Según el historiador holandés Frank Westerman, en la Unión Soviética, mientras las obras hidráulicas que fracasarían en un futuro se ejecutaban, el régimen se encargó de hacer famosa una esperanzadora canción que decía: «Los ríos soviéticos van / hacia donde los bolcheviques sueñan».

 

Por: Antonio Gómez

En las mediocres clases de Historia que se dictan en los colegios de un país como Colombia, enseñan que las primeras civilizaciones surgieron justo a las orillas de los grandes ríos Tigris, Éufrates, Nilo y Yangtzé.

Pero curiosamente, y esto es algo que los profesores suelen ignorar, o peor aún, omitir, el empujón civilizatorio manifestado a las orillas de estos cuerpos de agua hace unos 10.000 años, fue coadyuvado, entre otras cosas, por formaciones políticas despóticas. Desde el minuto cero de la Historia del Homo Sapiens Sapiens, cultura y barbarie fueron casi sinónimos.

Tuvieron que pasar muchos siglos para que alguien se diera cuenta de que los complejos sistemas hidráulicos surgidos alrededor de estos ríos sólo podrían originarse gracias a la “mano dura” de gobiernos despóticos. Fue Karl Marx quien lo mencionó brevemente en un pequeño libro llamado Formaciones económicas precapitalistas y, posteriomente en el siglo XX, el historiador alemán Karl A. Wittfogel ahondaría mucho más en esta tesis en un libro llamado Despotismo oriental.

Wittfogel demuestra que el control de los ríos les confiere a los gobernantes un poder excesivo sobre los cultivos, en caso de que se trate de sistemas de regadío, y sobre la energía que se origina en las presas. Además, la construcción de estos sistemas es tan monumental que suele ir acompañada de mano de obra esclava. En suma, aquellas “sociedades hidráulicas”, como las llama el autor, suelen estar gobernadas por dictaduras.

El primer régimen político que prometió erigirse a partir de las enseñanzas de Marx, fue uno de los tantos que también cayó en la tentación hidráulica.  Fueron varios los proyectos que fracasaron en la Unión Soviética y que conllevaron, por sólo poner un ejemplo, a la desaparición del mar de Aral. Muchas de las represas y canales construidos durante el régimen de Stalin se erigieron gracias a los opositores políticos condenados a trabajos forzados.

A la par que iban apareciendo todos los daños ambientales provocados por estas construcciones, empezaban a escribirse una serie de libros que magnificaban las obras del régimen de Stalin. En esa lamentable “literatura hidráulica”, a medio camino entre historiografía sesgada y periodismo oficialista, se encuentran libros como El canal Stalin Mar Blanco-Mar Báltico, una obra colectiva dirigida por Máximo Gorki,  Kara Bogaz de Konstantin Paustovsky o Dzhan de Andréi Platónov (una libro que a pesar de ser modificado en varias ocasiones por el autor, no logró pasar los filtros de la censura soviética).

Hidroituango es un ejemplo contundente que le da la razón a Marx. La sola decisión de inundar el cuarto de máquinas representa un impacto que puede costar 150 millones de dólares, además de los más de 1.5 billones de pesos de sobrecostos que, se cree, fueron destinados a pagar coimas. Eso sin contar la desaparición de la memoria de los desaparecidos del conflicto armado en la región, la persecución a los líderes sociales de la zona y la destrucción del ecosistema. Unas cuantas personas reducen tantas tragedias humanas a meros efectos colaterales. Eso se llama despotismo.

En este país hay cierto despotismo recatado y quienes lo detentan hablan con acento campechano, visten sobriamente (como queriendo demostrar que son como nosotros) y dan diagnósticos optimistas, incluso en las situaciones más catastróficas.

Sin embargo, desde sus oficinas son capaces de tomar decisiones que afectan negativamente a miles de personas. Para estos déspotas todo siempre ha estado bien. Es curioso. Según el historiador holandés Frank Westerman, en la Unión Soviética, mientras las obras hidráulicas que fracasarían en un futuro se ejecutaban, el régimen se encargó de hacer famosa una esperanzadora canción que decía: «Los ríos soviéticos van / hacia donde los bolcheviques sueñan».

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