El semiólogo Roland Barthes dijo alguna vez que, desde que la “literatura” existe, la función del escritor es -concienzudamente- combatirla. Y Natalia Ginzburg (Palermo, 1916-Roma, 1991) fue esa escritora italiana, combativa, que con un análisis critico, meditó sobre el canon “cultural” de su tiempo para decirnos cómo concebía el mundo y en especial la obra “Cien años de soledad” del escritor colombiano más célebre: Gabriel García Márquez.

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Por: Natalia Ginzburg*

Hace tiempo un periódico me pidió que respondiera a la pregunta de si creía que la novela estaba en crisis, pero no respondí, porque las palabras «crisis de la novela» me parecían detestables y su sonido me sugería solamente malas novelas, ya muertas y bien muertas, cuyo destino me resultaba indiferente. Creo que pensé que no tenía sentido reflexionar tanto sobre la novela y que, si éramos o habíamos sido novelistas, tal vez lo mejor era intentar escribir algunas novelas, aunque fuese para enterrarlas en un cajón en el caso de que no estuvieran vivas.

Más tarde leí Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, colombiano que vive en España. (Su editor en Italia es Feltrinelli). Desde hacía tiempo no leía nada que me impresionara tan profundamente. Si es verdad, como dicen, que la novela está muerta o a punto de morir, saludemos entonces a las últimas novelas que han venido a alegrar la Tierra.

f0034751Sobre Cien años de soledad se ha escrito y hablado mucho, en Italia y fuera, pero a mí me gusta tanto que me da miedo que no se hable lo suficiente, que la gente la lea poco y que se pierda entre las miles de novelas nuevas que aparecen y que nos llegan de todas partes. El hecho de que sigan apareciendo tantas novelas nuevas no demuestra en absoluto que la novela siga viva. Si hubiera motivos para pensar que la especie de los conejos está a punto de extinguirse, durante muchos años veríamos todavía formas pálidas y cansadas de conejos que continuarían agrupándose, siguiéndose por las praderas y poblando la tierra.

Los signos de una muerte próxima podríamos adivinarlos en detalles mínimos, una palidez o una vaga languidez en el aspecto de los recién nacidos, nuestro recelo y melancolía al observar su desarrollo en los prados. Ver en alguna de aquellas formas la felicidad y el deseo de vivir sería para nosotros doloroso, y no nos despertaría ni deseo de vivir ni felicidad, sino solo un amargo consentimiento y un amargo adiós. Con la novela sucedería lo mismo; el posible descubrimiento de una novela viva, que no prueba en absoluto que la especie esté viva, debería ser hoy para nosotros dolorosa, porque va unida a pensamientos de pesar, pues dicen que está a punto de desaparecer.

Pero al pensar en estos términos, quizá ya no recordaba lo que era una novela viva. No recordaba cuánta vida nos aporta y cómo puede, de golpe, con su viva presencia, transformar nuestros trajes de luto y nuestra íntima indiferencia lúgubre.

He leído Cien años de soledad por casualidad, y lo empecé sin ganas y con escepticismo. ¡Qué escépticos nos hemos vuelto! Nos hemos convertido en malos lectores de novela. Por otra parte, las novelas a las que intentamos acercarnos a menudo nos expulsan desde las primeras líneas, o bien nos parece al leerlas que estamos mascando piedras, serrín o polvo, o bien las leemos distraídos y tristes, como si estuviéramos de pie y cargados de maletas en la sala de espera de una estación, llenos de tedio y de frío. No sé si la novela se muere porque a nosotros ha dejado de gustarnos, o si ha dejado de gustarnos porque pensamos que se muere.

Se ha difundido a nuestro alrededor la idea de que está próxima a extinguirse, y esta idea se ha adentrado en nosotros como un sutil cansancio, envenenada de novelas malas y de alimentos muertos. Se ha extendido la idea de que es un pecado abandonarse a las novelas, que las novelas son evasión y consuelo, y lo que hay que hacer es no evadirse y no consolarse, sino quedarse firmemente clavado en medio de la realidad. Estamos oprimidos por un sentimiento de culpa ante la realidad.

Este sentimiento de culpa nos induce20151118194228_ginzburg a tener miedo de las novelas, como si fueran capaces de mantenernos alejados de la realidad. E incluso aquellos de nosotros que no creen que sea así, respiran una idea parecida, la sufren y la padecen, pues se trata de una idea sutilmente contagiosa y la sociedad humana actual es extrañamente propicia a los contagios, las ideas verdaderas y las ideas falsas se difunden y se confunden por encima de nosotros como las nubes, y se mezclan con pesadillas y espectros colectivos a causa de los cuales ya no sabemos distinguir lo falso de lo verdadero.

