Esas son, entre otras, las preguntas formuladas  por el escritor Fernando Cruz Kronfly en su libro titulado La condición humana. Tierra de nadie, publicado por la editorial Sílaba en junio de 2018.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

En la imagen, un hombre recorre el mundo de punta a punta, sosteniendo entre las manos un cuenco sellado.

Se supone que el  recipiente alberga un tesoro, frágil y sólido a la vez.

Es el tesoro de la propia vida, que debe entregar a una versión de sí mismo que lo aguarda en el punto más extremo del camino.

Allí donde vida y muerte se abrazan. Donde  el animal que somos intenta descifrarse en la urdimbre de símbolos que lo circunda: la cultura.

Sobra advertir que el camino es el tiempo, esa cuerda tensa y ondulante  que a cada paso amenaza con arrojarnos  al abismo.

El aventurero era un nonato cuando inició el recorrido.

Ahora es viejo y, se supone, sabio.

Esa sabiduría está guardada en el recipiente.

El tesoro.

Al llegar a su destino el caminante descubre horrorizado que el cuenco transportado con tanto cuidado está vacío.

Sus manos sostienen los linderos del vacío, del abismo.

¿Quién escamoteó su contenido?

¿Qué poderes hurtaron la riqueza acumulada con tanto ahínco?

Esas son, entre otras, las preguntas formuladas  por el escritor Fernando Cruz Kronfly en su libro titulado La condición humana. Tierra de nadie, publicado por la editorial Sílaba en junio de 2018.

Desde luego, las preguntas carecen de respuestas, pues apuntan al centro del misterio de la vida: a lo inefable.

A lo solo abordable desde la poesía, otro misterio.

La palabra poética: lo que nos resta de las grandes religiones de misterios.

El libro ofrece algo mejor que respuestas. Al fin y al cabo, para esto último están los gurúes y los autores de manuales de autoayuda, que casi siempre son los mismos.

Lúcido como es, el escritor Cruz Kronfly elige un campo más fértil: nos llena de inquietudes y pavores al presentarnos al hombre contemporáneo como un despojo.

No sólo como un despojado: como un despojo.

¿Qué circunstancias lo condujeron a ese estado?

Aunque podríamos remontarnos a los milenarios pantanos primordiales donde surgió la vida, sospecho que el empobrecimiento cobra consistencia material con la invención de los relojes.

“El tiempo es oro”, empezaron a recitar los mercaderes, ya instalados en el Renacimiento.

Justo el tiempo: la proteica sustancia de que estamos hechos. No de polvo, como propone la liturgia del Miércoles de Ceniza.

El polvo es apenas una manera de nombrar lo deleznable.

Recortados y programados por los relojes continuamos el recorrido hasta que Karl Marx, poseído por la lucidez de los grandes desesperados, nos advirtió de que estábamos a punto de convertirnos en mercancías con un  rol preciso en el circuito de la producción y el desecho.

Empezábamos así a dejar de ser, para convertirnos en  fantasmagoría, en  abstracción suprema de una entelequia llamada mercado.

Dicho de otra manera: nos convertimos en alienados. Casi en alienígenas.

Fue así como nos adentramos en la tierra de nadie transitada por Fernando Cruz en su libro.

La tierra donde acontece el extravío de la condición humana.

En esa travesía los frágiles y preciosos valores que apuntalaban nuestro paso por el mundo -la dignidad, la justicia, el respeto- se desvanecen en el aire, según la afortunada sentencia de Marx retomada por Marshall Berman en el título de uno de sus libros.

Su lugar es ocupado por el resplandor enfermo de las luces de neón donde reinan las mercancías y sus marcas como nuevos y únicos protagonistas de la historia: los automóviles, los aparatos digitales, la ropa, los paisajes y las pastillas de colores que garantizan a la vez el sueño y la actividad sexual, entendidos como otras drogas puestas en el mercado.

Las marcas: el último escondite del Homo sapiens. La criatura que un día se imaginó igual a los dioses y ahora yace ovillada sobre sí misma, como un remedo de crisálida suspendida sobre el vacío: el capullo de la propia vida.

Pero no todo es desesperanzador en los ocho ensayos que conforman este libro de ciento setenta páginas.

Nos queda el lenguaje, ese instrumento prodigioso que, en contravía del célebre postulado de Wittgenstein, no sólo sirve para nombrar sino para celebrar el mundo.

No por casualidad el libro se cierra con un texto titulado La aldea encantada, el reino del fracaso del tiempo circular donde siempre se retorna a lo imposible

Pero ese imposible lleva implícito el imperativo de hacerse una y otra vez al camino, aunque al final nos descubramos con un cuenco vacío entre las manos.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada