De modo que, volviendo al cuento del elefante y las bacterias -o del Borbón y mi vecino, como ustedes lo prefieran- resulta por lo menos llamativo que una especie dedicada a exterminar cuanta criatura viviente encuentra a su paso, empezando por sus congéneres, viva todo el tiempo amenazada por un batallón de bichos.

Por: Gustavo Colorado Grisales
Sucedió la misma semana en lugares muy distantes de la tierra. En una pradera africana, un elefante de identidad no revelada hasta ahora murió a manos de don Juan Carlos de Borbón, hidalgo disoluto él, mantenido por sus empobrecidos súbditos, con el pretexto de que le deben el regreso a la democracia. Algunas fuentes dignas de crédito se atreven a aseverar que el animal -digo, el elefante- fue atacado por la espalda o, mejor dicho, por el trasero, y por lo tanto en condiciones de indefensión. Por ahora, los voceros verdes siguen a la espera de los resultados de las pruebas de balística.


En otro sitio del planeta, muy cerca de mi casa en Pereira, Colombia, a un vecino lo fulminó una legión de bacterias mientras intentaba defenderse, armado con un arsenal de antibióticos de última generación desarrollados por una multinacional alemana.

La primera noticia recorrió el mundo, aupada por el vendaval de los medios de comunicación. Ustedes ya saben: los ecologistas se levantaron como una sola voz, protestando por el atropello cometido contra el infortunado paquidermo convertido a su pesar en celebridad. La segunda, en cambio, a duras penas fue conocida por este servidor y ocho gatos que extrañan a su malogrado compañero y a esta hora esperan la solidaridad de los mismos que deploran la pérdida del elefante. Cosas de las redes sociales: Mi vecino no tenía cuenta en Facebook.

Es bien sabido que cuando uno dispone de un excedente de tiempo -plusvalía, llaman a eso los marxistas- corre el riesgo de consagrarse a perseguir damas otoñales, resolver crucigramas, husmear en las vidas ajenas, sumirse en vicios solitarios o abandonarse a la locura. En mi caso, sin desdeñar las opciones mencionadas, que por algo han de tener tantos adeptos, prefiero alimentar el diálogo con los que el columnista cartagenero Wenceslao Triana llama “mis dos o tres lectores”. De paso, un saludo para ese viejo lúcido y lascivo. De modo que, volviendo al cuento del elefante y las bacterias -o del Borbón y mi vecino, como ustedes lo prefieran- resulta por lo menos llamativo que una especie dedicada a exterminar cuanta criatura viviente encuentra a su paso, empezando por sus congéneres, viva todo el tiempo amenazada por un batallón de bichos  –¿será lícito llamar así a las bacterias y los virus?- que ni siquiera son perceptibles a simple vista, pero cuyos efectos pueden estropear desde una cumbre de presidentes hasta un polvo muchas noches aplazado.

Hasta donde recuerdo, los defensores a ultranza de las andanzas depredadoras del Homo sapiens se amparan en una cláusula del Antiguo Testamento que lo reconoce como el rey de la creación y por lo tanto con derecho a cazar incluso elefantes cuando el tedio se apodera de sus tardes inútiles.

De manera que, si ha de existir la justicia en el universo, como afirman algunos idealistas, es de suponer que las bacterias y todos sus parientes disponen de su testamento particular que les da patente de corso para exterminar humanos cada vez que se ve en riesgo su propia supervivencia. Es asunto de justicia que sea así, porque mi vecino amante de los gatos pagaba con puntualidad sus aportes a la seguridad social, empezando por la pensión que no alcanzó a disfrutar. Sin embargo, nada pudo contra esas deletéreas criaturas invisibles que ostentan nombres sospechosamente próximos a los de los personajes de los cuentos de H.P Lovecraft. Necronomicón, o algo parecido, es el nombre de la que lo borró de la faz de la tierra.

Desde ese día, aprendí a mirar a las bacterias y a todos los de su estirpe, con una nueva forma de reverencia. Para empezar, resolví prescindir de los desinfectantes, no vaya a ser que una masacre involuntaria de mi parte desate una reacción en cadena que llegue hasta las antípodas y malogre la carrera de un atleta ucraniano o un genio precoz de la tecnología digital en Singapur. Suficiente con las venganzas que deben estar tramando por cada zorro muerto en las cacerías de la casa real británica, o por las ballenas destripadas por los traficantes en el mar del Japón. Pero reconozco : Jamás imaginé que el sutil equilibrio de fuerzas entre grandes y chicos podía alcanzar tales dimensiones