DIARIO DE UN MIGRANTE

Este relato está inspirado en la segunda parte de la novela gráfica de 2006 Emigrantes, del artista y autor australiano Shaun Tan. Este texto es un ejercicio de écfrasis, por cuanto interpreta con lenguaje escrito una representación gráfica.

 

Por / Felipe Osorio Vergara, Emmanuel Zapata Bedoya, Jose David Chalarca Suescum y

Alejandro Jaramillo Londoño

Un pequeño jarrón viene a mi mente al despertar. Es el regalo de aquella familia de emigrantes que conocí anoche. Tras abrir los ojos, ahora lo veo. Al otro lado de la ventana, su tamaño ha cambiado. ¿Más pequeño? ¿más grande? No lo sé. Aún estoy algo dormido. Me llevo una mano a los ojos para observar con claridad y recibo la inesperada visita de mi compañero de cuarto. De un brinco salta sobre mi cama, me recibe con su gran lengua y acaricio gentilmente su pelaje. Aunque su aspecto aún me resulta un tanto extraño, he aprendido a convivir con él. Viste de un color blanco-crema que adorna tanto su par de aletas como sus escamas y posee una cola que parece un pretzel.

Retiro las sábanas y me levanto de la cama. Acomodo los botones de mi camisa blanca y parto a la mitad una especie de tomate que me regalaron ayer. Luego de cortarlo en varios pedazos le ofrezco uno a mi compañero y me termino de poner el traje. Es hora de salir, pero creo que algo se me olvida… ¡mi sombrero! Tras percatarme, en la puerta antes de salir, mi pequeño amigo lo trae en su boca y me lo da. Cierro la puerta y nos vamos. Llegó el momento de conseguir un trabajo.

Recorrí la gran ciudad y ahora soy parte de ella; me mezclé con los demás migrantes. Al igual que yo, todos caminan en busca de oportunidades. En el cielo de Nueva York hay grullas volando; me recuerda un poco a mi ciudad en Polonia. El paisaje está lleno de personas de todos los oficios: comerciantes, artesanos, pintores y obreros. Intenté incorporarme a ellos. Le pregunté a un cocinero de aspecto italiano si me podía unir a su cocina, pero su respuesta fue negativa; tampoco fue diferente cuando me le acerqué al ingeniero de lentes oscuros. Seguí caminando. Ahora llegué a un local de porcelanas atendido por una señora, de apariencia asiática, pero me rechazó inmediatamente. Finalmente, mis zapatos me llevaron hasta un señor de uniforme que parecía a cargo de una construcción; acabó igual.

Me senté por un momento, estaba a punto de rendirme. De repente, mi compañero de cuatro patas me llevó hacia un señor que pegaba un cartel en la pared. Aunque no entendía lo que me estaba diciendo, y menos lo que decía en aquella pancarta, intenté explicarle como pude mi situación. De alguna manera accedió a dejarme trabajar y me dejó a cargo de un par de carteles. El señor se fue un rato. Pegué algunos con la brocha que me prestó. Los miré pegados y pensé: «trabajo hecho». No sabía qué podrían significar los símbolos escritos en los carteles; hasta el día de hoy no los entiendo, y menos a los habitantes de esta ciudad.

Luego de 5 minutos regresó el señor. Me llamó la atención y me reclamó por los carteles. Sin notarlo, los coloqué al revés. Con vergüenza, me llevé la mano a la boca y me disculpé con él. Seguí buscando trabajo.

Miré por los alrededores de la gran urbe. En uno de los puestos se encontraba una señora con una especie de pañoleta que le dejaba ver el cabello. Dos hombres, aparentemente migrantes, uno con apariencia de judío y el otro con aspecto asiático, estaban recibiendo correspondencia de ella y tenían dos cestas llenas de paquetes. Me acerqué a la mujer con la intención de ofrecerme como mensajero y, sin pensarlo mucho, me dio el trabajo. Sacó una cesta llena de paquetes y después se dispuso a indicarme el lugar de su entrega.

Me puse en camino para realizar mis primeras entregas. Traté de encontrar el lugar indicado por la señora, descifré las direcciones de los paquetes, y de alguna manera, los coloqué en sus buzones sin mayor problema.

Cuando finalizaba mis entregas, me dirigí a la última dirección brindada por la mujer. En la entrada me encontré unos símbolos que desconocía, pero no les presté mayor atención. Vi a mi compañero que se devolvió con gran velocidad y huyó de aquel sitio. De repente, veo a una gran serpiente que se acerca a mí, parece un basilisco enorme; criatura de la mitología griega. Ella custodiaba el patio y al momento de percibirnos, nos atacó. Del susto, solté la cesta con los paquetes en ella y hui con mi compañero. Ese día no tuve la suerte de encontrar un trabajo, así que me dirigí a mi casa exhausto. Decidí continuar con la búsqueda en otro momento.

