GIOVANNI BATTISTA PIRANESI Y LAS PRISIONES DEL ESPÍRITU

De los trabajos incompletos que las amarras dejan al descubierto en las aguafuertes de Piranesi, hay mucho de la indolencia de Edgar Allan Poe y de Thomas de Quincey.

 

Por / Alan González

Giovanni Battista Piranesi (Venecia, 1720 – Roma, 1778) en sus grabados a blanco y negro hace ver lejano al hombre, tan lejano que a lo sumo es una sombra que se alarga, una sombra que se tiende y desaparece en medio de los arcos y las columnas dóricas. A sus veintitrés años el artista se trasladó a Roma como delineante del embajador veneciano Marco Foscarini y publicó su primera gran serie de estampas, Prima Parte di Architetture, e Prospettive inventate, en 1743, fascinado por las ruinas del imperio romano, por la escala heroica y monumental de la arquitectura antigua.

Demostró su maestría como grabador en esta primera serie, en una época donde la grandiosidad arquitectónica y escultórica había llegado a su máxima valoración, solo que trasciende el aspecto meramente formal de la perspectiva y la geometría y se adentra, con el filo agudo del punzón, en la matriz de cobre.

Entre ácidos y tintas, bajo un fuego que parece consumirlo todo, Piranesi se adentra en las ruinas, en los sepulcros de Roma. El espectador ve, entre el humo, entre rejas, el paisaje desolador de nubes que se arremolinan. Vemos en el interior de la cárcel (Carceri d´invenzione, 1750) cómo la vegetación gana terreno; las piedras, los templos caídos, los muros con sus motivos míticos que se transfiguran y confunden de tal modo con el paisaje que uno duda de la posibilidad escultural de estos seres, cuya mirada es de espanto. Reina la muerte, las máquinas de tortura y sus engranajes. A diferencia de El Bosco, no hay redención posible en sus grabados, las cuerdas y los palos que atraviesan los muros forman una red de araña donde hasta la luz se aprisiona, tan altas son las piedras que allí resbalan los gritos… las sombras imponen silencio.

 

En estas fantasías de ruinas con estatuas, Piranesi graba la formación múltiple de animales y dioses y seres inventados que ascienden y se arremolinan con una fuerza que los lleva y los trae por el aire como el fuego. Es inevitable no sentirse minúsculo ante las imágenes del genio veneciano que obliga, en muchos de sus motivos, a contemplar el cenit en escaleras que ascienden y se pierden en lo alto, escaleras cortadas por los arcos romanos que se superponen unos con otros y hacen de estas cárceles monumentos desmedidos (Carcere oscura con Antenna pel suplicio de malfatori, 1750), monumentos al encierro, al olvido. ¡Hasta la luz se pierde en sus laberintos!

Aquí se agolpan barcos sobre el canal que desaparece en su punto de fuga a lo lejos, en Veduta del Parto di Ripa Grande, 1760. Sobre el dique de piedra de la orilla se elevan las edificaciones monumentales. En el agua, los botes y sus amarras. Hay un hombre sin cabeza recostado en el mástil. La madera se entrecruza…

De los trabajos incompletos que las amarras dejan al descubierto en las aguafuertes de Piranesi, hay mucho de la indolencia de Edgar Allan Poe y de Thomas de Quincey, es la arquitectura en la que se apoyan sus narraciones, es esta la inclinación absurda al fracaso y a perderse en el fondo de los fondos, y cabe aclarar, como argumentó este último, que la enfermedad y la desgracia no implican necesariamente una culpa, el prisionero común no sufre de insomnio.