Ante la posibilidad de enfrentar la nada, la libertad y la angustia de elegir, siempre está la tentación de permanecer en la mala fe. Aunque ello implique haber pasado por la vida sin conocer el precio de la libertad

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

Vivimos en el engaño, tratamos de ser lo más sinceros posibles con nosotros mismos, en vano. Porque el ser humano se hace a partir de la mentira o, más exactamente, a partir de una mala fe.

Edificamos falsas imágenes de lo que somos a lo largo de la vida, buscamos mantenerlas como monumentos incorruptibles y eternos para evitar la angustia de confrontarnos a nosotros mismos; preferimos habitar la mentira.

Para entender el problema de la mala fe es necesario pensar primero la idea de libertad. Sartre ofrece algunas claves de este problema en su libro El ser y la nada. Ahora bien, somos libres, no hay una estructura que configure de antemano lo que somos, nuestra conciencia no está determinada.

En cualquier punto, tanto mujeres como hombres pueden cambiar de rumbo, elegir un destino, romper con la tradición; sin embargo, estas elecciones no son gratuitas, la libertad es angustiante, porque pone en juego lo que somos y queremos ser. Ser libres, en palabras del filósofo francés, termina por ser una condena.

Así, la libertad es una apuesta que se da a pesar del sufrimiento, es decir, elegimos a sabiendas de las consecuencias. De ahí que ser un sujeto libre no sea una tarea fácil; en realidad, son pocas las personas que pueden darse el lujo de vivir en libertad, asumiendo sus decisiones, enfrentando las consecuencias, el dolor y la satisfacción de elegir lo que realmente son.

Se puede ver, entonces, a aquella mujer que decide romper con la imagen de pareja que tiene, acabar con el pasado de figuras masculinas fallidas que han compartido su existencia y que solo repiten el patrón del fracaso. No solo está dando un paso al costado, también pone en tela de juicio esa imagen tradicional que tiene de sí misma, alejándose de esa representación que parecía tan sólida, pero que solo es una imagen entre muchas que puede tener.

No obstante, alejarse de esa imagen que ha construido y le han construido no es fácil, implica romper con un presente, pasado y futuro. Esta identidad que se desmorona con la decisión de elegir algo diferente y salirse de la vía, no viene sola, trae consigo la angustia.

Esta angustia es la otra cara, necesaria e implacable de la libertad. Ya que pone a los sujetos sobre el vacío, no hay punto de referencia, la identidad se pierde y está a la deriva, sin determinación u horizonte posible.

¿Por qué la libertad es angustiante? Sencillamente porque la responsabilidad de elegir pone en juego lo que somos, ese bloque de ideas y creencias que hemos construido. Podemos elegir y enfrentar las consecuencias o, como una paradoja de la vida, huir de la libertad.

La forma que toma esta huida ante la angustia y la libertad es llamada por Sartre mala fe. Esta actitud del hombre es fundamental, ya que consiste en la forma de enmascarar una verdad que le resulta desagradable. Esto puede tomarse como un error de la conciencia; sin embargo, resulta fundamental comprender esa capacidad que tiene de negarse a sí misma.

Si la conciencia se oculta a sí misma, es decir, no es transparente, quiere decir que no está determinada, que puede huir o construirse a partir de lo que hace. Un hombre puede afrontar un fracaso como una muestra de sus errores, ver sus falencias y flaquezas, ponerse en cuestión y rearmarse a partir de la derrota. O también puede ignorar aquellas señales y reafirmarse en sus creencias, para considerar que su actuar es perfecto, que nada falla en él (mala fe), lo que falla es el mundo.

También la mala fe puede servir para comprender aquel hombre que seguro de sí mismo ignora que sus actos y palabras anulan al prójimo. Detrás de la superioridad “intelectual” se haya un deseo de avasallar y ocultarse al mismo tiempo. Se construye la imagen del hombre culto que solo opina y es sincero; en realidad, es el hombre que quiere despojar al otro de cualquier importancia, ridiculizando o infantilizando. La mala fe aparece en aquellos intelectuales de café que terminan por ser pequeños tiranos.

¿Qué verdad puede enmascarar esta actitud? En realidad, nadie puede saberlo, solo podemos especular y decir que detrás de esa forma de ser que implica la negación del otro se halla quizá una prueba del malestar que comportan contra sí mismos aquellos hombres que ignoran al prójimo. Al no poder encontrarse se configuran como una gran negación de sí mismos y los demás.

Sartre dirá. de una manera que podríamos considerar poética, que hay hombres “cuya realidad social es únicamente la del No, que vivirán y morirán sin haber sido jamás otra cosa que un No sobre la tierra”. Allí se instalan aquellas personas que viven en una negación permanente de lo que son y nunca dudan de esa certeza.

En este punto hay que confesar que la mala fe es inevitable, es imposible vivir en un estado permanente de transparencia con uno mismo. El juego, por decirlo de alguna manera, radica en saber que podemos ir a través de estados de angustia y mala fe, elegimos y nos ocultamos de una u otra manera.

El error en que muchos caen está en permanecer en las cavernas de la mala fe ignorando lo que somos; aunque al final se descubra que no somos nada de lo que pensábamos, que lo que somos está en otra parte, en un no-lugar, que somos un juego de representaciones donde unas duran un poco más que otras, pero en el fondo no hay nada.

Ante la posibilidad de enfrentar la nada, la libertad y la angustia de elegir, siempre está la tentación de permanecer en la mala fe. Aunque ello implique haber pasado por la vida sin conocer el precio de la libertad.

ccgaleano@utp.edu.co