Si usted, querido lector, es una de las personas que ha empezado a sentir aprensión al expresar su punto de vista recientemente, tan solo consulte el libro de la historia una vez más y confirme cuántas veces no se ha convertido en ley lo que es moralmente indefendible.

 

Por / Valeria Castillo León

Que una pandemia global genere férreos y diversos puntos de vista no solo es natural, sino también deseable. El coronavirus nos ha puesto a todos en una situación sin precedentes, tanto por la naturaleza del mismo, como por las medidas que se han considerado generalmente prudentes.

En cuestión de semanas, una buena parte de la población mundial se vio atada a sus casas y a las pantallas que anuncian lo que parece ser un sinfín de nuevos casos. Afuera quedan las fosas inciertas y las carcasas de pequeñas y medianas empresas, alguna vez erigidas sobre el esfuerzo de familias ordinarias como la suya y como la mía.

Si este no es el mejor momento para que la gente debata y comparta sus experiencias, entonces no sé cuándo. Y no lo digo tanto por la necesidad de paliar las soledades, como por el deber mucho más urgente que tenemos de mantenernos críticos y alerta.

Repasemos bien la historia: lo verdaderamente sano y lo efectivamente constructivo nunca ha sido fruto de una población semejante a una máquina de aplausos o un papagayo bien adiestrado. Por el contrario, es en esa uniformidad, y en ese congratularse mutuamente por ser de la misma opinión, en que han germinado los peores crímenes.

Sin embargo, compañías como Google y Facebook no solo están en desacuerdo, sino que además se han tomado la molestia de garantizar que la homogeneidad narrativa sea un hecho. Todos los días, cientos de videos y publicaciones que no violan los derechos de autor, y que no incluyen contenido pornográfico o que incita a la violencia, están siendo sistemáticamente eliminados de tales plataformas. ¿Su argumento? Considerar “problemático” todo contenido que difiera con la Organización Mundial de la Salud (OMS), como afirmó Susan Wojcicki, directora ejecutiva de YouTube.

Eso quiere decir que la OMS se ha arrogado el derecho a pensar por casi ocho mil millones de personas en el mundo, respaldada por un puñado de corporaciones billonarias. Como resultado, y de acuerdo al criterio de dichas entidades, todo intento de veeduría ciudadana frente al coronavirus no sería más que una falacia repugnante.

De nada han valido las preguntas sensatas o los múltiples datos y argumentos que conformaban muchas de las publicaciones eliminadas. Tampoco han tenido efecto la cercanía al virus o los años de experiencia profesional de médicos como Dan Erickson y Artin Massihi, cuya conferencia original fue removida permanentemente en YouTube.

El discurso pluralista con el que Google y Facebook se autoproclamaban agentes democratizadores resulta ahora aún más extraño que antes. Y es que, sin importar cuántos emojis tiernos incluyan o cuál sea la postura personal de sus directivos, prohibir una conversación de interés público equivale a atacar la esencia misma de la democracia que afirman defender. Recordemos que tratándose de un sistema de gobierno en el que las decisiones han de tomarse de forma colectiva, el debate y la tolerancia son elementos fundamentales, cuyo prerrequisito inmediato es el reconocimiento de las diferencias. En suma, no puede haber democracia alguna en donde la censura se ha cristalizado en norma.

Si usted, querido lector, es una de las personas que ha empezado a sentir aprensión al expresar su punto de vista recientemente, tan solo consulte el libro de la historia una vez más y confirme cuántas veces no se ha convertido en ley lo que es moralmente indefendible.

Facebook e Instagram @valsmelancholia