LA NOVELA GRÁFICA ERÓTICA ITALIANA (II)

Guido Crepax fue incomprendido por mucha gente que lo tildó de machista, pornógrafo y fascista, cuando en realidad fue un gran artista erotómano, esteticista-fetichista. 

 

Por / Omar García Ramírez*

El estilo Crepax en la novela gráfica

Crepax hace varias adaptaciones de novelas en donde la fuerte carga erótica y la violencia son estetizadas y sublimadas por la maestría de su pluma. Historia de O y Venus in fursLa venus de las pieles– esta última de Sacher Masoch son otras de sus grandes adaptaciones. Novelas que después de la serie Valentina se convierten en su legado y en obras de obligada referencia. El sadomasoquismo, los intercambios de roles de poder, los contratos eróticos de dominación y sumisión, los rituales sáficos, son tratados con elegancia escénica y brío en el grafismo. Ante las duras críticas, Crepax dirá: “mis dibujos pueden ser lascivos, pero nunca vulgares”. Llevando estas adaptaciones literarias a la novela gráfica, les dio una vitalidad contemporánea y las hizo llegar a públicos más extensos. Aunque mantiene su prestigio intacto dentro de los connaisseurs, su hermetismo se abre, se democratiza después de varias reediciones, en especial, las últimas en gran tirada: la Evergreen de la Taschen.

Su línea barroca, llena de arabescos en tinta china negra, que resaltan sobre el papel blanco, recrean el juego de la luz y del volumen, en donde la violencia se manifiesta de manera abigarrada y decadente. Los campos de blancos y negros de algunas de sus composiciones nos remiten a la obra del grabador inglés Aubrey Bearsley, cuando el espacio recargado y manierista se hace protagonista en la página –cierta recarga floral, la minuciosidad en el dibujo de vestuarios y la utilería del sadomasoquismo–; en otras, se adivinan las sombras y tramas de los caprichos de Goya, fantasmagorías de sueños, bacanales y aquelarres.

 

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En Crepax la caligrafía deviene poema erótico, y como ciertos artistas japoneses, se detiene en la descripción de los detalles; los eleva a la categoría de attrezzo preciosista. En sus viñetas se encuentra resumida y delineada la mise en abymedetalles de viñetas que contienen otras viñetas, o sus reflejos, a la manera de las matrioskas rusas–, los contrapuntos y el montaje cinematográfico, que algunos críticos han querido ver como directa influencia del montaje analítico-cinematográfico de Eisenstein. La escena general, los objetos, las miradas y los ademanes, parecen ser captados por una infinidad de pequeñas cámaras, se adelantan décadas a las ediciones de los videoclips de cualquier estrella de pop-rock contemporánea.

La línea sutil y delicada de la pluma, en oposición a la gruesa del pincel, crean un mundo plástico rico en texturas y drapeados. Además los escorzos, los planos cenitales, los grandes angulares, sus close ups, y los homenajes puntuales que hace a los grandes directores cinematográficos de todos los tiempos –guiños de imágenes claramente referenciadas en planos de la cinematografía clásica–, son aportes enriquecedores de Crepax a la historieta contemporánea.
No sobra decir, que la historieta considerada como el 9no arte también aporta una mirada nueva al cine y no son pocos los directores que han tomado prestado de ella como género, referenciando esta manera de ver el mundo en sus películas. Se podría decir que historieta y cine son dos géneros artísticos autónomos, que se retroalimentan y se inspiran mutuamente. El montaje gráfico de Crepax es la mirada del voyeur y del voyant, ya que ese ensueño clarividente se adivina en los flashbacks, incorporados dentro de una corriente surrealista, donde la conciencia navega buscando sus propios fantasmas.

En algunas páginas Guido Crepax da significados a la línea de composición; hierática en las verticales y mórbida en las horizontales; copa la página, la utiliza con fruición, se arriesga en los picados y contrapicados resolviéndolos con sobriedad y belleza. Sus close ups y sus descomposiciones de la figura y de la imagen –que tienen claros referentes en el concepto del montaje cinematográfico de los soviéticos–, aportan riqueza y movimiento a la mirada. Esos macros y zooms fuertes sobre los detalles nos acercan a su predilección por el brillo de los objetos atribuyéndoles significados que bordean los límites de la imaginería fetichista; el parcelamiento del cuerpo buscando la línea abstracta que la imaginación deconstruye y reconstruye sobre el tapiz blanco y negro, logrando con este método, hacer partícipe al observador-voyeur de las muchas lecturas posibles.
Si dirigimos nuestra atención a la construcción general de la obra gráfica de Crepax, nos encontramos con el arquitecto que fue; predilección por la arquitectura Art-decó, en donde prevalecen arcos de punto, ventanas ojivales y puertas labradas de hierro; tal vez por esto, Crepax es considerado por algunos, un autor de reminiscencias vintage, algo nostálgico.

