elbert coesEl arte tiene una perspectiva de la realidad visionaria y humanista, a diferencia de la visión que tienen quienes administran los sectores (incluidos los culturales), gente que no entiende de trabajo no remunerado; cualquier cosa parecida es vagabundería o indigencia.

  

Por: Elbert Coes

Es innegable que la cultura y la política en Colombia no han logrado conciliar, y no lo harán durante mucho tiempo. Cualquier intento en este sentido abrirá más grietas y ampliará la brecha existente desde tiempos inmemorables. Algunos activistas culturales mantienen la fe en el gobierno, en los funcionarios encargados de administrar los activos destinados para el arte y la estética del pueblo. A estos se les debe aplaudir.

No hay alternativas; no existe un mecanismo que permita que este idilio se materialice, que los artistas caminen a ciegas, de espaldas de dirigentes, y que éstos comprendan el sentido del trabajo de la creación. El arte tiene una perspectiva de la realidad visionaria y humanista, a diferencia de la visión que tienen quienes administran los sectores (incluidos los culturales), gente que no entiende de trabajo no remunerado; cualquier cosa parecida es vagabundería o indigencia. A algunos hay que convencerlos a costa de tiempo, con el discurso de intelectuales reconocidos, que entra por 252el oído de una institución y sale por el de otra más corrompida. Por fortuna, los discursos académicos tienen eco en los corazones rebeldes; son estos quienes los repetirán como canción popular a donde quiera que vayan; dicho está: “la savia ha debido agitarse millones de veces antes de que florezca el primer capullo”.

Hay que convencer al político con zalamería o “lambonería”, y tampoco por esto se debe  juzgar al gestor cultural, pues todavía no existen mecanismos de conciliación entre estas dos áreas.

La crítica se funda en la misma razón de siempre, pero hay que decirla una y otra vez (como la savia) hasta que melle. En Pereira se desarrollan foros y se llevan a cabo reuniones entre gestores culturales y postores políticos, previo a las elecciones. La verdad es que en este intento de consenso todo el mundo busca mejorar su calidad de vida (hay unos que desde arriba, desde los lugares más altos de “la cadena alimenticia”, se divierten viendo a los monos alborotarse abajo por una banana. A estos tampoco les importa qué intención tenga uno u otro, mientras mantengan su lugar en lo alto). La cultura tiene el plus de ser humana, de esmerarse porque las necesidades básicas insatisfechas desaparezcan, porque el folclor y los grupos marginados tengan voz. La política usa estos ítems como oportunidades para beneficiarse. Se sienta con los gestores culturales en un bar de la ciudad por estos días para venderles la idea de que con un Acuerdo se puede lograr una contraprestación que beneficie a ambas partes. En últimas, cuando haya pasado la temporada de elecciones y algunos candidatos hayan sido electos, la cultura y sus gestores no solo habrán quedado manivacíos sino también rotulados por otros gestores culturales. Porque hasta en la misma cultura, ¡quién lo creyera!, hay rivalidad. Sin embargo, se debe hacer el trabajo de alianza, porque sin la política no se puede hacer cultura; y la cultura es medio para ejecutar la política; cuando se ejecuta y no cuando se abusa de ella, como ya es habitual.