Se trata de rescatar la palabra y el pensamiento, es decir, ver a los jóvenes como iguales con los cuales es posible dialogar. Darles la palabra para que se expresen, se equivoquen y se pierdan en los laberintos del lenguaje.

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

El municipio de Balboa está ubicado en una de las vertientes de la cordillera occidental. Faldas, lomas, una pequeña calle principal, el parque y los paisajes, recuerdan lo diminuto que es el ser humano. Desde aquellas lomas, se siente el frío. La neblina puede cubrir las casas y se hace necesario estar bien abrigado; la última semana un aire juvenil sopló por Balboa.

En este pequeño municipio cafetero se llevó a cabo la semana de la juventud con la intensión de ofrecer talleres, un campamento, espacios de formación y recreación a los jóvenes. Pese al pesimismo generalizado que se extiende sobre la juventud, en Balboa se apostó por otra idea, la de considerar a los jóvenes como parte activa de la construcción de nuevas ciudadanías.

Aunque hay que tener cuidado con ciertos fetiches de la política actual, ya que muchas personas consideran que la juventud es un valor en sí, es decir, que por el hecho de ser joven se tienen ideas nuevas, discursos renovadores y todos esos lugares comunes y falsos que se tejen alrededor de la idea de juventud.

Qué decir de los cientos de jóvenes en las universidades o colegios de espíritus cansados y aburridos; donde no existe ideas nuevas, donde lo tradicional y conservador es lo novedoso, donde sólo se ven escépticos ante cualquier novedad. En pocas palabras: jóvenes viejos.

¡Nada sorprende a estas almas! Todo es rutinario, desde la música hasta las palabras que repiten; tampoco es posible construir proyectos porque todo ya fue dicho, hecho y pensado. La vida para estos jóvenes viejos es una repetición permanente de lo mismo, una rutina que nunca acaba.

De ahí que sea atractivo recorrer el cañón del Totui hasta llegar a la vereda Tres Esquinas para divisar aquellos paisajes cafeteros tan promocionados pero al mismo tiempo tan olvidados, para ser testigo de la construcción de nuevas ciudadanías en Balboa.

¿Cómo avivar el espíritu de los jóvenes?, quizá sin perder la alegría del juego y del pensamiento. A saber, no olvidar que en el juego y el trabajo en equipo se haya el germen del respeto hacia el otro, el cuidado de sí y de los demás. Jugar con los jóvenes para rescatar el asombro y alegría.

En ese orden de ideas se trata de rescatar la palabra y el pensamiento, es decir, ver a los jóvenes como iguales con los cuales es posible dialogar. Darles la palabra para que se expresen, se equivoquen y se pierdan en los laberintos del lenguaje.

Acaso esta no es la mejor forma de construir nuevas ciudadanías, en este caso, una ciudadanía rural que piense las necesidades de su pueblo y de sus campesinos. Jóvenes que no se agoten en las relaciones políticas tradicionales, sino que se atrevan a soñar y pensar nuevas formas de dirigir sus pueblos.

El campo ha permanecido en el olvido durante mucho tiempo, los hombres y mujeres que lo habitan y trabajan no se reconocen, en muchas ocasiones, como parte de un país. Allí está la necesidad de estos talleres, en la posibilidad de construir lazos sociales entre las personas que viven en las zonas rurales. Entonces, apostar por consolidar nuevas formas de ciudadanía es una obligación hoy en día.

En Balboa, un viento juvenil cruzó las calles del municipio. Solo queda esperar y desear que aquellos jóvenes no caigan en el pesimismo y puedan, desde el campo, construir un futuro para aquel pequeño pueblo enclavado en las montañas.