Engañad@s

Desde que Melquiades llegó a Macondo armado de espejitos y pirotecnias para descrestar a los pueblerinos, hemos sido seducidos por el dulce encanto de la manipulación. En Colombia, especialmente, hemos vivido por centurias bajo el efecto del Revertrex gubernamental.

Por Carlos Victoria

La obsesión por la eterna juventud es un asunto tan viejo como anacrónico. La publicidad engañosa de Amparo Grisales, es el correlato en otras tantas esferas de la vida de los colombianos, como víctimas de múltiples espejismos. Desde que Melquiades llegó a Macondo armado de espejitos y pirotecnias para descrestar a los pueblerinos, hemos sido seducidos por el dulce encanto de la manipulación. Hoy, por ejemplo, todo tiene el apellido de la prosperidad. En la práctica estamos invadidos por factoides que suplantan la realidad.

En Colombia, especialmente, hemos vivido por centurias bajo el efecto del Revertrex gubernamental, en un cuerpo social enfermo y moribundo por la desigualdad y la injusticia. Como con sarcasmo lo dijeron los cientos de foristas esta semana tras la decisión del Invima: no es por cuenta del producto, sino por sus cirugías plásticas y la esclavitud en los gimnasios que la actriz mantiene su sex appeal. Lo mismo ocurre con la publicidad que, desde el establecimiento, se prodiga. La prosperidad es un asunto de marketing gubernamental.

“Su edad es un misterio”, dice de ella Wikipedia, la misma que protagonizó a Lucrecia en “Las Muñecas de la Mafia”, en la que se cuenta la historia de cinco mujeres, que por diferentes motivos terminan involucrándose en el mundo de la mafia colombiana. Ficción o realidad, ya sabemos que actrices, presentadoras y famosas han sido etiquetadas por el narcotráfico como arquetipos de una cultura que pondera los atributos físicos sobre cualquier otro ítem. En su libro El confidente de la mafia, el abogado Gustavo Salazar sostiene que la Grisales se paseaba por la hacienda Nápoles. Hoy se pasea por el set de Caracol Televisión.

A propósito de estos meandros de la vida nacional, Yunis (2004) dice que  lo más grave no es esto sino la incidencia de los medios de comunicación, el cual es cada vez más determinante no propiamente para consolidar la mejor conciencia sobre los problemas que nos aquejan. Antes fue la radio, hoy es la televisión “con un inmenso poder, dominador, interesado, absorbente, manipulador”. La urna de cristal es un buen ejemplo de lo que puede la propaganda para crear imaginarios sobre la transparencia del gobierno en la gestión pública. En la práctica es el poder de los señuelos.

En las democracias precarias las técnicas de manipulación han estado al orden del día. Remplazan la deliberación, la crítica y la acción contestataria. El Homo videns de Sartori ha resultado efectivo para construir audiencias proclives a la fascinación mediática. Yunis lo repite hasta la saciedad: desde la manipulación mediática se construyen consensos ficticios pero funcionales a los tipos de gobernabilidad requeridos, pero  a un alto costo para la legitimidad. Ante su poder somos vulnerables a la influencia inconsciente (Pratkanis, Aronson, 1994)

Un caso emblemático de lo que puede el uso y abuso de la persuasión,  a través de la propaganda es este aviso publicitario de 1863 en los Estados Unidos –ver imagen- . En el marco superior, un hombre está siendo atormentado por una horda de demonios enojados, que representan las dolencias: dolor de cabeza, dolor de muelas, náuseas y otros. El hombre no es claramente así, y la Parca está mirando sobre su hombro desde el fondo. En el segundo cuadro, vemos al mismo hombre después de tomar un trago de medicamento: los demonios desaparecen. Un sol resplandeciente lo alumbra. Lo mismo sucede cuando con la etiqueta paramilitar, remplazada por el de Bacrim. 

En clave doméstica podría imaginarse, por ejemplo, que algunos concejales convencidos de  una ciudad sin mendigos durmiendo en la calle, lo que buscan es reivindicar el placebo del orden limpio. Cual piel sin arruga equivale a una ciudad: sin perros callejeros, sin vendedores ambulantes, sin menesterosos, sin homosexuales  ni prostitutas, prodigándose en el espacio público. Nada que estorbe. Es la imagen la que cuenta, y no esa realidad social que  sangra y supura por las grietas de una sociedad envilecida por el salvase quien pueda.

Hilando delgado la metáfora diría que tras la publicidad engañosa de la Diva estaría, por demás, la eterna juventud del narcotráfico y lo que se le parezca, bajo patrones estéticos que excluyen a las mujeres de nalgas flácidas y regordetas. Menos mal que en  La tercera mujer de Lipotvesky “los himnos a la belleza sólo exaltaban a una mujer ficticia” Y de eso, precisamente, se trata: de promover una ficción que legitime el discurso de los vencedores sobre el resto, sobre los que no son cómplices del engaño. Para salir de este estercolero resulta alucinante leer a Cristina  Valcke en Soportar la joroba:

Persigues la belleza a tientas/ has pactado con lo oscuro.

Ahí donde fracasa la risa/tu niña duerme:

sólo son bellos los ángeles/ cuando han caído.

Con Valcke, estará Martha Patricia Meza y su libro En nombre de Lilith, tela para otra ocurrencia. Ambos libros serán lanzados este viernes 30 de marzo por CANTARRANA a las 7:30 p.m. en la Cámara de Comercio de Cartago. Todo en homenaje a la mujer de carne y hueso, y no propiamente a las que son objeto  de “rebajas y descuentos” en los grandes centros comerciales.