Emigrantes, Editorial Lothian Books, Australia.

***

 

Una semana después ya me encontraba laborando en una fábrica de medicamentos. Mi único trabajo era seleccionar los envases defectuosos y apartarlos de los demás. Era un lugar enorme, lleno de grandes máquinas y cubierto por un ambiente sombrío que necesitaba mucha mano de obra. Por esa razón, allí se encontraban emigrantes de distintas nacionalidades realizando el mismo trabajo que yo. Entre ellos está Viktor, un anciano de aspecto triste. Me ofreció algo de beber mientras yo realizaba mi trabajo. Nos pusimos a conversar en ese momento. A pesar de ser una persona un poco sorda, parece alguien que tiene mucho por decir.

Le agradecí por el trago y, sin esperarlo, tomó uno de los envases imperfectos y recordó su historia. Ella, ella, ella; el último recuerdo que tengo de ella fue también uno de mis días más felices ¡iba a luchar por mi patria! Me alisté sin dudarlo al primer canto de guerra. Me uní al regimiento de infantería del Territorio Imperial de Alsacia y Lorena, y marchamos para el Frente en la primavera de 1915. La euforia invadía las calles de Estrasburgo, todos los edificios izaban banderas imperiales y nuestras mujeres lanzaban flores a nuestro paso: seríamos los héroes.

Caminamos por terrenos pedregosos y por campos invernales hasta llegar al lodo de la trinchera, muy cerca de la frontera belga. Por un tiempo no hubo mayor actividad, ambos ejércitos estábamos atrincherados. Desde el Cuartel General en Berlín el emperador envió un telegrama dando la orden de tomar la ciudad de Ypres. En la madrugada nos ordenaron romper el Frente, los franceses y los belgas lanzaron gases mostaza y cloro para frenar nuestro avance, envolviéndolo todo en una atmósfera asfixiante. Fue una carga a la bayoneta. Entre las tinieblas, reconocer al enemigo era nuestra mayor preocupación.

Fue grande la mortandad entre los nuestros, pero mayores bajas tuvieron ellos. El campo de batalla se convirtió en territorio de muerte. El olor nauseabundo, las osamentas y los cráteres de las bombas hacían la trinchera invivible. Mi pierna derecha padeció una descarga de artillería, por lo que fui retirado del Frente. Regresé a mi ciudad, la que antes se engalanaba de euforia y flores al compás de los tambores de guerra, era hoy un esqueleto de ruinas y polvo. Estaba solo. 

 

Viktor quedó absorto y en silencio. Consultó su reloj de bolsillo y se percató que era hora de salir. Tomamos nuestros abrigos y registramos el fin de nuestra jornada. Como era día de pago, fuimos juntos a cobrar a la gerencia. Hicimos la fila y cuando recibimos nuestro pago nos dispusimos a salir de la fábrica.

Emigrantes, Editorial Lothian Books, Australia.

***  

 

El jarrón que me habían regalado ya tenía otro dueño. Una pareja de gorriones americanos estaba haciendo su nido. Cayó el ocaso y las aves se acurrucaron al interior del jarro. Prendí la mecha de mi lámpara de querosene, busqué la pluma con el tintero, y un papel para escribirles:

 

Querida Irenka,

Aunque hace meses no te veo, mi corazón sigue atado a ti. Después de mucho buscar logré conseguir trabajo en una fábrica de envases y recibí mi primer pago. En esta ciudad he encontrado a muchos migrantes como yo, que me han acogido y han hecho menos dura tu ausencia y la de mi amada ‘Grullita’, Aleska. Imagino que has crecido y ya aprendiste a leer. ¡No veo la hora de nuestro reencontrarme!

P.D. Te envío este dinero para que compres los boletos del ferrocarril y llegues al puerto de Hamburgo para tomar el Trasatlántico que zarpa cada mes.

Las ama,

Kacper

 

Busqué un sobre, lo sellé y le pegué una estampilla. Anoté la dirección postal de ellas:

Irenka Symanski, 356 oeste, Wola, Varsovia (Polonia). Salí del inquilinato con mi amigo cola de pretzel para ubicar una oficina postal. Una cuadra, dos cuadras, doblé a la izquierda; estaba perdido. Una señora me indicó la dirección de un buzón. Lo encontré y leí con dificultad las instrucciones de envío. Deposité el sobre. Era solo cuestión de esperar su llegada…