TANTO CAYETANO COMO J.D

Toda fotografía, una vez tomada y entregada al albur del tiempo y de los afanes de los hombres, pierde relación con el objeto fotografiado y se convierte en un ente con vida propia

 

Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra / Stella Maris

Muchos pueblos temen a las fotografías, no se toman ni se dejan tomar fotos; a quienes sí lo hacemos nos extraña ese temor, seguro debido a un desparpajo que raya en la franca inconsciencia; para nosotros es un acto tan banal como tantos otros que practicamos a diario. Hoy en día más, tal como lo evidencian las redes sociales, que se han convertido en un basurero de imágenes tomadas en muchos casos por nosotros mismos y que hacemos circular con desvergüenza. Si para las personas o culturas reacias a la fotografía, estas encarnan de alguna forma al ser que es fotografiado, y eso justamente los aterroriza, para nosotros, en cambio, el resultado es una entidad absolutamente diferenciada y extraña; o casi, o al menos hoy, gracias al advertido afán de promiscua y totalizadora exposición, tal como predijo Susan Sontag, mucho antes de que los teléfonos celulares inteligentes hicieran de todo, una mera imagen.

 

Toda fotografía, una vez tomada y entregada al albur del tiempo y de los afanes de los hombres, pierde relación con el objeto fotografiado y se convierte en un ente con vida propia, o al menos toma la que quiera darle el observador. Al fin y al cabo, tal como sucede con cualquier otra obra visual, lo que dice no se refiere tanto a su autor o al modelo, como al observador. Acabo de escribir una obviedad, sin duda, no obstante en algunos casos sorprende la deriva que una imagen pueda tomar, por eso me impactó ver la fotografía atribuida a Cayetano Gentile Chimentos en el libro El país de las aguas de Isidro Álvarez Jaraba, que narra bellamente la relación que existe entre la obra de Gabriel García Márquez y el municipio de Sucre, ubicado en la Mojana sucreña, y en el que el escritor vivió varios años de su juventud. Recuerda Álvarez Jaraba que la historia que dio origen a Crónica de una muerte anunciada sucedió en Sucre, donde los hermanos Chica Salas asesinaron a Gentile Chimentos para limpiar el honor de su hermana. El afán acucioso de Álvarez lo llevó a preguntar a quienes pudieran tener noticia del suceso real, y dio con el archivo de algún parroquiano que le enseñó la fotografía del muerto, que resultó tener un parecido absoluto con el escritor J. D. Salinger. La foto, reproducida en el libro por Álvarez Jaraba, es idéntica a una de las últimas que permitió el autor de El guardián entre el centeno, porque poco después, hastiado de la fama que la novela le había dado, decidió ocultarse y ordenar el retiro de su retrato de la solapa de la tercera edición del libro, intentando que los lectores no pudieran reconocerlo. El retiro de Salinger, sin embargo, azuzó el afán de los periodistas por encontrarlo y fotografiarlo; casi todos los intentos fueron infructuosos, hasta que dos miserables paparazzi, Paul Adao y Steve Connelly, lograron una foto para el New York Post, que refleja tanto la canallada de los fotógrafos como el desagrado de Salinger porque su imagen fuera reproducida. En la foto se ve al escritor de 70 años intentando golpear con su puño la cámara, mientras mira con rabia y angustia. Pero bueno, la foto del Salinger-Gentile lo muestra en cambio con el rictus de una sonrisa y una actitud entre confiada y seductora, sin duda la que tendría un sinvergüenza conquistador de jovencitas de vereda. Imposible rastrear en qué esquina de la vida de los hermanos Chica, o de Chimentos, o de J. D., o de Álvarez Jaraba, o del parroquiano de Sucre, devino Salinger en Gentile, o al revés. Nada de esto último importa, pues la fotografía por deseo de los observadores puede ser tanto Cayetano como J. D.

 

Hace unos años el periódico El Espectador acompañó un artículo sobre la enfermedad de la memoria que según el articulista sufría la familia García Márquez con una foto de todos los hermanos rodeando a Luisa Santiaga (https://centrogabo.org/gabo/contemos-gabo/los-garcia-marquez-personajes-de-la-vida-real). En el centro de la foto, de pie, está Gabriel, sentada, también en la mitad, está la madre. El escritor parece mirar a la posteridad, los demás en cambio posan como cualquier miembro de familia, distendidos o aburridos, tal como sucede en toda reunión familiar. Eligio, que posa serio, mirando a la cámara, tiene el siete de oros de una baraja española en la mano. Seguro se habrá levantado del juego de cartas que ayudaba a agotar una tarde tediosa de domingo, apurado por los demás para la foto de familia, en la que, excepto el genio, los demás posan desprevenidos, sin ganas, convencidos de la inutilidad de un registro que, saben bien, poco a poco se ira desdibujando en el tiempo, no solo material sino anímicamente; tanto como la débil o formidable memoria de los fotografiados. Seguro ni lo habrán pensado en aquel instante, pero todo el que es fotografiado intuye que su imagen podrá ir dando tumbos por el universo, tanto como para que después de años alguien confunda la foto y la atribuya, en este caso, por ejemplo, a una familia cualquiera, costeña, dicharachera, en la que había una matrona y un confiado que miraba a la eternidad, tal como Gentile o como J. D., rodeado de otros simples mortales acosados por el fastidio de la tarde de domingo, y del momento.