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Es por esa razón que este tipo de polarizaciones no hacen bien. Bastante se tiene con derechistas e izquierdistas, guerreristas y pacifistas, para que como dos niños pequeños anden peleando a ver quién es el consentido de un país. 

Por: Juan Manuel Toro Monsalve

Sin entrar en el debate desgastado entre partidarios y detractores del ex mandatario Álvaro Uribe, es pertinente decir que debido a sus actuaciones, sus trinos y sus arengas, más de uno, simpatizante o no, está cansado de ver cómo el hombre que ocupó la presidencia durante ocho años quiera seguir cogobernando. Con argumentos redundantes y con un legado, bien o mal ejecutado, está perdiendo la matiz que lo hizo popular entre buena parte de la población.

El discurso famoso en contra de las Farc y la amenaza terrorista está revaluado ya. Es indudable que la gente tiene claro qué significa la guerrilla para el país, que no representan el clamor de la mayoría y que por sus acciones están condenados a seguir en el repudio. Aunque por estos días soplan vientos de negociación, es un asunto que se debe coger con pinzas para no volver a los errores del pasado.

Así mismo, Uribe con sus constantes salidas en público a reprochar las acciones del presidente Santos son incómodas y, a decir verdad, hacen poco eco en un personaje que se jacta de gozar de buena imagen en un buen número de ciudadanos. Pese a que el gobierno le pone los ingredientes para dar de hablar debido a su discreta y poca gobernabilidad, el manejo del twitter por parte del ex mandatario parece un berrinche de alguien que todavía no asimila que ya pasó su turno por la Casa de Nariño.

Uribe y su gobierno rondó entre aciertos y errores. Polémicas, amores y odios. Aunque no partió la historia del país en dos, es claro que marcó un camino y bajo una tesis gobernó durante sus ocho años. Por lo menos, mal o bien, se la jugó con la de él. Sin embargo, en su condición de ex primer mandatario debió darse al retiro, a no jugar a ser de gobernante alterno y haciendo política con problemáticas que aquejan al país. Claro que Santos con su incapacidad se le sirve a Uribe en bandeja de plata para que lo exprima a punta de 140 caracteres.

Es por esa razón que este tipo de polarizaciones no hacen bien. Bastante se tiene con derechistas e izquierdistas, guerreristas y pacifistas, para que como dos niños pequeños anden peleando a ver quién es el consentido de un país. Esa diplomacia del twitter es incómoda y no enriquece el debate político. Más bien parece la escena de dos personajes, con sus seguidores tras de ellos, peleando por las migajas y las concesiones que otorga el gobernar un país durante cuatro años; u ocho si se quiere.

Igualmente es una polémica inapropiada y es paradójico que dos hombres de la misma orilla ideológica anden de trasnocho. Aunque vale la pena resaltar que Santos se ufanó de ser la reencarnación de Álvaro Uribe y sus políticas, instaló su candidatura sobre esa plataforma, y ya siendo Presidente, volteó la cola con su famosa Unidad Nacional que no es más que la repartición burocrática del país. La política es “dinámica” definitivamente.

Así pues, dos hombres que fueron pareja exitosa en materia de seguridad hoy están distanciados. Sin embargo, cada quien en su lugar. Uribe debe reflexionar y dejar de jugar a seguir sintiéndose el jefe de Estado en propiedad y a una gobernabilidad alterna. Incluso se ha sentido diplomático en el exterior, reuniéndose con la oposición venezolana en un asunto que sí habría venido de otra tendencia ideológica, hubiera sido condenado por la opinión pública en general.

En fin, Álvaro Uribe tiene su finca, sus caballos, su Ubérrimo para respirar otros aires. Ocho años en un país como Colombia exprimen a cualquiera. Pero esas ínfulas caudillistas que tanto critica lo están absorbiendo a él mismo. Ex presidente, su cuarto de hora ya pasó, descanse por favor.