GUSTAVOCOLORADOEl  punk, el ska, el hardcore, el trash, el reggae y el hip hop congregaron  a legiones de fieles seguidores, unidos todos ellos por una única fuente nutricia, a pesar de la aparente disparidad: el rock and roll.

Por Gustavo Colorado Grisales
Mecerse y rodar. Mecerse y  rodar. En esas dos palabras reside la esencia de  una música que sacude al mundo desde 1953, aunque sus raíces se remonten a mucho más atrás. Mecerse para sacarse de encima las cenizas de un mal  sueño y rodar para reafirmar la condición de peregrino. “Sentirse como un canto rodado”, escribió y cantó Bob Dylan hace cuatro décadas en unos versos devenidos himno generacional.
Y como cantos rodados llegaron cientos, miles de hombres  y mujeres de todas las edades a la versión 2013 del festival Convivencia Rock, una fiesta de ritmos y tendencias que en la antesala de la celebración de los 150 años de Pereira se  consolidó como punto de convergencia de nuestras múltiples identidades, expresadas en este caso a través de la música. El  punk, el ska, el hardcore, el trash, el reggae y el hip hop congregaron  a legiones de fieles seguidores, unidos todos ellos por una única fuente nutricia, a pesar de la aparente disparidad: el rock and roll.
La fiesta empezó el viernes  19 de julio,  víspera del Día de la Independencia.  A eso del medio día vi  llegar a una panda de universitarios caleños con sus morrales a  cuestas, preguntando por una zona para armar sus carpas. Como ni la organización del evento ni la administración municipal destinaron un área para ese efecto, los muchachos no se hicieron mala leche y optaron por  la vecina terminal de transportes como sitio de alojamiento provisional. Una de las chicas  lucía una camiseta con la inconfundible imagen de Jim Morrison estampada en el pecho. Más tarde  la escucharía cantar, una a una, las letras de las canciones de una banda medellinense llamada Nepentes.
Vi también a una pandilla de adolescentes, silenciosos y ensimismados como si tuvieran sesenta años, fascinados por el virtuosismo del guitarrista de  la agrupación pereirana  Belial. Más allá, un abuelo de sesenta y cinco años saltaba como si tuviera catorce  y arriesgaba sus huesos  en el corazón mismo del pogo, el baile ritual que constituye algo así como la ceremonia iniciática de  los asistentes a los conciertos.
Atendiendo la invitación de los organizadores, muchos menores de edad asistieron en compañía de sus padres. Era un lujo para el alma ver  a hombres y mujeres con pinta de ejecutivos en vacaciones, seguir el ritmo de las baterías galopantes con discretos movimientos de cabeza, mientras sus hijos – ¿ o nietos? – desfogaban  junto al escenario sus millones de unidades de energía acumulada.
No sé el resto de los días, pero el sábado 20 en la noche la afluencia de público superó todas las previsiones. A la hora del  crepúsculo largas filas de fieles devotos desesperaban aguardando el ingreso al escenario. La calidad de los eventos anteriores y el poder multiplicador de las redes sociales hicieron que llegaran peregrinos no solo de  las ciudades  vecinas, sino de lugares tan lejanos como Ipiales, en límites con el Ecuador. Salvada la religión, solo el fútbol y la música son capaces de esas cosas.
Los historiadores y los estudiosos de  la sociología han enfatizado siempre el talante abierto de Pereira y sus habitantes. Su condición de cruce de caminos y lugar de paso consiguieron que desde muy temprano aceptáramos la diversidad como un hecho natural. En el caso de la música basta con darse un paseo por las calles para constatar esa realidad. En muy poco espacio conviven ritmos y expresiones tan dispares como el bolero, la salsa, el bambuco, el tango, la balada, el rock, la cumbia, el merengue, la ranchera, el vallenato, el jazz, los sonidos electrónicos o la música clásica. Por eso mismo se han consolidado en los últimos años distintos festivales dirigidos a  conservar y multiplicar esas tendencias. De esa manera,  la Fiesta de la Música convive sin problemas con el Festival Sinfónico y Convivencia Rock puede ser un buen preludio para el Festival del Bolero.
Uno de los músicos asistentes a Convivencia Rock celebró sus cincuenta años de vida galopando sobre su batería desbocada. A mi lado, una pareja de adolescentes se juró amor eterno al ritmo de la guitarra de una banda local llamada Endor. No importa si ya olvidaron la promesa. Después de todo, la eternidad puede durar un segundo. Pero ese instante les bastó para sentirse inmortales en medio de un rito pagano que, al fin y al cabo, no es nada del otro mundo: es solo Rock and Roll.
PDT:  les comparto enlace a la presentación de la banda pereirana  Belial en Convivencia Rock 2013. Ver aquí.