Cabe resaltar que el abuelo, que ya pasaba los 70 años, disfrutaba de realities shows en donde se le veía tan contento como en ningún otro momento del día, efecto probablemente dado por las jóvenes con poca ropa que salían el 90% del tiempo…

 

Por: Víctor Salazar

-A la final yo soy libre –respondió el acusado que se notaba sereno hablando desde su silla con las piernas cruzadas al igual que sus brazos–. Si hablamos en sus términos sí podemos decir que soy culpable, pero se jodieron porque desde mi perspectiva eso es inviable ya que yo no puedo sentir culpa y es ella la que condena, como decía mi abuela que en paz descanse -remató mientras se echaba la bendición-.

 

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Steven Patiño, joven inculpado de homicidio y amante de la vida en la naturaleza y el campo – aunque nunca la ha vivido- asegura que padece una condición que él denomina “hipersensibilidad auditiva” o gadejo: ganas de joder, como decía su madre.

Este padecimiento sería tolerable en aquel ambiente de una casa en las montañas en donde lo monótono de la naturaleza nos lleva a adentrarnos en nosotros mismos, a diferencia de la monotonía de la ciudad que nos incita a entregarnos a los demás. En este caso, como en muchos otros, las mejores opciones se hacen evidentes, pero inviables, porque aún teniendo la opción de la vida campesina, Steven vive en una casa ubicada en algún intento de ciudad que es más bien un caserío que se cree lo último en guarachas.

En esta casa, hecha en la mayoría de sus divisiones internas de finas paredes de yeso y que en lugar de puertas tiene cortinas que sirven para lo mismo que la división en madera de los dos pisos en la casa: pa´ ni mierda porque todo se escucha. Sin embargo, los habitantes de esta casa –incluidas las 7 personas que vivían allí además del acusado y dos gatos– oían todo lo que sonaba tras los intentos fallidos de muros, pero actuaban como si no.

Las personas vivimos entre velos que sirven como pajazos mentales para evitar afrontar muchas realidades, en el caso de nuestro condenado se puede decir que vivía entre paredes de mentiras que le permitía emular la privacidad y el silencio que tanto anhelaba, pero en últimas debía lidiar con las vidas de sus familiar que estaba destinado a escuchar por siempre, de la misma manera que todos vivimos entre mentiras de muchos otras formas, como los amantes que saben que su historia de amor está adscrita al fracaso, mas se convencen de una eternidad a la que ningún polvo le ha dado la talla, básicamente porque han sido educados para sentir así.

A diferencia de los gatos, la familia de Steven gozaba de un impetuoso o tal vez perezoso gusto por ver televisión, además de comentar los diferentes programas que se solían ver en las 5 pantallas distribuidas por toda la casa en donde se generaban constantes disputas por ver quien le subía más al volumen –batalla que naturalmente ganaba el abuelo por su sordera en desarrollo–.

Cabe resaltar que el abuelo, que ya pasaba los 70 años, disfrutaba de realities shows en donde se le veía tan contento como en ningún otro momento del día, efecto probablemente dado por las jóvenes con poca ropa que salían el 90% del tiempo, lo que por otra parte disgustaba a la abuela solo unos años mayor que su esposo, llevándola a aprovechar, sin escatimar en daños, esa voz fuerte que siempre la había caracterizado –así como unas habilidades indiscutibles para echar cantaleta, para dar largos sermones que Steven intentaba ignorar al igual que muchos otros monólogos, conversaciones por celular, ronquidos y algunas cosas más que provenían de las habitaciones de sus primas, lo cual no le molestaba tanto–. Siempre terminaba por ser una tarea imposible de lograr sin importar en qué lugar de su casa estuviera.

 

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  • ¿Entonces admite usted, Steven Patiño, que asesinó a sus padres Edgar Patiño Zapata y Diana Carolina Carmona Jiménez; a sus abuelos maternos Jorge Carmona Toro y Luz Marina Jiménez Zuluaga, al igual que a su tía materna Mariana Carmona Jiménez y su esposo e hijas Alberto Herrera Taborda, Valeria Herrera Carmona e Isabella Herrera Carmona?
  • ¡Qué sí hombre!, hace rato lo admití y me da lo mismo su condena, también llevo rato diciendo que soy libre aunque mi cuerpo no lo esté. La que no pierdo la empato –continúo diciendo– pero…
  • ¿Pero qué? –preguntó el juez que se percató de la repentina mirada perdida de Patiño–.
  • -Pero hay algo que me inquieta –retomó como si nada hubiera pasado–.
  • ¿Y qué es lo que le inquieta?
  • Usted sabe que llevo varios días recluido en un calabozo de la Fiscalía que, como también sabrá –respondió con fluidez tras haber previsto este momento en el resguardo de su celda– es una edificación bastante sólida que aísla completamente el ruido, por supuesto unas condiciones muy agradables a diferencia de mi casa. Este es un lugar para encerrar personas y censurar voces.
  • Señor Patiño, sigo sin entender su punto –replicó el juez–, que esperaba contarle a sus amigos sobre el asesino que la policía encontró acostado en su habitación tranquilamente mientras todos los miembros de su familia reposaban frente a las pantallas de televisión de la casa sin lengua ni ojos, con el televisor en mute. Cuando los policías lo encontraron y preguntaron por la razón de los hechos, el asesino respondió: la tranquilidad es lo más importante en la vida, qué visaje que yo la encontré en la muerte.
  • Pille pues, la cosa es esta –terminó por decir– mi familia… aún escucho sus voces, aunque esté entre paredes de verdad.