Emigrar

 

«Lo único que exporta Colombia es colombianos, ya ni café.»

MATEO MATIAS1Por Mateo Matías:

Muchos han escrito ya sobre ésta materia -del estar aquí, allá y no estar después de haber emigrado- yo mismo, al tratarle, no voy a incurrir en cargo de presunción como todos los dejados creen: «Tener un querido exiliado es motivo de fanfarroneo». No hablaré más que con arreglo a lo que he visto en complejos fronterizos y lo contado por aquellos a los que la gloria de emprender vuelo sólo les causó pérdidas y lamentos.

Recuerdos agridulces, injusticias, contradicciones, coherencias, cólera indomable -sin riendas ni pulcros- solidaridad con el propio ser en busca del sentido ético de la existencia que generalmente el sitio residido no dispone para brindarnos y un constante dolor muscular por el desprendimiento de las extremidades de un país al que nunca le logramos definir el sentimiento de la despedida por la alegría de jamás llegar a vociferar adiós.

Náufragos del vivir latinoamericano, para aquellos el tarareo del rezo y mil indulgencias son antes del sutil sonido que desprende el ostentoso motor del bus antes de salir de casa. Un cambio radical consume con brevedad la mente angustiada del exiliado. El viento casi logra frenarlo, frenar en seco la coronilla de un pájaro que desconoce la distancia entre saber cómo vivir en su propio nido y saber cómo debería vivir al cruzar la cordillera, donde busca anidar en un árbol sin hombres desalmados.

Brota una gota -llena de turbaciones- de unos ojos que bridan nostálgicamente miradas llenas del desencuentro de no estar aún sin irse.

«Los marineros no salen de casa» dicho, producto del orgullo conformista y la ingenua certeza de que todo se encuentra acá y no haya, yéndose. Pero estos gorriones de vuelo fino aún no ausencian la casa.

La tragicomedia empieza por calar los hueso con el frío de Ipiales; ¡Suba usted el telón! empezo el teatro. Despojaos de vuestro poncho y sombrero, bienvenidos a Ecuador. Postergaos los lamentos al complejo fronterizo chileno ¡Aún no lloréis, ni tampoco os lamentéis! cedan paso a la legítima confianza del azar, los sellos de entrada o el infortunio debacle de volver con las alas despellejadas.

Complejo fronterizo Chacalluta-Chile.