Así que, tal como en los cafés de la Constantinopla del siglo XVI, buena parte de los anhelos de  la sociedad del futuro -sublimes o terribles- deben estar circulando a esta hora por la redes sociales del mundo virtual.

 

Por Gustavo Colorado Grisales

 -“El rey se ha hecho a una nueva amante”.

-“Entonces, habrá grandes cambios en el gobierno”.

Según el norteamericano Robert Darnton, historiador de la cultura, esta conversación pudo haber tenido lugar en el Café Dupon, situado en la rue Saint- Honoré, año de  1729.

Estamos en el París de Luis XV.

En el tono del diálogo es posible apreciar el clima de una sociedad en la que los chismes de cama eran claves para comprender el rol jugado por sus habitantes en los asuntos públicos.

El cotilleo sobre los escarceos sexuales de los poderosos era una manera de hacer oposición.

Casi la única: los chismes circulaban en hojas volantes y en papeles escondidos en los bolsillos de los asiduos visitantes de los cafés.

Los sitios donde se horneó lo que después se conocería con el nombre de Opinión Pública: una suerte de entelequia sin forma precisa a la que todos invocan a la hora de darle validez a las decisiones de los poderosos, sean estas acertadas o no.

Bueno, las cosas no han cambiado mucho en realidad.

Para la muestra, basta con recordar el festín que medios de comunicación, opositores  y opinión pública hicieron con la célebre mamada de la becaria Mónica Lewinsky al presidente Bill Clinton en los mismísimos pasillos de la Casa Blanca.

Lo mismo sucedía en los palacios de los césares, en las habitaciones de Catalina la Grande y en las mansiones de ensueño donde el rey Salomón tenía sus encuentros con la reina de Saba.

El sexo como la más demencial entre las manifestaciones del poder.

Sólo que para entonces todavía no se había inventado la Opinión Pública.

Al menos no como se la conoce desde que los grandes poderes económicos tomaron el control de los medios de comunicación. Es decir, de los creadores de la opinión.

Y  mucho  menos a partir del advenimiento de las redes sociales en el mundo digital, una suerte de tierra de nadie donde, amparado en el anonimato, un francotirador puede destruir vidas y reputaciones con el simple recurso de invocar el democrático derecho a la libertad de expresión.

Aunque en realidad, no hay mucha diferencia entre lo que circula en las redes del siglo XXI y este libelo decomisado por la policía a un opositor del régimen, asiduo de los cafés parisinos del siglo XVIII:

“¡Que una hija de puta

Triunfe en la corte!

Que en el amor y el vino

Luis busque la gloria vana.

¡Ah! ahí está ¡Ah! Ah , ahí está

A quien no  le importa nada”.

Esos versos eran adaptados a la música  de canciones populares de la época, tan célebres como aquella “Malbrouck  S´en v-at- en guerre” conocida en España y América como “Mambrú se fue a la guerra”.

Es decir, que los primeros forjadores de opinión pública  se habían anticipado a los estribillos comerciales de hoy.

En un texto anterior dije que, al mostrar en sus relatos el mundo sexual de reyes, clérigos y altos burócratas, los pornógrafos contribuyeron  a ambientar el escenario para el proyecto de La Ilustración y para el  advenimiento de la Revolución Francesa.

Al despojar a los poderosos de su improbable origen divino, esos escritores los mostraban desnudos y, por lo tanto, frágiles ante las acometidas de las nuevas visiones del mundo.

Por esa vía, la opinión del público cambió: el soberano ya no estaba tocado tanto por la gracia de Dios como por las enfermedades venéreas.

Pero las cosas empezaron mucho antes. Dicen que el primer café fue abierto en Constantinopla, en el año de 1560. Con él nacieron las redes sociales integradas en un circuito que pasaba por las esquinas, los parques y los salones de las cortes, lugares todos por los que circulaba gran de cantidad de información, confiable o no.

Igual que hoy.

Dicen que los forjadores de la Constitución Política de los Estados Unidos de América vivían tan atentos a esa información, que en la declaración de independencia de 1776 consignaron como su objetivo central “La preservación de la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

Como podemos ver, esos principios estaban por encima de la propiedad, que llegaría por vía del liberalismo inglés.

A qué horas naufragó la embarcación que arrastró en su deriva a tan bellos ideales es algo que todavía no se ha podido precisar.

De igual manera, para la Constitución Francesa de 1793, “El propósito de la  sociedad es la felicidad de todos”.

Esas expectativas  circulaban tanto en los cafés como en los relatos de los escritores de pornografía y en los tratados de los grandes filósofos.

Así que, tal como en los cafés de la Constantinopla del siglo XVI, buena parte de los anhelos de  la sociedad del futuro -sublimes o terribles- deben estar circulando a esta hora por la redes sociales del mundo virtual.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada