La verborrea mediática alrededor de la figura de Donald Trump parece olvidar esos principios. Cada vez que el magnate pronuncia una palabra corren a multiplicarla en noticias, artículos de opinión   y entrevistas, obrando así a modo de caja de resonancia.

 

GUSTAVO COLORADO IZQPor: Gustavo Colorado Grisales

En una de sus muchas acepciones, el verbo seducir significa engañar, embaucar, enredar.

Nunca tan bien aplicado ese sentido como en los terrenos del sexo y la política.

El político y el Don Juan son diestros en decirle al objeto de su deseo lo que este quiere oír.

Por eso manipulan con talento de prestidigitador los miedos, anhelos y expectativas del potencial elector o amante. Sobre esa base elaboran un discurso cuya clave es la promesa de placer, bienestar o seguridad.

Una vez consumado el hecho, ambos, Don Juan y político, emprenden la retirada.

Es entonces cuando el interpelado- elector o amante- advierte y denuncia el engaño. El primero se convierte así en opositor y el segundo en despechado.

En realidad no hay nada nuevo en todo esto: es el viejo y conocido juego de manos del poder.

Conocedor de esas claves, Maquiavelo formuló sus célebres recomendaciones a los príncipes de su tiempo.

Los modernos expertos en publicidad y mercadeo político redactan sus discursos atendiendo a esas mismas lógicas: la latente necesidad humana de una promesa inspira sus contenidos.

La verborrea mediática alrededor de la figura de Donald Trump parece olvidar esos principios. Cada vez que el magnate pronuncia una palabra corren a multiplicarla en noticias, artículos de opinión   y entrevistas, obrando así a modo de caja de resonancia.

En realidad, el candidato republicano no ha necesitado invertir mucho en publicidad: le basta con atacar a alguien para que sus aparentes opositores se encarguen del resto.

Es el mismo truco del expresidente Uribe en Colombia: sus asesores de prensa saben que cuanta sandez ponga en twitter será replicada al instante por columnistas y caricaturistas, devenidos promotores de imagen del hoy senador.

Pero volvamos a la campaña electoral en los Estados Unidos. De multimillonario excéntrico, Donald Trump pasó a ser el gran desafío para algunos demócratas -otros se le parecen bastante- y para lo que sobrevive de la izquierda ¿Su clave? Atender las recomendaciones de sus asesores cuando lo conminan a encarnar la parte más instintiva del ciudadano Wasp: xenofobia, racismo, pasión por las armas y expansionismo a ultranza. Como pueden ver, no se necesita ser un genio para eso: basta con pulsar un miedo aquí, un prejuicio allá y tenemos un candidato exitoso.

Un candidato, no un presidente. Como bien lo han advertido algunas mentes lúcidas, en caso de obtener el aval de los electores, Trump no tardará mucho en defraudarlos. Claro, ese es por definición el desenlace natural de la política y el amor. Pero en este caso hay más: en el mundo  de hoy no son los presidentes quienes gobiernan los países , como tampoco son los congresistas los que dictan las normas ni los magistrados los que imparten justicia. Son las grandes corporaciones globalizadas que financian campañas y tuercen conciencias.

De modo que un eventual Trump presidente empezaría muy pronto a ver a los odiados inmigrantes como un suculento mercado al que no se puede ignorar de buenas a primeras. Después de todo son consumidores y si además pagan impuestos y ponen votos en campañas futuras, el pragmatismo lo obligará a tratarlos de otra manera. Así funcionó siempre: hace poco más de medio siglo, mientras los soldados de su país combatían a los nazis, multinacionales como la ITT y General Motors le vendían equipos de comunicación y tanques de guerra a Hitler: esa es la mecánica del negocio.

Con parte de su propio partido en desbandada, es poco probable que Donald Trump, esa especie de avatar salido de un reality show, alcance la presidencia de su país. Pero aun en el caso de que lo haga, su discurso, como el de todos sus homólogos desde hace dos siglos, tendrá que ajustarse a una realidad geopolítica distante años luz de su actual frenesí verbal. Para entonces, sus desilusionados electores ya tendrán tiempo de llorar como amantes desairados.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=lZD4ezDbbu4