La apuesta por la paz

Fui víctima de la guerra sin siquiera tener el menor interés en participar en ella –ni por activa, ni por pasiva–, nunca he aceptado el uso de las armas, sin embargo, he comprendido las raíces profundas del conflicto en Colombia; ello no lo justifica, pero lo explica.

ADRIANAGONZALEZCOLUMNAPor: Adriana González

No dudo que para muchos colombianos y colombianas como yo esta semana vivimos un día histórico, no solo para la vida política del país, sino también para nuestras propias vidas, para nuestra propia cotidianidad, para nuestra esperanza.

Reconozco que escribo esta columna desde la emoción, desde el recuerdo que tengo de  los miedos y las angustias que en su momento me produjeron las numerosas amenazas que sufrí por grupos criminales. Fui víctima de la guerra sin siquiera tener el menor interés en participar en ella –ni por activa, ni por pasiva–, nunca he aceptado el uso de las armas, sin embargo, he comprendido las raíces profundas del conflicto en Colombia; ello no lo justifica, pero lo explica.

Por eso, cargada de alegría y de emociones muy positivas, decidí ver la transmisión de La Habana. Escuchar el discurso del Presidente Santos y de Timochenko, y descubrir cómo dos adversarios naturales estrecharon su mano, sin duda es esperanzador y deja como primera conclusión que para solucionar hasta los odios más profundos solo se requiere voluntad política.

El dicho popular expresa que lo cortés no quita lo valiente, así que aclaro que el presidente “no es Santos de mi devoción”, no voté por él en 2014, y aún guardo mis reservas frente a él, pero puedo decir que reconozco hoy su obstinación por la paz, una obstinación positiva que no lo apartó de su objetivo final y que ha soportado con estoicismo las descalificaciones constantes de su contradictor, otrora jefe, amigo, parcero –el calificativo que se le quiera endilgar–; sin embargo, ha persistido valientemente, y eso para mí ya es suficiente para darle el reconocimiento que merece.

De Timochenko, puedo decir que parte de su discurso sigue atado a la historia, al pasado, pero me cuesta pensar que no son sinceras sus palabras –y me cuesta pensarlo, porque sigo siendo una idealista– y a todas luces prefiero tener esperanza que caer en el escepticismo. Al igual que a Santos, reconozco en él su capacidad de transformación, de visión política y también de valentía, porque él más que muchos otros conoce lo que puede seguir de ahora en adelante, que es posible que la noche más oscura aun esté por venir.

Pienso además que el voto de confianza que las FARC otorga a la Corte Constitucional, para que a bien decida sobre el mecanismo de refrendación de los acuerdos, es una muestra de la legitimidad que comienza a reconocer este grupo insurgente en las instituciones del Estado colombiano, un gesto irrefutable de compromiso hacia el cumplimiento de los acuerdos pactados y de la utilización de las vías democráticas, así sean las del propio establecimiento.

Quedan algunas incertidumbres pendientes que sin duda generan miedos fundados entre los ciudadanos/as que hemos aprendido a ser conscientes de nuestra realidad política. Sobre todo porque falta nobleza en los poderosos enemigos del proceso de paz, aquellos que se erigen en una falsa moralidad para amparar sus oscuros intereses en la guerra y han logrado generar desconfianzas irracionales entre muchos colombianos.

Enemigos que, por cuenta del discurso belicista y poco neutral de algunos medios de comunicación, que han moldeado eficazmente la opinión pública en favor de personajes altamente tóxicos, se han convertido ilógica y contrariamente al espíritu de la ciencia política, en el supuesto partido de oposición. Hablo para ser exacta del Centro Democrático –y asumo la hecatombe por las descalificaciones que me pueden llover por mis afirmaciones–, partido que en la realidad se constituye en un vulgar “usurpador” de la vital figura de la “oposición” en las democracias contemporáneas.

Por ello, creo que a partir de hoy los colombianos tenemos un enorme compromiso y responsabilidad con el proceso y nuestro propio futuro, una responsabilidad que se traduce en nuestro actuar político de ahora en adelante, en nuestra prudencia, mesura y sobre todo inteligencia para actuar coherentemente y discernir los distintos discursos de la política, sus cargas ideológicas y sobre todo sus reales intereses, para no terminar siendo los idiotas útiles de nadie y por el contrario convertirnos en forjadores de nuestro propio destino.

Hoy, un tequila, una cerveza o un aguardiente por la paz, bien merecido lo tiene.