La caravana de Gardel es un libro que arde cuando lo leemos y nos tizna la cara para recordarnos que la belleza es ceniza, por eso duele tanto cuando la agarramos y descubrimos que ya no es.

Fotografía expuesta en Comfamiliar en mayo de 2008

Por: Jáiber Ladino Guapacha

Todos acompañamos de una música nuestra vida. El latir de nuestros corazones y nuestros pasos sobre las hojas secas, componen una particular partitura, inigualable, que se hace coro cuando se une al ritmo de los otros. A veces, el registro sonoro de cierto grupo humano se identifica de tal modo, que tienen que aparecer los cantantes y los músicos para ejecutar ese pentagrama con el que el alma del pequeño colectivo se identifica.

El tango ha estado en la tradición de mi hogar, de mi pueblo. De pequeño me aprendí algunas letras; me divertí con las historias cándidas de algunas milongas. Sin embargo, no fue sino hasta la lectura de La caravana de Gardel del maestro Fernando Cruz Kronfly, que dejé que el tango dijera cosas por mí. Le presté más atención sin convertirme por eso en un bailarín, en un músico, o en un erudito pasivo. La historia de Arturo Rendón, por allá en 1935 o en 1950, se hizo muy mía ahora a comienzos del siglo XXI. Al igual que él, yo también fui educado en la tradición católica fetichista: aquella poblada de imágenes sacras, de doncellas mártires y jóvenes castos. También, y a mi manera, pasé de lo rural, lo provincial, a lo urbano, lo cosmopolita. No cambié mis atuendos como sí lo hizo él, pero utilizo tecnología de nivel intermedio para comunicarme con los otros. La estúpida violencia entre liberales y conservadores, solo ha cambiado unos cuantos detalles en las banderas, los uniformes y las palabras de los actuales bárbaros que hostigan al humilde ciudadano que ha encontrado en su empleo, en su familia, en el proyecto de los hijos, la dignidad.

He repasado las páginas de la novela por estos días y he confirmado con agrado la calidad estética y la profundidad humana con que Cruz Kronfly nos enriquece cuando le dedicamos tiempo. Por eso me he obligado, en esta ocasión, escribir sobre ella. Sobre una página en especial, pues ante todo se trata de un ejercicio didáctico.

De los 25 capítulos que la conforman, me encanta volver a la trilogía del 14, 15 y 16. Quizá porque el tramo que recorre en ellos me es muy cercano, familiar. Se trata del paso por Supía y Riosucio. Agradezco el delirio del paso por Supía con ese decorado “barroco” de putas que entran con mantilla al templo, abarrotado de comarcanos que vienen a arrodillarse frente al féretro de Gardel. Hay una visión sublime que me quita el aliento: “Y llegaron hasta la esquina de la farmacia y vieron en las ventanas de balcones abiertos una orquesta de siete ancianas blancas que tocaban sus violines” (p. 124, 1998). Un extraño apocalipsis se da allí con los jinetes ebrios y la resurrección anacrónica de Darío Ruiz, Moreno Durán, Mejía Vallejo.

En el capítulo 15, en el que me anclaré, Arturo Rendón va solo de Supía a Riosucio y de pronto, en el camino, viene la que me parece es la escena suma de lo que ha pasado y de lo que queda por andar:

Apareció en la distancia un pozo tan profundo como azul y más arriba una cascada que enceguecía la vista a causa de su brillante transparencia. Bajó de la mula, colgó el sombrero en la cabeza de la montura y fue a amarrar el animal en tronco de un sietecueros. Se quitó las zamarras y las puso a horcajadas en la montura. Y vio a las mariposas revolotear en su cabeza y en la distancia escuchó el picoteo de los carpinteros en los troncos podridos.

Destaco este primer apartado para llamar la atención del lector que aún no la conoce, sobre una de las apuestas más hermosas de la novela: Arturo tiene una comunión total con la naturaleza que lo hace uno más y no un intruso. La novela reconstruye con una precisión poética lo que es el cañón del río Cauca a esta altura del paisaje entre Antioquia y Caldas. Arturo, en el mundo novelesco de Cruz Kronfly, era un arriero que cambió su vida cuando estuvo comisionado para llevar de Medellín a Armenia los restos de Carlos Gardel en diciembre de 1935. Después de ese encargo, Arturo ya no será el mismo, su forma de percibir la vida estará marcada por la modernidad que el tango pondrá a circular por sus neuronas como un impulso vital. Ante el pozo azul y la cascada diamantina, Arturo abandona su mula –que es la primera que usa en este segundo viaje ya marcado por los viajes en automotores-, deja en ella el sombrero (y en mi ánimo de lector, también la ropa), se acerca, y cada paso el aleteo de las mariposas, a lo lejos el picoteo de los carpinteros: es la sencillez, la humildad, la reverencia, del hombre solitario que se adentra en el útero en el que nacen todos los colores.

