LA NOVELA GRÁFICA ERÓTICA ITALIANA (I)

Primera parte de un recorrido por la historia de la novela gráfica erótica europea, con un especial detenimiento en Italia, cuna de grandes creadores del género. Espere mañana la segunda parte.

 

Por / Omar García Ramírez

El erotismo es consustancial a muchas obras de la mejor novela gráfica europea contemporánea. En ese continente, salvadas ocasiones, no ha existido la censura directa y velada que se dio en Norteamérica durante ciertos periodos de su historia reciente, ni el puritanismo fundamentalista que permea la mayoría de los mass media en Estados Unidos.

De tal manera que grandes autores europeos han flanqueado y explorado ese territorio tabú, llevando su arte a límites que no se han bordeado en esta parte del Atlántico. Guido Crepax (Milán, 15 de julio de 1933 – Milán, 31 de julio de 2003) es un referente indiscutible del género ya que una gran parte de su obra gira en torno al erotismo.

 

Los artistas de la gráfica en Europa

Antes de entrar en materia (como diría el sátiro gusano a la amanerada larva), conviene sobrevolar y pintar grosso modo el sinuoso panorama. En la línea clásica del erotismo de la novela gráfica europea en general, e italiana en particular, existe toda una tradición que viene desde los años sesenta y setenta ––época dorada del comic erótico del viejo continente–– descuellan grandes autores que ya se han convertido en íconos de la cultura del fumetti, bande dessinée o novela gráfica contemporánea.

Para muestra podemos mencionar a unos pocos que de una u otra forma han abordado el género:

Tal es el caso de Jean-Claude Forest autor de Barbarella (1962), la aventurera estelar que fuera llevada al cine e interpretada por Jane Fonda. Con ligeras variantes del estereotipo, esta figura se prolongó en historietas como Jodelle (1966), de Pierre Bartier y Guy Peellaert; Uranella (1966), de Pier Carpi y Floriano Bozzi.

Por la misma época, se inició en Francia una corriente más explícita, que no desdeñaba el juego provocador inspirado en la literatura del marqués de Sade. Una de las producciones más notables en este sentido fue Blanche Épiphanie (1967), de Jacques Lob y Georges Pichard, obra cuya vocación sadiana cabe relacionar con otro cómic de Pichard, Marie-Gabrielle (1977). Ampliando el repertorio temático del tebeo erótico francés, Epoxy (1968), de Jean Van Hamme y Paul Cuvelier, relacionaba los mitos helénicos y la sensualidad finisecular. En el ámbito europeo, destaca la línea de Moebious, el francés y uno de los fundadores de la revista Metal Hurlant, quien ha incursionado en el género con variantes futuristas, creando escuela y un estilo que ha influenciado a muchos otros artistas.

A la par de ese reciente crecimiento del cómic erótico europeo, se advierte un gran número de dibujantes que buscan nueva sangre y vetas temáticas en el género; algunos llegados desde Argentina, otros desde la antigua región del socialismo prosoviético e Inglaterra, lanzados a la realización de tramas y dibujos en donde el erotismo prevalece. Todos ellos operando su pluma en el viejo continente. Tal es el caso, entre otros, de Berni Wrightson, Tanino Liberatore, Luis García, Fernando Fernández, Josep María Beá, Miguelanxo Prado, Enki Bilal, Erich Von Gotha y Horacio Altuna.

Historia de la humanidad. Milo Manara

Los de Italia

Por lo que concierne al fumetto/fumetti erótico italiano realizado a partir de la década de 1970, cabe destacar dos líneas principales: La primera, más caricaturesca, se debe a dibujantes como Leone Frollo y Roberto Raviola, responsables de aventuras humorísticas en torno a la tensión sexual y la obsesión amorosa. La segunda, realista en su concepción gráfica, cuenta con artistas como Eleuteri Serpieri (Venecia, Italia, 29 de febrero de 1944) autor de Morbus Gravis y padre putativo de Drunna, la ragazza mediterránea y fornicattora estelar (1985), y dos seguidores de la línea de Hugo Pratt en su Corto Maltese: Milo Manara y Vittorio Giardino.

De Manara se puede decir que la saga o cuarteto de Las aventuras de Guissepe Bergman es una de las mejores series del fumetti de todos los tiempos; obra maestra y de culto, en donde maneja con fluidez los grandes escenarios, así como los close ups intimistas, las acciones cambiantes y rápidas que conservan gracia y fuerza en el desplazamiento sumado a la maestría plástica en las dinámicas del movimiento.

