Despliego las páginas del periódico y contemplo el desfile interminable. Muy prendados de sí mismos, pronuncian discursos,  firman pactos, declaran la guerra o  buscan la paz, marcan goles, cierran negocios, baten marcas.

Por Gustavo Colorado

GUSTAVO COLORADO IZQEn las páginas sociales nacen,  se casan, se gradúan, viajan, regresan, se reproducen, se enferman y mueren en medio de una feria de vanidades. En las notas judiciales, los pobres y marginales  pagan sus quince minutos de fama con la única moneda de que disponen: la propia vida.  Llego a las páginas de opinión y me veo a mí mismo, muy  tieso, intentando en vano exorcizar, en una cuartilla, el peso  enorme de mi desazón.

Como en la vida, en las páginas del periódico todo el mundo cumple su propio rol: los ricos  y poderosos por aquí, los arribistas  por allá y los eternamente frustrados por este lado. Al fin y al cabo, eso de  que  en un futuro no lejano a cada niño nacido le implantarán un dispositivo electrónico con el libreto de su propia vida, es decir, con su improbable identidad, no deja de ser un malentendido: en realidad esa práctica es tan antigua como el Homo sapiens. Solo que, hasta ahora, esa tarea la han desempeñado las instituciones llamadas pilares: la familia, la escuela y la iglesia. Más tarde llegaron los medios de comunicación a cerrar el círculo imponiendo modelos de vida medidos por la capacidad de producción y consumo. Nada nuevo, en verdad.

Como es imposible desempeñar el mismo papel durante todo el tiempo sin caer en la demencia, los mortales nos inventamos las evasiones a modo de puertas de escape. Hay que ver cómo fábricas y oficinas engullen gente a primera hora de la mañana. Ellos llegan  bien bañados y recién afeitados. Perfumadas y emperifolladas ellas. A las seis de  la tarde esas mismas oficinas los vomitan hechos una piltrafa, sin más anhelos que la expectativa del fin de semana o de unas vacaciones que aguardan al final del camino como un salvavidas ilusorio.

Entonces cada quien pone a prueba su capacidad de evasión, dependiendo de sus recursos. Está el turista que empaca sus maletas y escapa hacia cualquier lugar de la tierra, para regresar un par de semanas después cargado de fotografías y chucherías, solo para descubrir que su colección de máscaras lo aguarda detrás de la puerta

Un  poco más abajo, ya son legión  quienes se arrojan a chapotear en un lago de alcohol y fantasías químicas, del que emergen un poco más pálidos y nimbados de una singular lucidez que se evapora una vez  reasumido el papel de todos los días.

Los más, optan por el más expedito de los recursos: el sexo, ese puente hacia el reino animal, en el que, liberados por unos minutos de taras y prejuicios, todos nos hundimos en un recinto donde, entregados a los instintos primordiales, reina el olvido de nosotros mismos en una siempre renovada promesa de liberación, que se diluye y nos devuelve esa condición de animales tristes después de la cópula de que hablara san Agustín.

Queda, claro, el  eterno recurso de la religión. Aunque  en estos tiempos los dioses hayan sido secuestrados por toda suerte de timadores, prestos a engordar la cuenta  bancaria con los  miedos  y desesperaciones del prójimo. No es casual que en cada  cuadra se multipliquen dos tipos de negocios: los templos de sectas religiosas y los puntos de apuestas.

Ante la imposibilidad del escape, casi todos optamos por gritar gol en una veintena idiomas  como una patética  forma de consuelo: hace una semana, mi mujer me sorprendió festejando un gol de la liga rusa. Entre apenado y cínico, ensayé una justificación: qué le vamos a hacer –le dije– si al igual que en  aquél  viejo poema,  yo tampoco tengo donde esconderme.