Caminó hasta la orilla de la corriente y se contempló absorto en la sombra del pozo, deforme entre el agua por causa del ahora tan frío tremor de sus carnes.

El frío tremor de sus carnes… hago eco de este enunciado para recordar el erotismo de Arturo, fino, seguro, límite entre la vida y la muerte, el filo de la navaja: tango. En las carnes que ahora tiemblan frente al pozo, mi ánimo de lector quiere recordar a las mujeres que se prendieron de esa piel. Su esposa y las otras dos mujeres del camino: la Leona y la Gata.

Desde el principio de la novela, Arturo ha estado buscando su reflejo y es que el tango es su espejo. Pero aquí recuerdo a Narciso, enamorado de sí mismo, convencido de sus proyectos, tan consagrado a su propia causa que las mujeres en la novela quedan relegadas en el camino. Eso sí, dichosas y ufanas de haber poseído a un hombre como ningún otro:

Después del amor y los espléndidos rugidos de la Leona cuajó en el aire un suave sueño. Más de ella que de él, sueño de mujer agradecida. Hacía rato no rugía con tanta vehemencia y sinceridad, pues desde mucho tiempo atrás no pasaba por sus manos hombre semejante, en cuyos brazos quiso ponerse a chillar y en seguida a descansar desde el mismo momento en que lo vio atravesar la puerta del salón, como quien se lo merece y de paso desea entrar para siempre en la espesura (pág. 48)

Pero sigamos con la página de la que he hablado atrás.

Brincó entre las piedras hasta encontrar un pozo más pequeño, donde observó enjambres de sabaletas que ante la envergadura de su sombra corrieron a esconderse bajo las rocas, como saetas. Fue hasta la orilla, levantó sobre su cabeza la piedra más grande y la descargó contra la roca donde antes se habían ocultado los peces. Bajo la espuma que se formó empezaron a platear las pieles escamadas de infinidad de animales aturdidos. Había allí sabaletas, sardinas aunque también lángaros color violeta.

Esta escena de pesca me conmueve muy dentro. Habitante de la región verdadera, por la que atraviesa el ficticio Arturo, me preocupo de la fauna y la flora que estamos perdiendo por el cultivo de pinos y eucaliptos, por el pastoreo desenfrenado y la megaminería. Esta narración debió ser cotidiana en mi sangre indígena y posible en mis abuelos, pero hoy… ¿Cuántos kilómetros tendría que adentrarme para que fuera cierta? ¿Tocando el Chocó, subiendo a Panamá? Siento nostalgia cuando medito este párrafo: debe ser por el brillo: Bajo la espuma… empezaron a platear las pieles escamadas… Sí, hoy consigo trucha que preparan muy bien en mi pueblo y contamos con lagos de pesca que divierten nuestros lunes festivos. Pero es que Arturo simplemente se encontró una cascada limpia y pescó arrojando una piedra. Peces pequeños, pero al fin y al cabo peces, no sapos ni serpientes.

Se dobló encima del agua, y vio muy abajo los árboles negros, temblando, por lo cual se sintió mucho más solitario de lo que él mismo imaginaba hasta entonces.

Arturo se reconoce solo. Mucho más de lo que se imaginaba. Y esa soledad está acechada por la muerte. Podríamos pensar que son los tópicos que definen la novela:

  • La soledad, a pesar del amor y las proezas eróticas: parejas que le hacen cruces a la soledad, cruzándose en las acrobacias más comestibles que pueden, pero al fin y al cabo, solos, cada quien por su lado. Y,
  • La muerte, hay música, hay baile, la vida se muestra contundente, segura, explota en el carnaval, pero es también una barrera invisible que se pone para esquivar a los asesinos de un partido o del otro, asesinos que son nuestros hijos también, perdidos por alguien les arrebató la luz de sus conciencias.

La caravana de Gardel es un libro que arde cuando lo leemos y nos tizna la cara para recordarnos que la belleza es ceniza, por eso duele tanto cuando la agarramos y descubrimos que ya no es. Pero igual, valió la pena. Los únicos que no asumen riesgos, que no leen, son los muertos.