Inocencia armada

No hay algo que me cuestione más que las vidas de estos niños. No hay cosa que me angustie más que la realidad que van a tener que enfrentar en una sociedad que discrimina al que se ve distinto, al que se viste diferente y al que ha tenido que vivir una vida más fracturada por la desigualdad de oportunidades. Y es que nada hay más cruel que el rechazo por la diferencia.

 

DIANA CAROLINA GOMEZPor: Diana Carolina Gómez Aguilar

Sin duda, la manera como se vive la infancia determina muchos de los rasgos de la personalidad de un adulto: sus grandes miedos, su carácter y sus creencias. Aunque es obvio que estas cosas cambian, mutan y evolucionan con el paso del tiempo, este es el primer acercamiento que se tiene con la cultura propia del territorio donde se nace y es, definitivamente, una etapa protagónica en la vida de todos.

Cotidianamente escucho anécdotas de amigos y familiares a quienes un hecho u otro los marcó para siempre. Algunas historias son jocosas, otras son curiosas, incluso tristes; pero ninguna ha sido ajena a mi propia realidad. Todos somos gente de clase media, hijos de parejas luchadoras o de madres cabezas de hogar, o de hombres y mujeres que se amaron una vez pero dejaron de hacerlo y decidieron separarse. Todas han sido historias de mi ciudad, un lugar donde no siempre ha sido fácil vivir pero donde nunca, ni mis seres queridos ni yo, hemos experimentado el miedo y el calvario de la guerra.

En mis navidades el anhelo más grande era reunirme con mi familia completa y compartir comida y regalos. Muy distinta debió ser esa época del año para los 13 niños que el pasado sábado fueron entregados oficialmente por las Farc-EP al Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) como parte del cumplimiento de los acuerdos pactados el pasado 15 de mayo en La Habana; donde las dos partes negociadoras representantes del Gobierno y de las Farc llegaron al compromiso de devolverles a los niños reclutados la oportunidad de reintegrarse a la vida civil.

No hay algo que me cuestione más que las vidas de estos niños. No hay cosa que me angustie más que la realidad que van a tener que enfrentar en una sociedad que discrimina al que se ve distinto, al que se viste diferente y al que ha tenido que vivir una vida más fracturada por la desigualdad de oportunidades. Y es que nada hay más cruel que el rechazo por la diferencia.

¿Se han puesto a pensar cómo va a ser la vida de un niño que hasta ahora respiró un ambiente únicamente de guerra y crueldad? ¿Qué cosas pueden haber quedado marcadas en la vida de unos niños que fueron incitados, persuadidos u obligados a ir a la guerra? ¿Cuáles pueden ser sus mayores miedos, anhelos, traumas, dolencias, deseos? Definitivamente entre ellos y nosotros -que estamos acá, en nuestro computador portátil o nuestro smartphone opinando sobre los problemas actuales del país y debatiendo a través de redes sociales nuestro voto en el plebiscito- hay una brecha enorme en cuanto a lo que a derechos humanos respecta. Si bien nosotros hemos sido víctimas de gobiernos corruptos, de una sociedad discriminatoria y que perpetúa la inequidad en todas sus formas, no podemos ignorar que las vidas de los niños de la guerra son, en definitiva, un tanto más complejas.

Niños que en muchos casos han tenido que presenciar los asesinatos o desapariciones de los seres que más han querido o que más los han querido; en otros casos han sido ya maltratados en primer lugar por sus padres biológicos, explotados por sus parientes más cercanos y ‘socorridos’ por quienes les muestran los ejércitos atroces como el único resguardo posible en sus momentos de desamparo.

Infancias invadidas por la necesidad de venganza, por el miedo, la incertidumbre, la desazón, la ignorancia, las falsas promesas, las ilusiones rotas, los anhelos de haber tenido una vida distinta, la rabia de no haber podido tener un paisaje distinto al de las armas y la sangre corriendo por las selvas y calles de sus territorios, de haber tenido que ser obligados a la cosa más cruel a la que puede ser obligado un ser humano: a matar a otro.

Lo que estos y todos los niños de Colombia necesitan es una sociedad que trabaje por dejar a un lado el egoísmo, la hipocresía, la doble moral. Todos necesitamos una sociedad que piense la paz como una oportunidad seria para construir un país sin brechas sociales, con más oportunidades de empleo y educación. Que si bien el proceso de paz con las Farc no es perfecto y nuestro país tampoco lo será, un cambio en nuestra idiosincrasia no nos caería nada mal. Que la palabra paz no nos haga sentir incrédulos, dudosos y apáticos, sino que por el contrario, nos motive a aportar en su construcción.

Seguramente esto puede hacer que, paulatinamente, dejemos de buscar siempre la caída del otro y concentremos nuestros esfuerzos en propuestas de país que aporten a la construcción de una nueva Colombia donde los niños solo estén armados de educación con calidad y grandes oportunidades de desarrollo.