Janis o el dolor

Cincuenta años después de su muerte el resultado de esa osadía todavía nos pertenece: un puñado de canciones como coronas de espinas que nos redimen y hacen menos amarga nuestra propia dosis de dolor.

 

Por / Gustavo Colorado Grisales     

I remember you well in the Chelsea Hotel

You were talking so brave and so sweet

Giving me head on the unmade bed

While the limousines wait in the street

Those were the reasons and that was New York

We were running for the money and the flesh

And that was called love for the workers in song

Leonard Cohen. Chelsea Hotel

Hay seres que cruzan por la vida con alas en los pies. Son criaturas aéreas que parecen tocadas por la gracia.

Otros, en cambio, desde el nacimiento hasta la muerte arrastran pesadas cadenas. El suyo es un destino de penas y olvidos.

Pero existen otros -pocos, en verdad- capaces de volar acarreando su fardo durante un breve tiempo antes de hacerse remolino de fuego y desaparecer en su propia nada .

Para ellos la vida es una herida de muerte. Camino calcinado.

Son como esos insectos que nacen al llegar la noche y mueren al despuntar el alba. En ese tránsito alumbran la trayectoria de otras criaturas minúsculas y a menudo invisibles.

Así ha transcurrido la vida de muchos artistas. Sobre todo músicos y poetas. Rimbaud, García Lorca,  Sylvia Plath, John Keats, Percy Bisshe Schelley, Mozart y Schubert pertenecen a esa estirpe.

Entrados en el mundo del rock, abundan los músicos que murieron muy temprano, acaso para  validar la sentencia aquella de que “los favoritos de los dioses mueren jóvenes”

Aunque sospecho que, en el caso de Janis Joplin, hasta los dioses se olvidaron de ella.

Se pasó su breve e intensa vida buscando el amor, mientras los hombres sólo querían  “el dinero y la carne”.

Fue una estrella fugaz en el firmamento de esa generación que atravesó los  años sesenta en medio de muchas alucinaciones: la del horror atómico,  la del sexo sin fronteras, la de la guerra de Vietnam, la de las revoluciones traicionadas, la del ácido lisérgico.

Nacida en Port Arthur, Texas, un 19 de enero de 1943, en plena Segunda Guerra Mundial,  a edad temprana conoció la música de Bessie Smith, Ma Rainey y Lead Belly. Ellas la condujeron a las profundidades del cancionero de Big Mama Thornton. Por eso, al despuntar la adolescencia ya estaba dotada de los elementos básicos para  convertirse en lo que los empresarios, necesitados de etiquetas, resolvieron llamar  “La reina  del blues blanco”. Bastante poca cosa para la complejidad y hondura de su vida y obra. Esa fue la personalidad que le tocó llevar a cuestas  al frente de bandas con nombres como Big brother and the holding company,  Kozmic blues band o Full tit boogie band.

 

Llora, nena, llora

El día que se estrenó frente a un público el mundo supo de qué materia estaba hecha esa mujer indómita. Sus canciones, su voz, su manera de moverse eran dolor en estado puro. Las lágrimas que corrían por sus mejillas cuando cantaba no eran simple puesta en escena: eran  el lenguaje de su herida, abierta desde el día que nació, allá en Port Arthur y avivada día tras día por todas las formas del desprecio.

Por eso cantaba de esa manera. Para conjurar, para tratar de conjurar unas penas que eran las de su propia generación atormentada. En los documentales de sus conciertos uno puede ver gente en trance, arrastrada por la fuerza telúrica de esta suerte de bacante, de Erinia que encontró en  la fusión del blues y el rock and roll  el ritmo y las palabras precisas para expresar su desazón.

Para la época, como tantas otras cosas de la vida, la escena rock era controlada por machos alfa enganchados en una orgía perpetua de música, drogas y sexo en la que las jóvenes admiradoras hacían el papel de vírgenes vestales.

Ninguna como Janis supo plantarles cara, y eso le costó lo suyo: el desprecio por ser un patito feo, una intrusa en la horda de los ganadores. De cualquier manera, un crimen imperdonable para una sociedad sostenida en vilo sobre el culto a la imagen del bello y triunfador.

En esa lucha se hizo liviana de alma y cuerpo: al final del camino llegó a pesar sólo treinta y cinco kilos, a fuerza de drogas, desolación y alcohol.

Tiempo de verano

A modo de respuesta Janis se abandonó al vértigo. Sabía que disponía de pocos veranos antes de perderse en las brumas de su invierno -y de su infierno-.

Así que sacó fuerzas del  fondo de su alma, es decir, de su historia personal, y se proyectó hacia lo alto arrastrando sus cadenas.

Cincuenta años después de su muerte el resultado de esa osadía todavía nos pertenece: un puñado de canciones como coronas de espinas que nos redimen y hacen menos amarga nuestra propia dosis de dolor.

Eso lo supo muy bien el gran poeta Leonard Cohen, uno de sus amantes de ocasión, cuando, asomado a la desnudez de su cuerpo y de su alma, le dedicó Chelsea Hotel, la canción que le hizo justicia a esa eterna niña asustada, convertida a su pesar en sacerdotisa de los peregrinos del desencanto.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada