YO NO SOY DE AQUÍ

Es por eso por lo que se trasluce esa dulzura y perplejidad en la mirada de los migrantes que se rescatan de las pateras en el Mediterráneo, o que esperan ansiosos pasar por las selvas del Darién, o simplemente se ubican junto a la puerta del edificio donde vivo, y me extienden un bombón rojo y ya revenido cuando paso frente a ellos.

Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra / Stella Maris

 

Yo no soy de aquí/ pero tú tampoco” dicen dos versos de una canción compuesta por el músico y poeta uruguayo Jorge Drexler. Y dice también: “apenas nos pusimos en dos pies/ comenzamos a migrar por la sabana/ siguiendo la manada de bisontes”. Voy a advertir un tópico tonto —como casi todos los tópicos—: Drexler es judío. Una barrabasada sin duda, porque caminar es un acto humano por naturaleza, tan natural a nuestra especie como intentar razonar, pergeñar dos o tres palabras para integrar una frase coherente, o cocer los alimentos.

 

Migramos, y lo hemos hecho desde hace cientos de miles de años, y lo vamos a seguir haciendo, al menos hasta que perviva la especie Homo sapiens, porque una cierta pulsión interna nos lo ordena y porque razones elementales pero objetivas nos lo proponen: buscar alimento, un mejor clima, menos depredadores, más espacio, han sido razones poderosas para que los seres humanos miren el horizonte y emprendan de nuevo el viaje. Razones similares a las que tienen otras especies, como las aves, por ejemplo, que, al llegar el invierno en el norte o el sur, emprenden un viaje migratorio en busca de mejores temperaturas y alimento abundante. Y lo hacen de manera masiva y regular, cumpliendo un mandato natural y poderoso aún incomprendido, aunque los científicos han podido establecer con cierta precisión tiempos, rutas y objetivos; pero esa pulsión natural, y regular, así como la asombrosa capacidad para ubicarse y seguir una ruta, siguen siendo un misterio.

 

Y hay otras especies, algunas más asombrosas aún que las aves, como ciertas mariposas o insectos —incluso algunas libélulas—, o como algunos peces, entre ellos las anguilas europeas, que viajan desde los ríos de Europa y Norteamérica hasta el mar de los Sargazos a desovar a una profundidad de quinientos metros, para que luego los pequeños leptocéfalos, con un tamaño menor que el de una cabeza de alfiler, viajen durante cuatro años hasta el mismo lugar del cual partió su madre.

 

Alguna vez escuché a uno de mis amigos ornitólogos preguntarse de dónde son las aves migratorias: ¿del norte o del neotrópico?, ¿del lugar donde pasan el invierno o donde pasan el verano?, ¿de donde se aparean o de donde se alimentan con profusión? La inquietud de mi amigo le incumbe a él, y un poco a los científicos que le dan vueltas a la pregunta como si en ella hubiera algo realmente trascendente; y no lo hay. Las aves seguirán haciendo su viaje y las anguilas seguirán nadando o dejándose llevar por las corrientes, que es lo que realmente hacen, porque un ser tan pequeño sería incapaz de nadar los cuatro mil kilómetros que debe recorrer para llegar hasta su río. Y no habrá en el camino, o en su lugar de llegada, ningún animal que lo cruce o lo reconvenga porque está migrando, y mucho menos habrá un reclamo por su supuesta extrañeza. A no ser por supuesto que un ser humano se haga la pregunta, como mi amigo el ornitólogo, o como los granjeros de Norfolk, según narra Helen Macdonald, que, en 1934, al enterarse de que las alondras que comían en sus campos emigraban del continente, les dispararon de manera inmisericorde: “las alondras que cantan a los nazis no hallaran aquí misericordia alguna”, recuerda Helen que decía la prensa local. O como el caso de la cigüeña Ménes, apresada en 2013 por el gobierno egipcio, que supuso que el pequeño transmisor instalado por BirdLife en Hungría era una herramienta de espionaje europeo, aunque luego fue puesta en libertad.

 

La estupidez es infinita, y hasta colmos asquerosos tal como lo evidencian los innumerables casos de persecución y acoso de seres humanos inmigrantes en Europa o en América. O como lo demuestran las manifestaciones de algunos políticos, gobernantes, comentaristas o periodistas, que se solazan en el gusto de endosar a otros sus propias incapacidades, o aprovechan la oportunidad de tener ante sí un supuesto extraño, para ocultar sus miserias y falta de autoestima.

 

El antropólogo Richard Borshay Lee, quien ha estudiado las culturas aborígenes de Botsuana y Namibia, ha calculado que a un niño bosquimano lo cargarán por 7.900 kilómetros antes de que comience a caminar por sí solo. Supone Lee que ese ritmo de marcha, ese bamboleo natural y fraternal, lo convertirá indefectiblemente en un poeta. Quiero creer que esa posibilidad cabe a los cientos de niños inmigrantes que vemos en brazos de sus padres, deambulando por las carreteras colombianas, pero es una suposición y una esperanza tontamente romántica e infame, porque ese viaje forzado y doloroso está plagado de peligros incrementados por la infamia de quienes no quieren verlos e intentan espantarlos de su campo de visión, tal como si se tratara de insectos indeseables.

 

El escritor inglés Bruce Chatwin advirtió que una regla general de la biología estipula que las especies migratorias son menos agresivas que las sedentarias. El viaje, arduo y peligroso, ya es suficiente como para agregarle la violencia que pueden concederse quienes detentan el dominio del territorio y de la cultura. Es por eso por lo que se trasluce esa dulzura y perplejidad en la mirada de los migrantes que se rescatan de las pateras en el Mediterráneo, o que esperan ansiosos pasar por las selvas del Darién, o simplemente se ubican junto a la puerta del edificio donde vivo, y me extienden un bombón rojo y ya revenido cuando paso frente a ellos.