Invocaciones al dudoso silencio

A propósito de la divulgación de la amplia introducción del libro Ensayos sobre el silencio. Gestos, mapas y colores, de Marcela Labraña, surgen estas reflexiones sobre algo que pareciera antinatural en una sociedad dominada por todos los ruidos.

 

Por: Iván Rodrigo García

El silencio es imposible, no existe ni como suceso físico ni como estado mental. En el universo, el ruido vibra por doquier. La conciencia es un bullicio constante. Para la conciencia, todo tiene sentido y significado. No se puede no sentir, y sentir lo que se siente es ya un sentido y un significado. El silencio es un concepto, uno de esos sentidos y significados y, según esa introducción, el libro parece ser una buena guía para aprehender/aprender a oír/sentir el sonido de las palabras. En fin, el silencio es un deseo de que por un momento toda actividad se detenga y se apaguen ese ruido y ese bullicio para que la mente y la materia descansen. Eso es la muerte, pero metafísica, porque ni materia ni energía descansan.

En medio de tantos silencios que son carencia y vacío, eché de menos ese silencio que es abundancia y plenitud: el elocuente silencio de los amantes. La carne que se hace palabra.

En el caso de la poesía, la comunión comienza en una zona de silencio, precisamente cuando termina el poema. Podría definirse al poema como un organismo verbal productor de silencios. En la fiesta -pienso, ante todo, en los ritos y en otras ceremonias religiosas- la fusión se opera en sentido contrario: no el regreso al silencio, refugio de la subjetividad, sino entrada en el gran todo colectivo: el yo se vuelve un nosotros. En el amor, la contradicción entre comunicación y comunión es aun más patente (Octavio Paz, La llama doble).

El éxtasis erótico es Uno y Todo y para nada sin forma ni contenido, es, precisamente, forma y contenido y mucho más… pero ese es otro sentido. Sino que lo digan Teresa y Juan. Ya lo había dicho Platón en Fedro y Banquete y luego, el fundador del neoplatonismo: El deseo es lo que engendra al pensamiento”, Plotino.

Y luego, Bruno, Spinoza, Nietzsche y tantos otros, hasta ahora que las neurociencias cognitivas lo exploran desde la evolución natural y cultural. La metáfora encarnada.

Pero también, las palabras son el ruido que todo lo distorsiona, en contra de aquellos que son adoradores fanáticos de las palabras. Las palabras son apenas códigos de memoria, pequeños ruidos de bips que no dan sentido a nada hasta tanto se llenen de cuerpo, de sentimientos, de sonidos musicales. Los sentimientos generan el sentido. La música llena el silencio, no las palabras. Mejor dicho, al contrario de lo que dice la autora, las palabras nada tienen que ver con el silencio, apenas sí se inventan una improbable explicación del Ser o no ser.

Por mi parte, pienso que los hermeneutas y los filósofos del lenguaje y de la comunicación, me parece, no entienden del silencio. Ellos mismo son pelotera y ruido. Al contrario, por allá en un ensayo, Peter Sloterdijk, habla de la “esfera acústica”, todo lo contrario del ruido de aquellos, pues se trata del ámbito o distancia en la que las personas se pueden escuchar unas a otras y lo que eso significa como “común unidad” o común hábitat o lugar de acogida y refugio y protección …

¿Suenan las palabras cuando se las piensa? Habría que preguntar a Wittgenstein.

Esa introducción es apenas un aperitivo para un libro cuyo índice promete desvelar misterios insondables de la literatura que hay que conocer. O, para ser más práctico, un alarde de erudición como un gran banquete de cientos de ofertas y promesas de delicias literarias. Cada una tan estimulante como la anterior o la siguiente. Estimular, es decir, invitar a llenarse de música… igual que quien contempla una bella obra plástica. O, por el contrario, como los tres monos célebres: ni oír ni ver ni decir.

Al final, la lectura de esta introducción deja la sensación haberse tragado una orquesta o sería mejor decir, una papayera, como en el viejo chiste de por qué suena el río o del refrán: cuando el río suena …

En mi caso, me es difícil callar o silenciar estas provocaciones y sentimientos.