GUSTAVOCOLORADODentro de esa lógica quien no aparece en el mundo forjado por los medios está muerto. Peor aún: no ha existido nunca, como el pobre Rijkaard, despojado de su gloria virtual  y luego desterrado a un olvido real.

 

 Por: Gustavo Colorado Grisales
La conversación se la escuché a dos periodistas deportivos de la nueva era, es decir, mejor enterados de los avatares de las ligas europeas que de las peripecias de los equipos locales.
–  ¿Qué  será del destino de Frank Rijkaard?, preguntó el más veterano, con la sobradez de un curtido profesor dispuesto a pillar a su pupilo en  una  incongruencia.
–  Hmmm ¡Murió para el mundo! Replicó, lapidario, el muchacho, orgulloso de sus rápidos reflejos.
Aguijoneado por la ambigüedad de la respuesta me di a la tarea de buscar en Internet la fecha del deceso de ese rendidor mediocampista y entrenador, responsable en buena medida de la gestación del más glorioso ciclo del Fútbol Club Barcelona en toda su historia.
Encontré muchas cosas, entre ellas asuntos relacionados con la vida privada del futbolista que no nos conciernen. Lo más parecido a una muerte era su destitución como entrenador de la selección de Arabia Saudita, en un desenlace apenas comprensible: algo  va de la magia  de Ronaldinho a la rudeza secular de los nómadas del desierto. Leí acerca de sus orígenes en el legendario Ajax y de su paso por clubes modestos hasta arribar al no menos célebre Milán de Arrigo Sacchi. Supe de la resistencia inicial por parte de la fanaticada del Barcelona hasta su entronización en los altares después de conquistar dos  ligas y una copa  de campeones.
Rijkaard está vivo. Maltrecho, pero vivo, quise advertirles a los discutidores. Pero, por lo visto, andaban  bastante ocupados  confeccionando una larga lista de muertos vivientes en el mundo del deporte. En ese  curioso obituario destacaban los nombres del brasileño Adriano- el goleador, no el defensor- el argentino Ariel Ortega y el colombiano Giovanni Moreno- Gio le decían, con exceso de confianza para mi gusto-. También nombraron al boxeador Mike Tyson y al ciclista Santiago Botero. En un salto mortal pasaron del deporte al cine y entonces la pregunta  fue dirigida a los fantasmas de Al Pacino,  Robert De Niro y Sigourney Weaver juntos.
Por lo visto  estos tipos no saben que la gente envejece, se cansa y, para acabar de completar, muere, musité para mis adentros.  Que  el suyo era un diálogo meramente  retórico resultaba secundario. Me inquietaba más constatar, por enésima vez, lo que filósofos, poetas y ensayistas vienen  advirtiendo desde comienzos del siglo pasado: los  medios de comunicación acabarían muy pronto  imponiéndole a la vida de todos los días una realidad fabricada con recortes de periódico, noticias de radio, imágenes de cine y televisión, portadas de revista y cables oficiales. Desprovistos de sentido crítico, los consumidores de información no dudan así en mudarse a un mundo diseñado de antemano que si bien les arrebata cualquier indicio de identidad personal los recompensa con la tranquilidad de no tener que formularse preguntas. Dentro de esa lógica quien no aparece en el mundo forjado por los medios está muerto. Peor aún: no ha existido nunca, como el pobre Rijkaard, despojado de su gloria virtual  y luego desterrado a un olvido real.
Al más mediático y artificioso de los artistas modernos, el norteamericano Andy Warhol, se le atribuye una perturbadora profecía: un día, cada habitante de este planeta tendría derecho a sus quince minutos de fama. El anuncio ya se cumplió con creces. De hecho, hoy se fabrican inmortalidades por encargo a la medida de los sueños y frustraciones  de los demandantes.
Una ronda por YouTube nos revela la existencia de una curiosa fauna: cantantes sin voz, bailarines sin sentido del ritmo, pianistas incapaces de diferenciar una nota blanca de una negra o  realizadores de cine sin idea de cómo contar una historia. Todos a una se la jugaron  a esa  nueva forma del paraíso perdido que es el reconocimiento… o la burla ajena.
No importa si eso nos garantiza la exposición a una cámara o un micrófono, formas supremas de la eternidad en el reino de lo deleznable. La moda doméstica del karaoke es una de las variables de esas prácticas. Privados de cualquier posibilidad de realizar en el anonimato nuestros más secretos anhelos parecemos condenados al simulacro. A esa caricatura de existencia que se enciende y apaga en una frontera donde ya no es posible identificar dónde termina la farsa y dónde empieza la vida.