe punto intermedio. Y por punto intermedio no me refiero al centro. O se está con Uribe y su títere o se está con los que tachan de populistas, como es el caso Petro.

La segregación de la población colombiana tiene como principal fin, ninguno. El discurso del odio y la falta de identidad política de la sociedad colombiana no permite que seamos cuerdos al momento de votar, se generan confusiones y al final no se toman las decisiones correctas para marcar el tarjetón. De hecho, en muchos casos sólo se asiste a las urnas para adquirir el certificado electoral y lograr sus beneficios.

Sería bueno repensar nuestra labor como ciudadanos y hacernos una pregunta: ¿cómo estamos asumiendo nuestro papel como sujetos políticos? Entendiendo que no tenemos un control total sobre nuestra decisión, sino una persuasión por parte de los medios y estadísticas a medias que nos dicen por quién votar.