UNA OPINIÓN POCO RESPONSABLE

Por eso, la ingenuidad no puede hacernos creer que compañías privadas sean las garantes de derechos fundamentales y exigirles un compromiso superior al simple contrato de adhesión que sin leer aceptamos y desconociendo que no es la ética o su compromiso con la democracia la que regula sus acciones, sino las simples reglas del mercado que mueven y aumentan su capital.

 

Por / Adriana González Correa

Hace varios días comenzó un debate en Twitter sobre la eliminación que hicieron de las cuentas en Facebook y Twitter del presidente saliente de los Estados Unidos Donald Trump.

En principio, uno pensaría que la mayoría de ciudadanos(as) comprende la decisión de las compañías privadas que sostienen las redes sociales, a excepción de aquellos de extrema derecha que ven en la misma un atentado a expresar, sin límites razonables, peligrosas ideas que en muchos casos pueden desestabilizar una nación y sacar el lado más oscuro de nuestra humanidad.

Sin embargo, en el debate que menciono han entrado algunas personalidades influyentes de la vida nacional –y no precisamente de la derecha– a cuestionar la decisión de las compañías, afirmando que es peligrosa la suspensión toda vez que esto puede conllevar a una censura permanente en la que los gigantes de las redes restrinjan el derecho a la libre expresión a su antojo y determinen los contenidos.

En los argumentos de tal cuestionamiento existen dos líneas, las que debatiré en esta columna. Por un lado, se habla de la censura a la opinión y a la libertad de expresión, y por el otro, la posibilidad que tal derecho quede en manos del sector privado imponiendo los límites a su conveniencia.

Comencemos por el primer concepto en disputa. En el plano de los derechos humanos se debe advertir que prima facie se cree que el goce y disfrute de los mismos es ilimitado y que nada puede restringir los derechos.

Nada más erróneo es creer que los derechos humanos son absolutos en su ejercicio; por el contrario, éstos tienen límites claros y concretos que hacen de ellos unas garantías demarcadas para los seres humanos. Dichos límites son contemplados en la teoría propia de los derechos humanos, caracterizados en las decisiones de los tribunales internacionales, reconocidos doctrinantes y, en el ámbito local, en los fallos de la Corte Constitucional colombiana.

La mayoría de teóricos coinciden en reconocer que los límites de los derechos humanos son: 1. El derecho ajeno, 2. La alteración del orden público, 3. El respeto a las normas jurídicas y algunos proponen como 4. El respeto a la moral vigente. Queda entonces claro que en materia de derechos humanos el ejercicio de estos contempla limitaciones concretas.

Para dar un ejemplo, el propio derecho a la vida tiene límites. El suicidio, la eutanasia y la pena de muerte –en aquellos países donde es legal– limitan considerablemente el derecho fundamental a la vida. Lo que demuestra que la libertad de expresión tiene sus límites propios, entre ellos la incitación a la violencia, al exterminio de personas y/o seres vivos, al racismo, la homofobia, xenofobia, misoginia, los discursos de odio y todas aquellas conductas que impliquen legitimar la intolerancia social.

La Segunda Guerra Mundial es un buen ejemplo para mostrar a donde pueden conducir a la humanidad aquellos discursos sin control. El lenguaje es performativo y porque tiene la capacidad de transformar un entorno personal y colectivo es que importantes filósofos del siglo XX como Heidegger* o Wittgenstein se ocuparon de él. A su vez, Adorno y Horkheimer en su magnífica obra La dialéctica de la ilustración analizan la razón como estandarte de la ilustración, y afirman que “la razón es ya un mito”, pues otorga una supremacía antropocéntrica frente al resto de seres vivos, lo que puede llevar a la barbarie.

Donald Trump en su condición de presidente de una de las naciones más poderosas del mundo hizo a través de las redes sociales lo que le era restringido desde la comunicación oficial de la Casa Blanca. Instigó a la xenofobia, pues sus constantes afirmaciones sobre el posible daño de la migración en la economía –paradójicamente en un país construido por migrantes–; las reivindicaciones de esa nación blanca de la América profunda que conducía a la justificación del racismo –también una nación hecha por la marcada mano de obra afrodescendiente–, eran ya unos sobre avisos preocupantes de lo que la expresión descontrolada del presidente podía y puede desencadenar.

La anécdota del desinfectante para curar la covid-19 en uno de los picos más altos de la pandemia en USA, demuestra que este hombre no es responsable con el uso de lenguaje y que existen muchos despistados o ignorantes que sin ninguna capacidad crítica o filtro al discurso creen ciegamente en su líder político.

Por ello, considero que sin un sustento académico consistente y sin advertir las consecuencias de pregonar una falsa idea del ejercicio ilimitado de los derechos humanos, no es responsable por parte de ciertos opinadores(as) afirmar que es peligrosa la suspensión de la opinión de Trump a través de las redes sociales.

Ahora analicemos el caso de las corporaciones.

Todos y todas sabemos que las redes sociales son entes privados que manejan un reglón importante de la economía mundial, que –como toda empresa privada– están al vaivén de sus ganancias e intereses políticos que les permitan capitalizar enormemente su patrimonio y que manejan una cosa que en democracia se llama la opinión pública.

El entramado existente alrededor de las mismas ha permitido que se democratice la opinión y la libre expresión de sectores sociales que en casi todos los estados han sido desconocidos, aislados y hasta oprimidos y esto tiene una valía importante, necio sería desconocerlo, pero creer que un gigante económico es desinteresado en la prestación de un servicio es más que ingenuo, lo calificaría de torpe.

Lo sucedido con las elecciones de Trump en 2016 y el determinado influjo que Cambridge Analytica a través de las redes sociales tuvo para influenciar el voto ciudadano, dan cuenta de qué tan peligroso pueden ser los gigantes de la opinión. Posiblemente las tenemos un poco romantizadas con lo sucedido en la “primavera árabe” y el movimiento de los “indignados” en España en 2011, pero ello no nos puede cegar a la hora de valorar lo que una compañía privada puede y desea ofrecer.

Y aunque no es de poca monta suspender el uso de las redes sociales al hombre más poderoso del mundo, Twitter y Facebook durante cuatro largos años obviaron y desestimaron la peligrosidad de las opiniones mentirosas e irresponsables del presidente Trump, solo cuando perdió el poder para dirigir la Nación alertaron en un supuesto “acto de responsabilidad” las consecuencias de tales discursos.

El uso y abuso de las redes sociales por parte de Trump fue persistente durante su mandato, pero éstas guardaron silencio o, mejor, no tomaron medidas durante este penoso tiempo, posiblemente porque sus intereses se verían comprometidos es caso de asumir un acto de responsabilidad, mientras el peligroso discurso de un lunático e irresponsable hombre con poder alimentó los odios de quienes usan la razón como un mito supremacista.

Por eso, la ingenuidad no puede hacernos creer que compañías privadas sean las garantes de derechos fundamentales y exigirles un compromiso superior al simple contrato de adhesión que sin leer aceptamos y desconociendo que no es la ética o su compromiso con la democracia la que regula sus acciones, sino las simples reglas del mercado que mueven y aumentan su capital.

A aquellos(as) opinadores(as) y personas influyentes de este país, sí les debe ocupar la responsabilidad de su opinión, informarse de las fuentes correctas antes de emitir un dictamen que por la falta de rigurosidad pueda desinformar o mal educar al ciudadano(a) común.

*Martin Heidegger. Filósofo alemán. Rector de la Universidad de Friburgo. Reconocido por su actitud connivente con el régimen nazi. Sin embargo, se considera el pensador más importante del siglo XX.

@adrigonco