Dentro de esta ambientación el ritmo ondula rápido, el compás enmarca nuevas melodías. Cambio de puntos de vista; la cámara subjetiva que nos adentra en la historia; los segmentos que estallan caleidoscópicamente; la fuerza y delicadeza gráfica que busca alineaciones y balanceos, miradas y contra puntos desde todos los ángulos de la página. La mise en escène de Guido Crepax ya es de por sí un artilugio sofisticado. A veces crea joyas y camafeos de gusto poetiano, y otras veces, su minimalismo se queda con la desnudez de las líneas que expresan lo justo, y se detienen en el bosquecillo donde mora aquel obscuro objeto del deseo. A pesar de esos contrastes, entre las  líneas claras y las sombras duras de sus atmósferas; el equilibrio de los claroscuros sutiles, que a veces gana  protagonismo, deja leer la esencia literaria de sus historias impregnándolas de estilos que pueden ir de lo gótico a lo gore. Este artista, a pesar de su gran producción, conservó siempre ese detalle artesano, sello de la obra bien terminada.

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Crepax instala su dramaturgia dentro de estos escenarios donde no se puede dejar de admirar su arquitectura algo sombría y cierta utilería teatral. Fue un gran técnico en los manejos de la fragmentación de la página y uno de los pioneros dentro del género al abordar la novela gráfica como un set que se descompone en muchos planos y secuencias. Aportó muchísimo a los encuadres y la composición general. Estos elementos que pueden ser comunes a la mayoría de las historietas actuales, en su momento fueron arriesgados y revolucionaron la forma de enfrentar la diagramación de la obra. El primer plano de una sonrisa vertical; el lomo de un gato erizado; el pomo del báculo de la pasión finamente labrado; unos binóculos que enfocan los glúteos mórbidos de la doncella ya descongelada, desangelada y desdoncellada; el anillo de una madame, que labrado en tinta negra, brilla como un escarabajo ritual mientras empuña el látigo; los corsés ceñidos y tejidos en la tela de la tinta que aprisionan las diminutas colinas de la cordillera láctea; los arabescos negros de un contraluz que rompe la vertical de las piernas; el cuarto abierto y el chiaroscuro reticulado en tinta china; las manos nervudas del obispo o del capitán crapuloso que abren las piernas mientras con sus vergas penetran las piernas coralinas de la doncella dominada; primeros planos de los gestos de extravío; la petit morte gesticulando y rasgando el labio rosa-negro de la onomatopeya.

Una vez instalados en su escenografía, los personajes son abordados con meticulosidad, el manejo de los drapeados y los diseños de la lingerie, sus bragas y culottes, podrían conformar un punto aparte y daría lugar a escribir todo un tratado sobre ese detalle tan importante en la obra de Crepax: el cuerpo maniquí de la mujer –que tanto enfadó a las feministas del todo el mundo– como un territorio para el deseo, sometido a todo tipo de tensiones y bizarras disciplinas, spanking –azotes–, bondages –amarres–, blow jobs –trabajos de aliento pegajoso–, penetraciones poco ortodoxas, prácticas heteróclitas y violaciones explícitas, solo bien consideradas por los gourmets del buen arte erótico y algunas cofradías BDSM –B/Bondage, D/ Disciplina y Dominación, S/Sumisión y Sadismo, M/Masoquismo–. Para algunos, porno-fumetti de alta graduación; para otros, arte provocador y liberador. La geografía corporal de sus modelos crea un prototipo único; no las tetas siliconadas o los derrieres plásticos del comic erótico español de los tiempos que corren; no las bocas neumáticas de porno-comic americano de los últimos lustros. Tal vez, y creo haberlo leído en alguna parte, si influyó en la estética de Ellen Von Umwerth la fotografa alemana, quien alguna vez y en algún lugar, posó como Valentina y luego, cuando estuvo detrás de la cámara, se dejó atrapar por la luz que emana de estas hermosas bestezuelas, mitad cortesanas refinadas, mitad diablesas de alcurnia.