Una historia interesante, llena de referencias literarias y cinematográficas, en donde adivinamos su cercanía al cine de Fellini (colaboraron juntos en varios proyectos) y a quien el autor hace numerosos homenajes sobre todo en su mencionada tetralogía (no recuerdo ya si pentalogía) de La aventura. Además de otros aportes a la concepción gráfica, un enfoque postmoderno que cuestionó el oficio desde adentro y un dibujo afortunado, inteligente y preciosista.

Obra de Hugo Pratt.

Militando ya en las filas del gran capital y dirigiendo su factoría (cosa que no deslegitima su importancia), Milo Manara –debemos expresarlo– merece mención aparte y otro estudio al igual que el viejo capitán Hugo Pratt (Rimini, 15 de junio 1927 – Lausanne Suiza, 1995) un artista que sobresalió con gran proyección internacional y a quien no se deben dejar de mencionar en el panorama comiquero de la bota itálica, ya que aportó sustancialmente al lenguaje. A su legado artístico, casi todos los anteriores muestran gratitud y deuda, figura señera del movimiento veneciano que con su serie Corto Maltese posicionó a la novela gráfica entre las artes mayores.
Sin lugar a dudas el comic erótico europeo en su vertiente italiana ha creado una tradición, se ha hecho un estilo, a una escuela, a una tendencia que difícilmente puede ser igualada. Los erotómanos del mundo entero reconocen ese linaje artístico, libertino y libertario.

Llegado a este punto, tenemos naturalmente que hablar de quien a mi juicio es el artista más importante de esa ola de genenialidades: Guido Crepax, que desde la creación de Valentina –1965– una heroína inspirada en el rostro de la estrella de cine mudo Lousie Broocks famosa en los años 30/40 comenzó a caminar la sinuosa senda del comic erótico. Hasta llegar a sus obras maestras, las adaptaciones de cuatro grandes novelas:

Histoire d’O (1975), escrito por Pauline Réage. Justine (1979) de Sade. Venere in pelliccia (Venus de las pieles) (1984), inspirado en la obra de Leopold von SacherMasoch, y Emanuelle, de la escritora Emanuelle Arsan.

Partiendo de esas premisas históricas, abordemos la obra de Guido Crepax, tomando como punto de partida una de las novelas de Sade adaptadas por su pluma.

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Primero el Monstruo…

Donatien Alphonse François de Sade (París, 2 de junio de 1740 – Charenton-Saint-Maurice, Val-de-Marne, 2 de diciembre de 1814), conocido por su título de Marqués de Sade, fue un escritor francés, autor de Justine o los infortunios de la virtud, y otras numerosas novelas, cuentos y piezas de teatro. También le son atribuidas Los 120 días de Sodoma, La filosofía en el tocador, La nueva Justine y Juliette. En sus obras son característicos los antihéroes, protagonistas de los más aberrantes crímenes y violaciones, autores de disertaciones en las que, mediante sofismas y parábolas filosóficas justifican sus actos. Y las heroínas o protagonistas objetos de deseo, llevadas a las más bajas formas de humillación, degradación y castigo.

Sade fue encarcelado por el absolutismo, por la asamblea revolucionaria y por el régimen napoleónico, pasando 30 años encerrado en diferentes fortalezas y manicomios (es decir, le dieron como a bacalao en semana santa). También figuró en las listas de la guillotina de la que se salvó al final de sus días debido a sus precarias y ya mermadas influencias. Sade escribió en su texto Idea sobre las novelas: “Nunca, repito, nunca pintaré el crimen bajo otros colores que los del infierno; quiero que se lo vea al desnudo, que se le tema, que se le deteste, y no conozco otra forma de lograrlo que mostrarlo con todo el horror que lo caracteriza”.

Justine, por Guido Crepax.

Después de estar condenado al olvido de los malditos por más de un siglo; a principios del XX, el poeta Guillaume Apollinaire editó las obras del marqués de Sade, a quien consideraba “el espíritu más libre que haya existido jamás”. Los surrealistas lo reivindicaron, declarándolo como uno de sus principales precursores. Se considera que ha influido, también, en el teatro de la crueldad de Artaud y en la producción de Buñuel, entre otros. Después de la Segunda Guerra Mundial, un gran número de intelectuales prestaron atención en Francia a la figura de Sade: Pierre Klossowski (Sade mon prochain, 1947), Georges Bataille (La literatura y el mal), Maurice Blanchot (Sade et Lautréamont, 1949), Roland Barthes, y Jean Genet, entre otros.

