ÉTICA DE LA PERTENENCIA

Pero lo que más nos enseñó es que estamos juntas, que tenemos dolores enraizados que podemos sanar de manera conjunta. Nos enseñó, así como el gesto terrorista de la feminista anónima en el salón de uñas, que los activismos construyen una ética del pertenecer, en contra respuesta a ese “ethos de la no pertenencia” de la que habla Gloria Anzaldúa.

 

Escribe / Alma Ortiz Giraldo – Ilustra / Stella Maris

 

desde un nos/otros

escribo esta sensación

de saber que nuestras

voces hacen eco

y se replican

en huesos

ajenos – propios

propongo un hilo

común

una piel colectiva

 

Ayer fui a que me pintaran llamas en las uñas. Un pedido un poco extraño para las manicuristas, acostumbradas a corazones, flores y hasta banderas de países y causas. Pero llamas no, las llamas son símbolos de destrucción…de Roma ardiendo…de casa inhóspita. Sin embargo, acometieron la tarea de dejarme, literalmente, con el fuego en mis dedos.

Mientras esperaba, me fijé en una revista; una en particular que resaltaba entre las caras tiesas de famosos colombianos y de titulares estilo: “reduzca su grasa en dos simples pasos”. Esa revista era El Aleph, en una edición dedicada a filósofas. Muy charro ¿no?, esa imagen de una revista decididamente feminista en un contexto que la contrapone con la fuerza de una sociedad de consumo y vanidad patriarcal.

En la conversación con la manicurista saqué levemente el tema.

-Me encanta esa revista que está ahí.

-Ufff, sí, La Revista Vea es una chimba.

-No, mor, la otra, la blanquita sin fotos.

-Ah, eso lo dejó un clienta, pero cero llamativa.

-Sí, está como rara. ¿y por qué la dejó?

-No sé. Solo la puso ahí y se fue

-La gente si es charra, marica

-Horrible, pero a la final, cada loco con su costal.

Nos reímos y el tema pasó rápido. Pero no pude sacarme esa imagen de la cabeza. Las uñas en llamas, la revista feminista y la frase de profunda sabiduría: cada loco con su costal. ¿Por qué esa clienta anónima había dejado esa revista ahí, tan casualmente? He leído muchas novelas negras como para dejar esta situación sin una interpretación detectivesca.

Elemental: esa señora es una terrorista; puso una bomba y estalla de a poco cada vez que una persona, en medio del letargo de la espera en un salón de uñas, decide tomarla y se topa de frente con esa palabrota que abre puertas y derruye candados: feminismos.

Y boom, me estalló en la cara a mí también porque vi en ese gesto reflejada toda la razón de este texto que como los demás se debate entre desarrollar una idea y distrae a los lectores con aromas y sonidos que ni al caso. Ese acto terrorista me puso en tensión con otro palabrón que se enreda como maleza: activismo.

Aquí viene el estallido, pues en mi mirada de travesti, que esa revista estuviera ahí representaba un gesto crucial en cualquier búsqueda emancipatoria, es la de reptar entre los conductos del opresor y dejar entre las grietas semillas que afloren lentamente. En ese nivel es que funciona el activismo o por lo menos, lo es para las búsquedas que las personas trans hemos hecho desde Stone Wall (ese mito político donde inició el movimiento por la liberación “gay”) hasta nuestras más contemporáneas formas de accionar.

Es así como ocurren nuestras maneras de lucha social, poniendo la semilla a cada paso que damos; o sea, literalmente a cada paso, porque solo nuestras anatomías son símbolos que retuercen esos guiones rectos que el patriarcado nos ha impuesto. Para ser más clara, el activismo de las personas trans empieza con nuestra propia vida y no se agota en las búsquedas políticas grandilocuentes.

En el Eje Cafetero, por tratar de situar esta mirada en un lugar geográfico puntual, los activismos trans son jóvenes. Las Guapas, de Manizales, son un ejemplo paradigmático pues desde su búsqueda transfeminista y puteril nos han enseñado a las pequeñas travecas revoltosas, como meterle presión a este sistema transmisógino y violento. Digo que son jóvenes porque frente a los movimientos “gay” que llevan construyéndose desde los 70s en Colombia, nosotras llevamos, cuando mucho, 10 años agrupándonos formalmente; pero llevamos siglos resistiendo y haciendo un activismo vivo.

Son 10 años o quizás más, porque tardamos un poco en reconocer que las búsquedas del activismo gay no se preocupaba por nosotras y en lugar de ello, utilizaba nuestros cuerpos para marchar pero nunca nos miraron de frente, ese hecho se hace plausible desde las críticas de Martha P. Jhonson y Sylbia Rivera al movimiento gay en Estados Unidos hasta las consideraciones de Daniela Maldonado de la Red Comunitaria Trans de Bogotá.

Esa extrema juventud nos ha llevado a cometer errores y por supuesto, a aprender de ellos. Como en el caso de Paola “La Gaga”, cuya muerte en mi columna pasada atizó la llama de la furia. Fue un error porque todas nos abalanzamos a señalar que fue asesinada y nos enardecimos; pero no, no fue asesinada o eso asegura su familia, murió por causas naturales, o lo natural que puede llegar a ser una enfermedad perfectamente tratable si el sistema de salud de este país no nos excluyera de múltiples maneras a las personas trans.

Esa avalancha de personas condenando el asesinato de Paola nos deja una pregunta a los activismos del Eje Cafetero: ¿por qué una persona trans no puede morir por una enfermedad y siempre asumimos que fue un asesinato? Es una pregunta que nos hicimos muchas y que Adriana Villegas propuso en su columna dominical en La Patria.

La respuesta tiene origen en la altísima tasa de asesinatos de mujeres trans y más específicamente, mujeres trans trabajadoras sexuales; también, en la juventud de nuestros activismos y los pocos canales que tenemos para recolectar y contrastar cifras. Este camino de re-existencia está lleno de aprendizajes y la muerte de Paola tiene mucho para enseñarnos.

Pero lo que más nos enseñó es que estamos juntas, que tenemos dolores enraizados que podemos sanar de manera conjunta. Nos enseñó, así como el gesto terrorista de la feminista anónima en el salón de uñas, que los activismos construyen una ética del pertenecer, en contra respuesta a ese “ethos de la no pertenencia” de la que habla Gloria Anzaldúa. Una ética que se teje con las acciones más nimias como dejar una revista y las acciones más potentes como el desmantelamiento de sistema policial que TOLOPOSUNGO (Todos los policías son una gonorrea) tiene en su mira o quizás las acciones por la despatologización de los cuerpos trans/travestis/no-binarios.

En esta ética del pertenecer gritamos, maullamos, hacemos películas, performances, nos vamos de frente contra los policías y las instituciones; construimos políticas públicas, informes, investigaciones y planeamos comitivas, clubes de lectura…en esta ética del pertenecer nos damos la libertad de explorar la imaginación radical, de la que habla Ochy Curiel y con ello, nos reescribimos, erramos y erramos cada día mejor.