Internet, país de nuevos ciudadanos

El cibernauta se convierte en un esclavo de su voluntad por el principio de placer que suscita lo novedoso e in.  Desde Ned Ludd, y los apuntes agudos de los sociólogos apocalípticos como France Telecom, Alvin Toffler y otros, se ve el naciente siglo como el del hombre-máquina.

 

Por: Diego Firmiano

Nada hay más democrático, incluso que la democracia clásica, que internet. Si se mira desde un punto de vista general, no se puede dejar de apreciar un mundo orwelliano, homogéneo, que no dista mucho del funcionamiento real de cualquier país: moneda, bancos, mapas, leyes, policía, tiendas, etc.  En idea, se puede concebir también internet como un lugar de caos y anarquía, sin embargo, igual que en el mundo real, y sin ser acusado de teórico, todo aparente orden y libertad dentro de la gran araña digital es intencional y para mantenerse como tal debe estar vigilado.

Ya la obediencia, o sumisión de los ciudadanos, no se logra por el castigo o terror propio de los aparatos de Estados, sino por la promesa de placer, por la invitación a probar, a acceder, a hacer uso de la libertad humana.

La sociedad ya no funciona por encierro sino al aire libre, por control continuo y comunicación instantánea. Sin embargo, este concepto de libertad dentro de lo digital es tan condicionado, como la de un ratón en un laberinto. No es la elección de “lo que quiero, cuando quiera, si quiero”, sino una elección fatal, ilusión volitiva de doble rasero si se quiere decir de alguna forma, porque es internet el medio más adaptado a la ideología que preconiza el fin de la historia, no la de Francis Fukuyama, sino la desaparición de las fronteras territoriales e individuales.

Los sentidos humanos parecen incompletos y sin uso adecuado sin la extensión digital celebrada por los mass-media. En esto Marshall McLuhan se convierte en el profeta mayor que vaticina, pero también previene. El sociólogo sugiera que se ha transcendido del mundo tribal de usar el oído, a la modernidad individualista de usar el ojo.  En otras palabras, internet, como la extensión sensorial del hombre, pero no en el mero uso de un brazo, un ojo, el oído, la piel, etc, sino en la correlación teléfono: oído, boca; televisión: ojo, oído; computadora: ojo, oído, manos, boca.

El cibernauta se convierte en un esclavo de su voluntad por el principio de placer que suscita lo novedoso e in.  Desde Ned Ludd, y los apuntes agudos de los sociólogos apocalípticos como France Telecom, Alvin Toffler y otros, se ve el naciente siglo como el del hombre-máquina. Desarrollo planetario digital donde se fusiona el hombre y lo multimedia, no muy distante de la narrativa de anticipación de R. Bradbury o I. Asimov. Aunque Alain Finkielkraut, que se resistía a la homogenización del individuo en “Internet, el éxtasis inquietante”, aseguraba que:

Nuestra evolución en la Red corre el serio riesgo de traer aparejada una evaluación ininterrumpida, y con ella, una perpetua actualización de nuestro perfil de ciudadano o de consumidor… [] Entonces, muy pronto quizá ya no exista el derecho a borrarse o a existir sin dejar rastros. Habremos conquistado todos los derechos y perdido el derecho a la discreción.

Fronteras que ya no tienen paralelos. Si un régimen político es una idea aceptada sin explicación alguna, más que por las teorías de Max Weber y los intereses económicos expuestos por Adam Smith, internet es una ideología que se acomoda a otras ideas aceptadas sin ningún juicio. O si se quiere usar otra jerga, internet es una nueva fe.