“El hombre es sus instintos, y el verdadero nombre de lo que llamamos Dios, es el miedo y el deseo mutilado”, con estas palabras sintetiza Octavio Paz el pensamiento del marqués de Sade y así, con esas palabras transformadas en imagen, concluye Buñuel a modo de epílogo su segunda película: L´ âge d´or (La edad de oro, 1930). En este primer film sonoro del cine francés y que daría a conocer al director español en todo el mundo.

Más adelante, dirá Octavio Paz en uno de sus ensayos sobre el escritor francés: “Basta que un hombre encadenado cierre sus ojos para que pueda hacer estallar el mundo”. Y de cierta manera Sade, el eterno encarcelado y perseguido por la justicia francesa, quería hacer estallar los muros de las bastillas morales de su tiempo y llevar a la horca a los representantes de esa farsa representada en la sociedad; ese teatro de la crueldad que termina por eliminar sus actores más débiles. Sade aspiraba a un crimen que dejara secuelas aun después de cometido, y que de alguna manera siguiera destruyendo después de muerto su autor. Según Maurice Blanchot (Sade et Lautreamont), ese crimen no era otro que el lograr una obra literaria cercana al mal absoluto, una obra que aspiraba elevar el crimen a la virtud suprema; enfrentarse a Dios y a su manifestación más cercana: la naturaleza.

Justine es una de las obras más importantes de Sade, en ella se narran las desventuras y la tragedia de Justine, hija de nobles burgueses que queda huérfana de padre y madre, y que con junto a su hermana Juliette, corren hacia el mundo por caminos diferentes. Juliette, cansada del moralismo y la educación católica busca la liberación en un mundo de prostitución, libertinaje y decadencia; Justine con acendrados valores morales, busca la salvación apegada a un moral fuerte, católica y puritana. Para su desgracia, la núbil criatura encuentra a lo largo de su camino una serie de personajes que la irán destrozando, violando y depredando, hasta llevarla a borde de la muerte y la ruina física.

Desde un principio, Justine encuentra que esa búsqueda de un trabajo honrado y salvación personal, se verá imposibilitada, ya que en su camino todos los que se cruzan con ella, son seres abyectos, ladrones, bandoleros, prostitutas, nobles desclasados, amorales y lujuriosos que abusaran de su juventud y su inocencia para convertirla en objeto de sus brutalidades y perversiones. Justine es el chivo expiatorio que recorre la escala social desde los más bajos nidos de víboras, hasta los castillos de una nobleza vil y depravada. Cuando cree encontrar la salvación en un monasterio, se encuentra con bestias disfrazadas de sotanas y hábitos, pero sedientas de sangre y sexo.

Aunque el “Divino marqués” (así llamado por Rubén Darío) nunca reconoció la autoría de esa obra, ya que en su tiempo lo hubiese llevado directamente a la guillotina (los tratamientos capilares contra la caspa eran radicales). Tampoco abjuró prontamente de ella. Sade expresa en varias de sus obras que el mal es inherente al ser humano, y la inocencia, la virtud y la verdad, un objetivo a destruir por toda la sociedad.

Guido Crepax narra visualmente y con mucha fidelidad la novela de Sade. Sus prototipos físicos tienen los estigmas del vicio y la degeneración, que contrastan con la belleza de la doncella Justine, quien es retratada de manera idealizada. Una belleza distante e inocente, pero que al mismo tiempo incita al deseo de sus victimarios. En ella se refleja el poder y la destrucción del objeto del deseo y la búsqueda del poder absoluto de su deseador; la vorágine de una piel preparada para el dolor y gozosa bajo la voluptuosidad de la fuerza. Bataille dirá: “la parte femenina del erotismo aparece como la víctima y la masculina como el sacrificador; y, en el curso de la consumación, uno y otro se pierden en la continuidad establecida por un primer acto de destrucción”. En la novela de Sade, adaptada por Crepax, son los hombres las bestias que devoran, mutilan y castigan sin piedad esa flor de inocencia y bondad que es Justine; imponen fuerza, y autoridad militar, moral o religiosa de una manera brutal, aunque –hay que decirlo–, las mujeres no se quedan atrás en su juego de poder y lujuria.

(Continuará)