Entre palabras, silencios, sonrisas e, incluso, algunas miradas de tristeza ante las historias que se relataron, este taller permitió cerrar los ojos para volverlos abrir. Aprender a mirar un territorio plagado historias que esperan ser escuchadas y retratadas.

 

Texto / Christian Camilo Galeano Benjumea – Foto portada / Jesús Abad Colorado

Una mujer de tez oscura vende magos en un puesto improvisado a las afueras del parque Explora en Medellín, con sencillez y humildad espera no tener ningún mango al final del día. Ella, normalmente, ve pasar a muchos transeúntes que van y vienen de un lugar a otro. Con cierta timidez, esta mujer relata que hace muchos años llegó a Medellín desde un pueblo lejano del Chocó, buscando ayudar a su familia, pero sus deseos no se lograron. Sonríe y mira hacia las montañas con cierta desazón. Nancy, como podríamos llamar a esta vendedora ambulante, confirma el eslogan del 7° Festival Gabo, a saber, Las historias continúan… y se siguen presentando a diario.

Uno de los talleres que se llevó en el Gabo fue: “Geografías de la memoria, un campo de batalla por la verdad” a cargo del fotógrafo Jesús Abad Colorado. Allí primó la sensibilidad, el humor y la camaradería, porque “Chucho” desde el primer momento hizo olvidar a los asistentes de las diferencias que generan los egos que puede tener aquellos que trabajan en el periodismo o las humanidades. Este taller fue una apuesta por aprender a mirar lo que realmente importa.

¿Hacía dónde mirar entonces? La respuesta se halla en aquellas personas anónimas que apuestan por la vida. Todos esos personajes que buscan con sus acciones crear territorios de paz en un país donde los políticos se aferran a la guerra. Mirar los rostros, los movimientos de las mujeres y hombres que reconstruyen, muchas veces sin saberlo, el tejido social de un país en harapos.

Esta empresa es difícil, porque la mirada debe ir acompañada de la palabra. No basta con observar desde una distancia tolerable las acciones y sufrimientos del otro, es preciso escucharle para que relate las historias de horror, fracaso y esperanza que trae consigo. Hacer de la palabra más que un medio de comunicación, es urgente que sea memoria y afectividad.

Sin embargo, ¡no basta con la memoria! Es preciso recuperar la sensibilidad que se ha despojado de los relatos y de la vida misma. ¡Abrazar a las personas y a los árboles! Tal como relató “Chucho”, abrazar a todos los testigos del horror de la guerra, a las personas o la naturaleza que portan las cicatrices de los disparos y el horror del conflicto. Es preciso que la mirada sobre estos territorios nos duela y conmueva, si esto no sucede, no es posible que se movilicen las fuerzas de la razón en búsqueda de soluciones a un conflicto de largo aliento.  Así es posible decir que la mirada debe ser palabra, memoria y sensibilidad.

De ahí que los relatos que hizo “Chucho” sobre sus diferentes proyectos fotográficos estuvieran cargados de una responsabilidad y sensibilidad sobre esas personas que retrató. Buscar en esas masacres y asesinatos un ángulo que no caiga en lo perverso, hallar perspectivas más humanas, incluso sobre aquellos hechos que son inhumanos y desgarradores.

Como la historia que enmarcó el reportaje que hizo sobre el asesinato de Aquileo  Mecheche. La forma en que una comunidad perdió a uno de sus líderes y las travesías que tuvo que pasar “Chucho” para llegar a la “siembra” de Aquileo. Sí, la siembra, porque los indígenas no entierran a sus muertos, los miembros que mueren vuelven a la tierra de donde vinieron para ser sembrados y que la vida pueda continuar. Un relato que, a pesar del horror y la desesperanza, logra mostrar como una comunidad resiste a la guerra y sigue pidiendo a gritos la paz.

Entre palabras, silencios, sonrisas e, incluso, algunas miradas de tristeza ante las historias que se relataron, este taller permitió cerrar los ojos para volverlos abrir. Aprender a mirar un territorio plagado historias que esperan ser escuchadas y retratadas. Historias que puedan hacernos latir el corazón de alegría o tristeza, historias como las de Nancy, Aquileo, Carlos, Jessica o tantas otras.