Si hoy por hoy intentamos escribir una novela tenemos la sensación de hacer algo que ya nadie quiere y que por lo tanto no está destinado a nadie, y esto vuelve nuestra mano débil y nuestra imaginación fría y agotada, y si intentamos leer una novela tenemos la sensación de que hoy en día se nos niega y se nos prohíbe abandonarnos a un mundo imaginario que otros han creado para nosotros, y por eso encontramos infinitos pretextos para no leer aquella novela y prescindir de ella, nuestra vida demasiado ansiosa y ocupada, las inquietudes y las pesadillas y los espectros privados y colectivos que nos asedian y nos acosan por todas partes.

Entonces, a veces, volvemos a las novelas del pasado, como a una mina de bienes abundantes y valiosos que nuestro tiempo ha perdido. Pero aislarlos en el pasado es como tenerlos custodiados en vitrinas, como tenerlos prisioneros en los museos de la memoria. Sentimos un enorme deseo de novelas nacidas en el presente, que lleven las huellas del presente, para mezclarlas con las del pasado y gozarlas a la vez. Y no sabemos si tal deseo es compartido por otros o si somos los últimos en sentirlo, si es fruto de una insensatez de solitarios o se ha generado gracias a una exigencia universal y esencial.

Leer Cien años de soledad ha sido para mí como oír un toque de trompeta que me despertara del sueño. La empecé sin ganas y esperando que me expulsara. Algo atrapó mi atención y me hizo avanzar con la sensación de hacerlo por un bosque denso y verde, lleno de pájaros, serpientes e insectos. Después de leerlo me dio la sensación de haber seguido el vuelo rapidísimo e inacabable de un pájaro, en un cielo de inacabables distancias donde no había consuelo, donde no había sino la amarga y la vivificante conciencia de lo verdadero.

Natalia Ginzburg. Rome 1989

Natalia Ginzburg. Rome 1989

Es la historia de una familia de un pueblo de Sudamérica. Con una estructura intrincadísima, vertiginosa y detallada se descubre el destino de los individuos, misterioso y límpido, trastornado por guerras y por hundimientos y arrastrado por la gloria y por la miseria, pero siempre igualmente libre, secreto y solitario, hasta un punto inmóvil del horizonte en el que un cielo luminoso e inmóvil acoge memorias y ruinas. Pero no voy a hablar de esta novela y no voy a intentar resumirla, pues me gusta demasiado como para comentarla en apenas unas líneas. Solo querría rogar a los que no la hayan leído que la lean sin demora.

Yo he pasado dos días sin apartar realmente mi pensamiento de sus páginas, metiendo de vez en cuando la cabeza para ver los lugares y las caras de los que vivían allí, como contemplamos en silencio las huellas y escuchamos en nuestro corazón las voces de las personas a las que queremos. Después he leído alguna otra novela que me ha gustado, porque las auténticas novelas operan el prodigio de devolvernos el amor por la vida y la sensación concreta de lo que queremos de la vida. Las auténticas novelas tienen el poder de alejar de nosotros la cobardía, la torpeza y el sometimiento a las ideas colectivas, a los contagios y a las pesadillas que se respiran en el ambiente. Las auténticas novelas tienen el poder de llevarnos de golpe al corazón de la verdad.

Esta novela es, por lo tanto, la historia de una familia en un pueblo. Probablemente en el futuro ya no habrá más familias ni pueblos, sino solamente ciudades y colectividades. Esta es por consiguiente la última o una de las últimas novelas en que estos elementos cobran vida, y en que se advierte la conciencia y el tormento de estar entre las últimas, y a la vez la enorme alegría y felicidad de haber tenido todavía unos instantes para cobrar vida.

En el futuro ya no habrá novelas de esta clase, pero tendrán que pasar siglos, por la lentitud con que se extingue la especie. Durante algún tiempo, las novelas no serán más que gritos de derrota y sollozos, después sobrevendrá el silencio. La gente estará harta de novelas no escritas y en las profundidades de la tierra circularán historias subterráneas y secretas. Para apagar la propia sed secreta, la gente inventará sucedáneos, igual que habrá pastillas y biscotes sintéticos para sustituir al pan y al agua, habrá sucedáneos de novela, pues los seres humanos tienen una genial fantasía para encontrar sucedáneos de las cosas de que se ven privados. Así pasarán siglos. Después un día la novela, como el ave fénix, renacerá de sus cenizas.

Porque las novelas están entre esas cosas del mundo que son a la vez inútiles y necesarias, totalmente inútiles porque carecen de una razón de ser visible y de cualquier clase de finalidad, y no obstante necesarias en la vida como el pan y el agua, y entre esas cosas del mundo que a menudo se ven amenazadas de muerte y que, sin embargo, son inmortales.

 

*Este aparte titulado “100 años de soledad” pertenece al libro “Ensayos” que la editorial Random House Mondadori publicó en el año 2009. Págs  40-43