En Crepax, a pesar de que en sus páginas los detalles no faltan y asaltan las pupilas, toda la presencia dramática de los personajes centra nuestra atención y la lleva a descansar por unos segundos en sus líneas, en sus gestos felinos y en su estilizada arquitectura ósea. En nuestro país, cuando se habla de erotismo en el comic –hace años asistí a una conferencia sobre el tema– se habla de otra cosa. Por ejemplo, cuando los dibujantes de Marvel o D.C. Comics fijan su punto focal sobre la bisectriz que demarcan las mallas ajustadas de La Mujer Maravilla” o las ingles de hierro de “Superman”, ya que todavía algunos dibujantes de esas casas se pasan por la faja el estricto código del comic estadounidense.

Los cuerpos del comic americano han sido labrados y esculpidos con proteínas de laboratorio y gimnasio, con drogas de ingeniería transgénica, cuando no, son productos abortivos de experimentos fallidos; la Catwoman o Gatúbela no ostenta entre sus piernas un vellocino agreste y almizclado; cuelga de ella, amarrado a su cintura, un priápico artefacto de hule negro. Dan miedo esas damiselas de capa y correaje; hasta el bragado Batman evita sus encuentros –tal vez por esto, muchos lectores, lo relacionan idílicamente junto a Robin–.

Al contrario, los cuerpos de las heroínas del comic europeo, y en especial el italiano, tienen esa dejadez del dolce far niente o a lo sumo el arte refinado de los catres mullidos y las chaise longs que imprimen a sus madonas un aire de hetairas y vacantes, coristas alucinadas que duermen el sueño misterioso del opio, la embriaguez del ajenjo, y que en sus bocas expresan el desarreglo sensual de todos los sentidos.

Algunas, más telúricas, como las Drunnas de Serpieri y Cassoto, conservan esa esteatopigia deliciosa de las madonas mediterráneas, alimentadas con una dieta rica en pastas, tomate y buena grasa de burro; hasta las muy “recatadas” protagonistas de las novelas gráficas de Erich Von Gotha tienen esa delicadeza inglesa con pinceladas francesas, que nunca van más allá de exhibir en sus cuerpos, la musculatura y la fuerza que requieren las relaciones peligrosas de las que hablara Pierre Choderlos de Laclos. Las damas del fumetto italiano –me perdonaran las feministas– pesan como ángeles lascivos, sudan, sangran, gritan y se prestan a ser colgadas, penetradas, fornicadas, bestializadas y azotadas con mucha frecuencia.

Crepax fue incomprendido por mucha gente que lo tildó de machista, pornógrafo y fascista, cuando en realidad fue un gran artista erotómano, esteticista-fetichista.

Escribía Bataille: El terreno del erotismo es esencialmente el terreno de la violencia, de la violación ¿Qué significa el erotismo de los cuerpos sino una violación del ser de los que toman parte en él? ¿Una violación que confina con la muerte? ¿Una violación que confina con el acto de matar?”
Crepax plasmaba sueños y pesadillas sobre la hoja en blanco, pero antes los hacía participar de una ceremonia culta, muy cercana a los juegos de poder de los colectivos arriba mencionados en donde el placer y el dolor se mezclaban. Un transgresor que recreó todas sus historias dentro de los muros de un falansterio de papel y tinta, en donde atrapó y torturó a sus caprichos; un poeta que nunca estrujó la flor de sus encantos para marchitarla; la adornó con las espinas negras del dolor.

Guido Crepax se instaló y nos instaló en un panóptico de poder, ese del que hablara Foucault –página abierta para vigilar y castigar–, pero también para darnos el placer de admirar su obra, la obra genial de un artista que no reconoció las fronteras de la moral burguesa y que, al contrario, las trasgredió para horror de los bien pensantes, de algunos mal pensantes instalados en la silla de las amonestaciones y los vigilantes de la sexualidad en sociedad biodisciplinaria.

El nombre de Guido Crepax estará, casi siempre, relacionado son el de Valentina. Ésta le valió el reconocimiento mundial, la fama y la fortuna, pero fueron esas cuatro grandes novelas eróticas adaptadas por su pluma y sus rotuladores, las que lo consagraron como un maestro de la novela gráfica erótica europea.

Una obra grande, clásica, renovadora e innovadora, y hasta futurista. Una obra, a la que el aficionado de la novela gráfica erótica puede regresar cada vez que quiera, para descubrir cosas nuevas; adentrarse en los líneas de una bella perversidad que habita entre los muros de una abadía misteriosa, esa, en donde nuestros sueños afloran creando un jardín perverso, iluminado por un sol bruñido y negro; una boca, un gato que cruza el umbral de las sombras agrietadas hacia la blancura jadeante del papel labrado.

*Del libro inédito: 8 ensayos en tinta negra.