Aunque efectivamente estos moldes se cuestionen y se transgredan por algunas personas, la mayoría de mortales y las instituciones hegemónicas siguen reproduciéndolos y perpetuándolos, algunas veces a través de disfraces que muestran una cara muy de avanzada y progresista.
Por: Gloria Inés Escobar
Los estereotipos no son gratuitos, casuales o ingenuos, por el contrario tienen un propósito, cumplen una función, en muchos casos sino en todos, perversa. Esas ideas arraigadas y aceptadas socialmente están al servicio de algo y de alguien, son útiles y necesarias para una sociedad que legitima todo tipo de desigualdades, que resguarda una serie de privilegios, por esto mismo son también conservadoras, paralizantes.
Esos patrones ya establecidos, esos moldes en los que se nos quiere encajar sin remedio aún a costa de la dignidad y hasta de la vida, son impuestos, son implantados en nuestras mentes a través de varios mecanismos que han demostrado una eficacia mil veces probada. Entre ellos está la violencia -o se aprenden esas ideas a las buenas o a las malas–; la fuerza de la tradición y la costumbre –así siempre ha sido y será, así funciona el mundo–; la religión –es la palabra divina y la voluntad de dios– a la que se debe obedecer porque expresa el mandato del creador; y finalmente, la falsa ciencia –es decir, la ciencia acomodada, la ciencia al servicio de intereses concretos– que les da el sello de verdad última y acabada. Ante esta avalancha de razones, de fundamentos, de explicaciones, las ideas se prenden en nuestra mente y la mayoría de las veces para nuestra desgracia, permanecen hasta la muerte no sin antes haber sido sembradas en otras mentes, en un círculo infinito. Así vivimos y así morimos.
El resultado de tamaño esfuerzo es que tales ideas adquieren un carácter inmutable, incontrovertible pero sobre todo, natural. Los estereotipos son asumidos entonces como algo normal y por lo tanto no solo no se cuestionan, sino que se aceptan y hasta se refinan. Esto además de constituir caminos trazados, comportamientos establecidos, muros para el cambio y el progreso, simplifica la realidad, la mistifica, la aplana, y al mismo tiempo la hace insoportable para quienes se niegan a seguir los pasos ya trazados.
Alguien dirá, y con razón, que no tenemos que seguir el camino de la vida, que podemos saltar la valla, destruir los muros y hacer añicos los moldes. Sí, esto es posible y muy tentador para quienes no estamos cómodos con esa camisa de fuerza, pero tiene un alto costo, costo que por desgracia no todos podemos correr aunque quisiéramos porque hacerlo significa la exclusión, la soledad y hasta la muerte, suerte difícil de aceptar cuando se piensa que los humanos somos seres gregarios y la sociedad es nuestro estado natural.
Así que para sobrevivir, para vivir en comunidad, para ser aceptados en el grupo adoptamos las mismas ideas, repetimos los comportamientos de manera mecánica, hacemos las cosas de acuerdo a lo estipulado, la mayoría de las veces sin cuestionarlas ni mucho menos transgredirlas. Como se dijo, no se admite impunemente el romper los moldes, el escapar a lo establecido, el franquear los límites, no al menos en aquellos que no tienen ningún poder, que no tienen ningún respaldo que los proteja.
Así es como por ejemplo, las mujeres y los hombres nos acomodamos, unos seres más que otros, a los comportamientos rígidamente trazados por la sociedad patriarcal. Las mujeres reprimimos la fuerza, suavizamos los ademanes, nos ahorramos el ejercicio de pensar y decidir por nosotras mismas, aprendemos que el sacrificio hacia los demás es nuestro destino, adoptamos una pose de debilidad y necesidad, nos preocupamos en exceso por nuestra figura y hacemos de ella nuestro máximo trofeo porque se nos ha enseñado que nuestra belleza es el puente para asegurarnos la supervivencia, es nuestro mayor atributo.
A los hombres otro tanto se les dicta: potenciar su fuerza y ostentarla, reprimir sus sentimientos, esconder sus debilidades y sus miedos, desarrollar su habilidad e inteligencia, adoptar modales rudos, enfrentar las situaciones, resolver los problemas, proteger y cuidar al resto de la humanidad, los más débiles, las mujeres y los niños.
Frente a estos estereotipos que se convierten en reglas, porque como se ha dicho es lo natural, normal, aceptado y correcto, la ciencia y el conocimiento han quedado como una actividad propia de los hombres, y el cuidado de la casa y de los seres humanos, como propio de las mujeres. Por eso es bien visto y deseado que las mujeres seamos muy mujeres y por tanto nuestras aspiraciones lleguen hasta encajar en ese molde y los hombres muy hombres cuando hacen lo que les corresponde. Todo lo que se salga de esta norma queda como lo desviado, lo que no debe ser, es así como en muchos casos se culpa de la “decadencia” de nuestra sociedad a la inversión de estos roles establecidos, roles que efectivamente por circunstancias bastante explicables –sobre todo de tipo económico- han venido siendo cambiados pero que en líneas generales permanecen, tanto así que se enseñan y se inculcan desde todos los espacios de socialización posibles: la familia, la escuela, las iglesias y muy sutilmente, desde los medios masivos de comunicación, incluido por supuesto, la internet.
Tal vez lo más triste de todo esto es que aunque efectivamente estos moldes se cuestionen y se transgredan por algunas personas, la mayoría de mortales y las instituciones hegemónicas siguen reproduciéndolos y perpetuándolos, algunas veces a través de disfraces que muestran una cara muy de avanzada y progresista pero detrás de la cual aparece el mismo rostro momificado. Un ejemplo. Hace algunos meses la Comisión Europea creó una campaña destinada a entusiasmar a las jóvenes adolescentes con la ciencia, a promover que ellas se decidieran por estudiar ciencia una vez terminaran sus estudios secundarios.
Pues bien, en dicha campaña titulada Science It’s a Girl Thing (la ciencia es cuestión de chicas), se incluía un videoclip en el que en primer lugar llama la atención que la letra i de la palabra science, es reemplazada por un labial (simbolizando a la mujer), y en el que aparecen 3 adolescentes bien maquilladas, delgadas, glamorosas, fashions –al decir de las jóvenes-, usando tacones altos, minifaldas y una pose al estilo “Los ángeles de Charlie”. Estas mujeres que más parecen estar siendo convocadas a ingresar al mundo del modelaje que al de la ciencia resultan ridículas, tontas, caricaturescas. El resultado final no puede ser más desastroso, es un contrasentido porque de un lado pretende romper con el estereotipo de hombre-ciencia pero lo hace a partir de reafirmar otro, mujer-adorno. La ciencia no sólo es para hombres, ruptura; las mujeres son la belleza, continuidad.
Tanto un molde como otro resultan odiosos, por castradores, por artificiosos, por reduccionistas; ambos moldes terminan creando seres humanos mutilados y antagónicos; ambos generan una convivencia basada en una relación clara de poder (en el sometimiento que ejerce el hombre sobre la mujer); ambos separan más que unen, aunque parezca lo contrario; y, ambos moldes se convierten en una carga dura de llevar, especialmente para las mujeres que en general son las que llevan la peor parte; de ahí superversión, de ahí su freno para la construcción de un mundo en el que mujeres y hombres tengamos la posibilidad de desplegar las capacidades que como humanos poseemos.

