Infantil recomendación de una novela

Cesar canoEl secreto del mañana: que no hay secreto, que el futuro es el triste proceso de los días. Que nos salva es el intento de que este día algún día se recuerde, de que alguien lea estas palabras, o el libro, o ambos.

Por: César Alberto Cano

Hay historias que se quedan como un nudo en la garganta. Hay hombres que saben desatarse y hacer de ese enredado lazo un puente. Un puente para llegar al otro lado de nosotros. Un puente con los fuertes cimientos de la imagen y que sostiene a las palabras.

Hay historias, desatadas por las páginas, que, por particular forma de narrarlas, son prácticamente imposibles para referirse a ellas, y más para un joven aspirante a viejo como yo. Si mucho, puedo referirme al nombre y al autor (La caverna, de José Saramago), y a lo que causó en mí, siendo como soy, lector ingenuo, que piensa, mientras lee, que la novela fue escrita para él.

Quiero pues que esto que hoy escribo, no sé por qué ni qué razón me motiva a hacerlo (quizás porque la historia se quedó rondando en mí, susurrando cosas), sea como entregar el libro a las manos de un amigo, diciendo, Ten y que ojalá te sirva (¿Qué si de verdad lo presto? Sí, seguro que lo presto… yo también lo robaría).

Creo que es mi infantil amor al arte lo que seguramente impulsa cada dedo a presionar las teclas. Como si quisiese compartir con cualquier persona una doloso adiós forzado que no quería decirle al libro. ¡Quiero continuar, es eso! Mantenerlo siempre vivo, y un libro vive, nuevamente, cuando alguien deja descansar en él sus ojos, la horrible certidumbre de ver las mismas cosas.

Porque ¿qué motivaría a Saramago a escribir esta novela? Qué más sino un anhelo pálido de cambiar un par de vidas. De decirnos que vamos por el dichoso camino que va a ninguna parte. Que vemos sólo sombras proyectadas en un muro. Para enseñarnos el placer del barro siendo amasado en nuestras manos y su espontánea fiesta al abrazar el fuego; nuestro eterno juego de ser dioses; que el llano nunca cesa; que las palabras nunca alcanzan y son tan necesarias como ese otro idioma que es silencio.

Abrir un libro es abrirnos a nosotros, es encontrar, como dice Octavio Paz sobre el poema, algo que habla de nosotros. Es nuestro silencio solitario acompañándonos. Y más en estos tiempos, de rítmico desorden de los días, donde siempre está creciendo la mentira, abrir un libro es ser rebelde. Es hacerle zancadilla al aburrido transcurrir del mundo, entorpecer su paso, verternos en la fuente real de las arenas del verdadero tiempo. 

Apreciarnos en los otros seres, dotados o no de humanidad, que, como se piensa generalmente, no hacen parte de nosotros. Esto nos dice la novela. Y también nos da el secreto del mañana: que no hay secreto, que el futuro es el triste proceso de los días. Que nos salva es el intento de que este día algún día se recuerde, de que alguien lea estas palabras, o el libro, o ambos. Lo que nos salva es engañarnos con las cosas simples: con el amor de un perro, con el reposo a la sombra de un árbol conocido o desconocido, con el transparente espejo del amante, con que podemos entendernos.

Y que el otro engaño, el del progreso, sólo es un fantasma. Un espantoso monstruo levantado sobre los abismos. Un vil camino a la felicidad postiza.

Yo prefiero quedarme de este lado  y que cualquier persona, cualquier día, diga de nosotros como dice el narrador de los protagonistas: “Se sentían bien, a pesar de la tristeza, se sentían casi felices, de esa melancólica manera que la felicidad, a veces, escoge para manifestarse”.

Prefiero engañarme así. Leyendo una novela, escribiendo una nota que quizás no lean, esperando que alguien confiese, como yo, después de leer a Saramago: Hoy me siento un poco más humano.