Fe en la democracia

Pues en Latinoamérica el panóptico tiene cara de democracia –más representativa que participativa–, aunque en realidad parece ser ese dios inalcanzable del que todos profesan su muerte pero a ninguno le consta que vivió.

 

Por: Maritza Palma Lozano

-¿Quién da más?, ¿nadie da más?

-Entonces vendido  a la Coffee Petroleum Company

                                               -Ana y Jaime.

 

Una cruz en la frente. La capilla vacía. Amén.

En un principio la necesidad de orden y normas requerían de la existencia de unos organismos de control y ahí estuvo la iglesia para revelarnos el camino hacia dios y hacia la democracia.

Bendito sea el día que Sócrates fue asesinado, por la convicción de defender sus ideas, frente a la conclusión común de un jurado eclesiástico que lo declaraba culpable solo porque tenía la habilidad  de transmitir sus saberes e influenciar sobre otras verdades a través de las palabras.

Bendito sea el día en que Atenas aplicó la democracia tres siglos antes de que Aristóteles la declarara como una mala forma de gobierno.

Bendito sea cuando el poder soberano supo que se podía mantener en el trono por los siglos de los siglos, mientras cambiaba el rostro de quienes eran elegidos para mandar.

Bendito sea el día que la iglesia Católica quemó a Juana de Arco por pensar.

Bendito sea el día que el Emperador Carlomagno supo que con la fe y la ley podía convertir el diezmo en una obligación civil que beneficiaría al papado y de paso le permitiría mantenerse aliado a ellos para seguir conquistando territorios.

Pero maldito sea el día que la lógica religiosa, permeada por la ambición y el poder, se replicó en todo tipo de institución y Foucault supo que vivíamos dentro de un panóptico que nos vigilaba y nos castigaba y que no necesariamente era parte de la partícula divina.

Pues en Latinoamérica el panóptico tiene cara de democracia –más representativa que participativa–, aunque en realidad parece ser ese dios inalcanzable del que todos profesan su muerte pero a ninguno le consta que vivió.

Todos aún creemos que el cambio se logra votando cada cuatro años por un presidente para hacer venia a una democracia representativa. Creemos que el problema se centra en los que gobiernan el país; y tragamos entero eso de las izquierdas, las derechas, los centros, los socialismos, los neoliberalismos y los demás ismos, como si todos no estuviesen contenidos dentro del capitalismo.

De cualquier forma, al final podremos solucionar cualquier cosa saliendo a marchar o creando un hashtag o escribiendo por Facebook cuán indignados estamos. Cosas que resultan tan efectivas como hacer una sesión de 15 abdominales cada cuatro años.

Y no es que sea mejor hacer nada, ni más faltaba. La cuestión es que lo anterior no es suficiente.

Pasa que no es suficiente porque el control político está ligado a los poderes económicos del mundo. En el caso de Colombia un tercio del sector bancario está en manos de Luis Carlos Sarmiento Angulo, y el segundo canal más politizado y parcializado del país está en manos de Carlos Ardila Lulle. Mientras a nivel internacional sigue la lista de los Bill Gates, Amancio Ortega, Carlos Slim Helú, Fujimori, Macri y demás empresarios que funcionan cerebralmente bajo la lógica de los múltiplos de mil, empresarios que suelen tener influencia sobre cargos políticos y medios de comunicación, además de tener acceso a poderes bancarios; personajes a quienes solo les falta montar una iglesia para ser dioses caídos.

Y no es que sea delito ser rico o multimillonario, es más simple que eso. Siempre que los intereses de quienes mandan vayan en contra-posición de los beneficios sociales comunes y dignos, y mientras que las acciones de los mandados no superen el culpar a otros (como yo lo estoy haciendo), para empezar a construir espacios de participación y reflexión desde las pequeñas cosas, pues no nos quedará más que hacerle un templo a esa democracia que significa poder del pueblo, para rezarle mientras esperamos su resurrección. O su nacimiento.