GUSTAVOCOLORADOQuizás la clave del drama resida en que, con algunas diferencias de matiz,  todos llevamos en el bolsillo nuestra provisión particular de  ética portátil. 

Por: Gustavo Colorado

Con esa inclinación irrefrenable de los paisas hacia las palabras en diminutivo, mi amigo Germán Gómez calificaba de “Medio hijueputica” a un sujeto que en realidad era un bandido con todas las de la ley: ladrón del erario público,  chantajista y asesino en ciernes, el tipo se paseó durante años por los salones de la parroquia recibiendo la diaria dosis de adulación de un grupo de ciudadanos convencidos del carácter relativo de la ética. En ese peculiar código de valores las cosas son buenas o malas dependiendo del grado de conveniencia. En esencia la idea se basa en una conocida premisa de los filósofos pragmáticos: el fin justifica los medios, sin importar cuán perversos sean estos. Amparados en esa  lógica, líderes de masas como Joseph Stalin en la antigua Unión Soviética o Mao Zedong en la China comunista encarcelaron, desterraron, torturaron y asesinaron a millones de seres humanos  con el argumento de que ese era el precio a pagar  por la conquista de la equidad económica y social. En el otro polo ideológico igual cosa hacen los Estados Unidos de América y sus aliados desde hace más de un siglo invocando el noble pretexto de la defensa de la libertad.

Con algunas variaciones, esa idea no ha hecho cosa distinta a mutar y fortalecerse. En una de las  entrevistas concedidas por el ciclista Lance Armstrong, el hombre intentó justificar sus fraudes con el siguiente razonamiento: “El ciclismo profesional es un deporte con unos niveles de exigencia difíciles de imaginar para el ciudadano de la calle. El cuerpo humano tiene sus límites. Así que si uno quiere alcanzar la cima no existe alternativa distinta al dopaje. Todo el mundo lo hace. Solo que en esta ocasión me correspondió a mí cargar con el castigo”. Si ustedes se fijan bien, el ciclista se presenta como víctima. El culpable de todo es el mundo con sus exigencias de éxito ilimitado. Pero el hombre omite deliberadamente un detalle: en uso de su libre albedrío, cualquier persona puede renunciar a la búsqueda del éxito si el precio de  este es la enajenación de sus convicciones. Pero no fue así. Como tantos otros, Armstrong  prefirió  acudir a su proveedor particular, ya no de fármacos sino de ética portátil.

Sumo y sigo. Hace poco un conocedor de los asuntos informáticos me sacó de dudas: “En términos generales -dijo- los hackers son unos buenos tipos. Si asaltan los sistemas de seguridad de muchas empresas, es para alertarlas sobre su fragilidad. El paso siguiente es ofrecerles un modelo, sino invulnerable, si mucho más resistente a los ataques”. El viejo truco de la justificación de los medios por el fin afloraba de nuevo trasladado ahora al universo digital.

Vamos despacio, le dije. ¿Esas prácticas no las inventaron los mafiosos calabreses en las calles de Chicago? Si mal no estoy, el método era el siguiente: los capos enviaban un pelotón de rufianes a destruir las instalaciones de los negocios de un vecindario, así como a amenazar y golpear a los dueños y sus familias. Al cabo de unos días mandaban otra cuadrilla de matones ofreciendo servicios de protección a cambio de unos elevados honorarios. Poco más o menos lo mismo  hacen hoy muchas de las mafias de laboratorios que controlan el negocio de los medicamentos: inventan enfermedades para vender el remedio. Con un añadido: en su peculiar visión de la ética vuelta de revés aparecen como benefactores. Una vez más, el afán de lucro justifica la trampa.

Quizás la clave del drama resida en que, con algunas diferencias de matiz,  todos llevamos en el bolsillo nuestra provisión particular de  ética portátil. No tuve otra alternativa. Lo hice por el bienestar de los míos. Si no lo hago yo lo hace otro. No calculé las consecuencias. No soy tan bobo como para desaprovechar las oportunidades, son algunas entre las cientos de frases adaptables a todas las circunstancias, dependiendo de nuestros intereses del momento. Solo así entiende uno las declaraciones de un vocero del Departamento de Estado norteamericano por los días de la invasión  a Irak con el pretexto de unas inexistentes armas de destrucción masiva.“Sí. Se perdieron algunas vidas y unos cuantos edificios y monumentos  resultaron destruidos. Pero eso  fue algo relativamente perverso, comparado con lo que pudo haber hecho el enemigo”, dijo el fulano y siguió bebiéndose su lata de Red Bull, convencido del carácter relativo de la ética.